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Labañou RECUERDOS; AMISTAD Y SOBRE TODO BUEN HUMOR

13 Febrero 2010

Labañou: Una historia sin nombre (Parte V)

 UNA HISTORIA SIN NOMBRE

Parte V

 

 

Después de perder a su ser más querido, se diga lo que se diga, se piense lo que se piense, para Bonifacio, Diógenes fue y será su hijo y sin él, su vida ya no tenía valor y carecía de sentido. En un último alarde de sus habilidades, metió su mano derecha en el bolsillo interior de su vieja y raída chaqueta, sacó un revolver calibre 45, arma restaurada y arreglada por él, y la acercó a su cabeza, a la altura de la sien. En la calma y en el silencio de una noche estrellada, se pudo escuchar un ruido seco y tenebroso.....  ¡BANG! 

 

No podía ser de otra manera.    

 

Bueno memoria, esto es más o menos como imaginé una parte de la historia de la vida de Bonifacio, a grandes rasgos y por el lado de mayor interés, con lo poco que él me contó y el tiempo que viví a su lado, me parece que está bastante apañadito, no sé sí te ha gustado o por el contrario, difiere de la idea que te habías formado sobre este personaje, luego de tantas horas de charla, aunque también pudiera ser, que yo, los viera de manera un tanto sujetiva, en cualquier caso, la intención pasaba por desarrollar un relato en clave de comedia y en el tono lo más distendido posible, no sé si lo habré conseguido, porque, como habrás podido escuchar, los pasajes y sucesos desgraciados en la vida de Boni, se desencadenan por sí solos. 

 

Bien, ¿qué decir? Preguntas. Pues verás, lo malo de estas cosas, radican en el hecho cierto, que antes de saber un todo de la vida y milagros de un personaje, te vas enterando de pasajes, opiniones y retazos sueltos sobre él, que, sin quererlo, te llevan a formar tú propia opinión y eso que en la practica desconoces todo de su existencia y personalidad, pero le vas tomando cariño, simpatía o fobia, según, en este caso concreto, diré que una corriente de atracción positiva y afectiva hacia Bonifacio, me entró por la masa molecular hasta el corazón. Resumiendo y para entendernos, que una vez escuchado tú relato, no sé sí seré capaz de opinar con objetividad, por un lado me encantó su forma de ver la vida, contada en tono desenfadado, distendido y comediante, aunque existan lances reprobables y luego la otra, en la que el sentimentalismo trágico inunda la narración, aún así, y me refiero en concreto al premeditado asesinato de su llamémosle novia, no lo veo en ese plan, sino como una escena tragicómica, muy lograda, al menos para mí gusto, en la que el héroe, por decirlo de alguna manera, es él, y no un villano como habría que calificarlo. Y de ese sentimentalismo trágico, resalto la relación filial, padre e hijo, real dónde las haya, nada tiene que ver que el hijo sea un muñeco, además, se dicen verdades el uno al otro, pero dejando claro que el amor y lo humano no son quimeras y que, a mi manera de ver, por extensión de los acontecimientos, la perfección en el ser humano no existe, que la envidia y la maldad sí y a raudales, para llegar al instante final en el que, efectivamente, "no podía ser de otra manera". Acaso, lo que no cambia para nada, es mí opinión sobre ti y lo diré en pocas palabras, ERES UN AUTENTICO CABRONAZO Y EN TODA REGLA, lo has demostrado con creces a lo largo de toda la narración con tú vil comportamiento, sobre hechos acaecidos y contrastados a través de todos estos años, puestos en solfa por ti, o sea, que no me invento nada, y me da que lo voy a seguir pensando, porque según tus propias manifestaciones, así lo dejaste a entrever en medio de todo el contexto de ésta historia y que, por las trazas, todavía no finaliza la sesión y creo que va para largo ¿o no? Y pregunto, ¿donde y como te has desprendido de aquel acto de contrición por el que estabas dispuesto a enmendar tu vida? ¿No tienes capacidad ni fuerza, para el arrepentimiento y el cambio?

 

Vamos a ver, vayamos por partes. A la primera pregunta, efectivamente todavía me queda un largo camino que recorrer, segunda, lo de enmendar mí vida lo llevo siempre presente, lo que quizá no encuentre es el momento ideal para hacerlo, y tercera, a estas alturas por la edad que tengo, reconozco y confieso que estoy arrepentido de muchas cosas que no hice bien ¿estás conforme con esta declaración?.

   

¡Mira que eres capullo! Para nada estoy de acuerdo. Dices arrepentirte de cosas que no hiciste bien, hasta en eso eres prepotente, hipócrita, soberbio y cínico, no tienes el valor de confesar que en casi todas tus acciones imperaba la maldad y encima el arrepentimiento lo disfrazas con la edad, lo cual me lleva a pensar que no existe en tú interior la voluntad de tal cambio. En fin, resignación es lo que llevaré conmigo, prosigamos y para abreviar aclárame lo de la primera pregunta, ¿a donde nos lleva ese largo camino y con quien?   

 

Supongo que después de las descalificaciones a mí persona, nada te extrañará de lo que voy a comentar de aquí en adelante, creo que ya me vas conociendo, y confesarte memoria, que no te conté toda la verdad, todavía quedan capítulos, en los que unos se intercalan entre lo relatado y otros, los dejo libremente, para que tú, como archivo de mí vida, los coloques donde y como quieras, y preguntas con ansia, ¿a dónde nos lleva ese largo camino y con quien? Ese largo camino como final, desemboca en el ocaso de una existencia y en él, espero encontrar la estabilidad y la redención de tan esperado arrepentimiento y terminar mis días con un comportamiento acorde con las cualidades y condiciones de una buena persona. ¿Con quién? Hay un encuentro que no es definitivo, pero que me ayudará y aliviará en mis penas. ¡Ah! Y no me lo digas, lo sé, soy un mentiroso compulsivo.

 

Sí, y con una cara como un piano de cola. Lo sabía y lo esperaba, a eso amigo mío, se le llama putada emocional, eres peor de lo que pensaba y además de una comodidad aplastante, mí labor según tú, consiste en poner orden al caos de recuerdos que me estás endilgando y los sitúe cronológicamente en el archivo, así, mañana, cuando te fallen las fuerzas y no puedas acordarte de ciertos lances, recurrirás a mí, a tu memoria y con la ley del mínimo esfuerzo saldrán a flote. No  obstante, dentro de la contrariedad que eso me causa, por tú modo y manera de ver el color de las cosas, reconocer expresamente que no me queda más remedio que aceptar lo que me sugieres, para eso formo parte de un bien consolidado en la anatomía del cuerpo humano, mí función verdadera y real es esa, guardar, cuidar y recordar todo aquello de la persona con la que me tocó vivir. En cuanto al largo camino, más de lo mismo y para nada creo que vayas a cambiar, aunque con la edad, a pesar de mis dudas y reproches, todo puede suceder. Te escucho.

 

Después de unos años de no jugar al límite de los recuerdos, me encontré de pronto vagando por las calles de una ciudad, que en mis años mozos había visitado con cierta frecuencia, llevado por las ansias de emprender ciertas maneras de pasarlo bien y dar rienda suelta a los sueños de conquista de amores nuevos y juveniles, pero que, bien por la edad, por el poco sentido o lo que fuere, jamás le había dispensado la atención necesaria a la historia que encerraba su construcción monumental, era para mí como una mujer, la perfecta desconocida. Una ciudad milenaria, hoy la veía con otros ojos, en la que su mayor realce y atractivo lo contiene su casco antiguo, en el que se encuentra su más grande y valioso patrimonio cargado de vicisitudes y de rancio abolengo, edificaciones, monumentos y calles empedradas, que todavía sobreviven perennes al cabo de los siglos, a las inclemencias del tiempo y sobre todo a las barbaries de ciertas gentes, a las aberraciones de aquellos, que juegan al modernismo de la construcción y del diseño, según dicen, de la nueva moda.

 

Desde cualquier punto de la ciudad se divisaban, como fondo, las torres de la hermosa Catedral, las calles de ese casco antiguo convergían todas ellas en la misma plaza, bautizada e identificada con igual nombre, de la Catedral, torné mis pasos y vista en pos de una de las torres que me sirviese de referencia y guía en mí casi perdido deambular, calles estrechas y semidesconocidas, pero llenas de tradición y supongo que, de más de mil y un secretos guardados celosamente bajo llave y en silencio.

 

Lentamente, paseando, como sí hubiese estado miles de veces en plan turístico e intelectual por aquella ciudad, a la vez que trataba de disimular el asumido sentido del ridículo, ante el desconocimiento de aquellos parajes, parándome de vez en cuando delante de un escaparate de una de las muchas tiendas que por allí proliferaban, con la única pretensión, a modo y manera, de que transcurriera el tiempo hasta la hora y momento de tomar el tren y regresar a la capital de la provincia donde residía. Al unísono con mis pasos, recapacitaba sobre mí presencia en aquella urbe y parajes. En más de una ocasión quise volver sobre lo andado y encaminarme a cualquier otro lado, por ejemplo a la estación del ferrocarril, en espera del tren, que sería el medio de transporte que me trasladaría de nuevo a casa, pero no, tenía que seguir adelante, aun en contra de mí voluntad, una fuerza interior, diría que llena de curiosidad morbosa, me empujaba a transitar por aquellas calles de suelo empedrado, ¿en busca de qué?

  

     ¿Qué me detenía en aquel lugar? Mejor dicho ¿por qué estaba allí? Preguntas sin respuestas, que me planteaba al tiempo que miraba sin ver el contenido de los escaparates de las distintas tiendas y comercios. De pronto me detuve delante de una de las cristaleras, recuerdo perfectamente que era una tienda dedicada a artículos y ornamentos religiosos, rosarios, imaginería, etc. En uno de los rincones, detrás del grueso cristal expositor, me llamó poderosamente la atención una figura de un Niño Jesús acostado en su cuna, que no encajaba entre el conjunto de piezas que se reunían en aquel escaparate, puesto que semejante amalgama de artículos, sí destacaban en algo, era por lo fúnebre y el escaso relieve de sus colores. El Niño, al menos en mí concepto, todo lo contrario, su carita moderna, sonrosada, llena de luz, ojos azules, limpios, podría decir y afirmar que su mirada me penetró profundamente quedando clavada en mí interior, al lado del corazón, incluso por una fracción de segundo creí ver el amago de un guiño en su ojo derecho. Un impulso irrefrenable e irresistible me llevó al interior, no pregunté el precio, que sería lo más normal, pero lo quería comprar a toda costa, me había causado una profunda impresión, estaba tan ensimismado y alterado, que apenas reparé en la persona que había detrás del mostrador, no sabia a ciencia cierta, sí hombre o mujer,

 

     ¿Tienen Uds. un Niño Jesús como el del escaparate? Pregunté

 

La verdad es que no, es el único que nos queda.

 

Bien, sí no le importa, me enseña el que tienen expuesto, bueno no, mejor  lo retira y me lo llevo, y sí no es mucha la molestia, lo envuelve en papel de regalo, por favor.

 

Sintiéndolo mucho señor, continuó la persona, no se lo puedo vender, no estoy autorizado para ello.

    

     Pero sí lo tienen en el escaparate, será para vender, digo yo, ¿o no?

 

Sí y no, y trataré de explicárselo.

 

     ¡No me explique nada! Contesté un tanto airado. Para seguir con algo más suave, dado que el hombre no tenía culpa alguna de tan malhumor por aquella contrariedad.

 

Perdone por el tono, discúlpeme, pero no entiendo muy bien la razón de tener y no vender.

 

Señor, yo sólo soy un empleado y no debo de discutir con un cliente, lo sé, discúlpeme Vd. también a mí, pero no se lo puedo vender, como le he dicho no tengo autorización expresa para tomarme esa libertad, a pesar de estar expuesto en el escaparate, todo lo más que puedo hacer por Vd. es, que en cuanto se presente la dueña de la tienda, le comentaré de su interés y sí ella me autoriza se lo reservo.  

 

     Vaya ¿y cuando vendrá la dueña? Pregunté, todavía, medio mosqueado,

Bueno, hoy no creo que lo haga, salió con intención de realizar unas compras y sospecho que hasta mañana no vendrá, terminó diciendo el dependiente.

 

     Con esas frases quedó zanjada la conversación de la alevosa reiteración por el artículo en cuestión. Me di cuenta que la pretendida intención de llegar a un acuerdo con el bueno del dependiente, era como machacar en hierro frío, por otro lado ¿qué otra cosa podía hacer él? Cumplía con su cometido. Asentí bastante contrariado y sin más que decir, me despedí con un escueto ¡hasta mañana! Abandoné el local, eso sí, lleno de resignación y no exento de mala uva.

 

Todavía no entiendo la actitud mantenida, pero algo instintivo me hacía actuar de tan extraña manera, además y por otro lado, en mí contra, a lo largo de toda la vida no destaqué por la devoción a los artículos relacionados con la Iglesia, y aunque ésta ciudad me caía un tanto lejos y el tiempo no me sobraba, distaba como a 70 Km de mí lugar de origen, no tenía duda alguna que al día siguiente estaría de nuevo preguntando por el dichoso Niño Jesús. Se había convertido en una connotación obsesiva, de carácter irrenunciable.  

 

Al salir de aquella tienda, otra fijación que se me metió entre ceja y ceja. Siempre tuve la curiosidad o manía de conocer los nombres de las calles por donde caminaban mis pies y ésta ocasión no era ninguna excepción, ¿cómo se llamaba aquella calle? Me gustaría saberlo, cuando empecé a transitar por ella, me fijé en la placa y apenas pude leer su nombre, lo tenía medio borrado, supongo que a consecuencia del paso y las inclemencias del tiempo, me dirigí hacia el final de la misma y tratar de averiguarlo, alcé la vista hacia el lugar en el que, en teoría, debía de figurar un nombre, negativo, carecía de él. Ni corto ni perezoso, al primer viandante que se cruzó en mí camino le pregunté,

 

     ¡Muy buenas! Perdone que le interrumpa, ¿tendría la bondad de decirme el nombre de ésta calle?

 

     Nada no se preocupe, ¿el antiguo o el actual?

 

Los dos, por favor, sí es usted tan amable, respondí

    

     Pues, antiguamente se llamaba Ángel Protector, actualmente calle de La Libertad.

    

     ¡Muchas gracias! Contesté con agradecimiento.

 

O sea que, por un lado tenía un Ángel Protector y por otro La Libertad, el número de la tienda el 22, bueno no está mal, podía escoger según me viniera en gana, pensé, o bien componer un nuevo nombre de calle, además de indicarme claramente el sitio en el que había estado, por ejemplo, el número 22 de la calle El Ángel Protector de la Libertad, pero la verdad es, que a pesar de mis dotes de compositor de nomenclátor callejero, el nombre no me hacía falta alguna, ni me hizo la menor gracia.

 

     Al día siguiente a media mañana, después de pasar la noche en una pensión de segundo orden, me encontraba transitando por esa misma calle en dirección a la dichosa tienda, que por cierto se llamaba "El Amor Fraterno" especializada en artículos religiosos y de imaginería, al llegar a la puerta me quedé parado, comprobando a través del cristal que allí dentro no había nadie, o al menos, no se veían ni clientes, ni empleados. Empujé la puerta de entrada con decisión y al tiempo, el sonido del tintineo clásico de una campanilla, anunciando que un cliente hacía acto de presencia, en un par de segundos, por una puerta que estaba situada justo detrás del mostrador, entre las estanterías, asomó el cuerpo delgado de una mujer, morena, de tez un poco pálida, agradable, ojos grandes negros, nariz respingona, pelo negro tirando a castaño, de estatura media, de unos 45 años, ciertamente, sí acertaba en el cálculo de la edad, muy bien llevados, vestía, hasta donde me permitía ver el mostrador, conjunto amarillo, suéter y chaqueta, falda tipo escocesa de tablas, en tonos grises, zapatos, no los pude ver, manos blancas, yo diría cultas, muy cuidadas, uñas arregladas y pintadas, no supe definir el color, de grata impresión en su conjunto, guapa ella.

    

     ¡Buenos días! En la tarde del día de ayer...

    

     ¡Buenos días! Me interrumpió ella, sé quién es Vd. o al menos me lo imagino, pues intuyo que es el señor del Niño Jesús

 

     ¡Otia, soy  San José! Pensé interiormente,

 

Ella debió de leer mis pensamientos, puesto que de inmediato, me soltó,

 

Dicho así todo seguido parece que estoy haciendo un chiste, como sí de un juego de palabras se tratase, entiéndame, quiero decir que sé, me imagino, lo que le trae por aquí, he sido informada concienzudamente.

 

Al tiempo que había dicho aquellas frases, me dedicó una sonrisa, motivo más que suficiente para ruborizar a cualquier mortal, sobre todo en mí estado, cuan candor se podía adivinar en aquellos labios sensuales, su  forma de sonreír, tanto su boca como sus ojos.

 

     Me causó una grata impresión, su voz tranquila y pausada, no era para menos, ciertamente agradable, a la vista y a los oídos. Le pregunté por el Niño, manifestándole el gran interés que tenía por él.

Me doy perfecta cuenta, contestó ella, porque Vd. al parecer, no es de aquí, ¿verdad? Y, efectivamente, entiendo que sí no estuviera interesado, no volvería, pero le diré que hay un pequeño problema, concurre que es el único que nos queda y me da pena venderlo, es más, no tenía pensado deshacerme de él, lo tengo expuesto, digamos, para darle un poco de realce al escaparate y llamar la atención de los posibles clientes ¿me comprende?

    

Digamos que sí, lo entiendo, aunque no lo comparto, pero lo podíamos negociar, tenga en cuenta que yo vivo bastante lejos y que es la segunda vez que me "acerco" a ésta tienda, con la misma intención, esto le puede dar idea de mis deseos por la dichosa figura.

    

Sí, me hago cargo, quizá, el error fue exponerlo, pero sí no lo tuviera en el escaparate, ¿cómo iba Vd. a entrar en la tienda? Y que, por cierto, no es la única persona que ha entrado con iguales intenciones y sospecho, que no será la última, y sí no es mucho la pregunta y perdone la indiscreción ¿por qué tiene tanto interés en esa imagen?

    

No lo sé, esa es la verdad, no lo tengo nada claro, estoy en un mar de dudas, no acierto a comprender muy bien a que se debe, el caso es que lo vi ahí, acostadito en su cuna, me cayó bien y yo a él, creo que algo quiso transmitirme con su mirada ¿llamar mi atención, tal vez?

 

     ¡Hombre! Con todos los respetos del mundo, no diga cosas, es una figura muy bonita, expresiva y agradable, muy lograda, esa es la verdad, pero no deja de ser eso, una figura.

 

Y seguimos hablando del tema, más bien divagando sobre él, hasta que llegó el dependiente, de todas formas en tanto cruzábamos las palabras de nuestra conversación, en mí cerebro se asomaba entre sombras, la idea de que aquella persona, sus gestos y manera de expresarse, no me eran desconocidos del todo, me traía recuerdos de una mujer que en tiempos A, había estado ligada y relacionada conmigo, aunque sí era la que yo pensaba, físicamente estaba muy cambiada, con esto no quiero decir ni mejor ni peor, sino diferente, difícil para mí aseverar en aquellos momentos sí se trataba o no de la persona que me rondaba por la cabeza, la duda estaba sembrada, reconocía interiormente que no podía ser de otro modo, ya que habían transcurrido veintitantos años, casi treinta y esto, se quiera o no, descoloca a cualquiera, por muy viva y clara que tengas la memoria, o quizá, precisamente por eso, porque conservas en tu cerebro la imagen perenne de aquellos años atrás, ¿sería eso lo que me quiso transmitir El Niño del escaparate con su guiño? ¿Que pensaría ella de mí y de aquel todo? Los síntomas hacia ésta hipótesis, no eran precisamente, halagüeños, es decir, nada indicaba en su expresión y maneras que me conociese de algo, al menos yo no había detectado ni el más leve cambio en su cara, ni en sus ojos, que me llevara a pensar que ella pasaba por similares pensamientos y dudas, en cualquier caso, divina casualidad, de confirmarse la teoría, claro. De ser así, empezaría a creer que es verdad, aquello de que el destino une a las personas. 

    

En tanto, el empleado se fue haciendo cargo de la atención de la tienda, yo tomé una decisión,

 

Bueno, dije, como no llegamos a un acuerdo y son casi las 11 de la mañana, te invito a café y mientras nos lo tomamos, podemos continuar nuestro regateo por la figura en cuestión, ¿te puedo tutear, no? Me encantaría que aceptaras y perdona mi atrevimiento.

 

Naturalmente que sí, además, para qué pedir permiso, si ya lo estás haciendo. Y en cuanto a la invitación, pues otro tanto de lo mismo, me refiero a qué sí, acepto encantada un café, contestó ella, dime una cosa, ¿siempre eres así de directo?

    

Salimos de la tienda, y por supuesto dejé que ella me guiase, cruzamos la calle, al tiempo que me preguntaba,

 

     ¿Tienes predilección por algún sitio en especial, o te da lo mismo uno que otro?

 

Me es indiferente, total no conozco ninguno.

 

¿Seguro? Entonces vamos a uno que me gusta, de los de siempre, de los que ya desgraciadamente, quedan pocos, es un café de estilo antiguo, está muy cerquita, aquí al lado, al doblar esa esquina. 

 

Efectivamente un local antiguo, de barra alta, sillas pintadas de negro y mesas de mármol y patas negras de hierro, sin lugar a dudas, de los de antes y que yo recordé de inmediato, a pesar de que hacía breves instantes había dicho desconocer. En éste concretamente, había entrado alguna vez que otra, de esto hacía la intemerata, su decoración no había variado en lo esencial, lo mantenían como antaño, en aquel entonces, hacía 25 años al menos, una institución, hoy en día tenía un valor enorme, más que nada sentimental y de recuerdos nostálgicos para más de uno, incluido yo, era de los cafés que todavía se mantenían perennes e inalterables al paso del tiempo, de los que en la actualidad no existen y que de quedar alguno, como en este caso, en cuanto entras en ellos se siente añoranza de los tiempos pasados, de cuando buscabas algo más que degustar y saborear un buen café. Los medios económicos no daban para más, al menos por lo que a mí respecta, pero siempre mantenías la esperanza de encontrar y participar en una buena tertulia, la comunicación social en aquella época y lugar era la diversión esencial y preferida entre las personas, sin ruidos estridentes, nada que enturbiara el diálogo, salvo el ruido de la salida del vapor de aquellas cafeteras de antaño, preciosas y policromadas, de tendencia hacia arriba y tan distintas y diferentes a las de hoy en día, de tendencia horizontal y telemandadas. Una ola de nostalgia cargada de melancolía invadió mi cuerpo. Tomamos asiento, uno frente al otro, alrededor de una mesa situada al fondo del local, casi adosada a la cristalera de un ventanal, por el que se podía ver con claridad meridiana el ir y el venir de las gentes que transitaban por la calle.

 

Pedimos dos cafés negros, dobles, y mientras lo íbamos sorbiendo y degustando, con la vista clavada en la frente de ella, inicié la conversación, en la práctica, desde que habíamos salido de la tienda casi no cruzamos palabra,

 

Creo que antes de nada y dado que vamos a estar juntos, al menos mientras nos tomamos el café, lo mejor será que nos presentemos, me llamo Israel, ¿y tú?,

 

Ciertamente tienes razón, y por supuesto yo no me llamo Israel, perdona, era una broma, me llamo Magdalena.

 

Bonito nombre, Magdalena, sí, me gusta y además apropiado para la ocasión, café y "magdalena", un buen desayuno y exquisito, como anillo al dedo ¿no? Perdona, me doy cuenta, mí sentido del humor no es tan bueno como el tuyo, en fin, cambiando de tema, verás, quiero hacerte participe de algo que ronda por la cabeza, es posible que pienses que no es ni el momento, ni el lugar, ni tan siquiera tenemos esa confianza mutua para ciertas confidencias, quizá lo tomes como un atrevimiento supino y como tampoco sé el tiempo del que dispongo para hablar contigo, sospecho que no será demasiado, te rogaría me disculpases y al mismo tiempo escuchases lo que tengo que decirte. Por un instante voy a dejar aparcado el tema del Niño, aunque en realidad debía de ser el tema principal, ya que fue lo que nos trajo aquí, no obstante y con tu condescendencia, me voy a permitir la libertad de preguntarte, digamos, sobre ciertas dudas que me asaltan en cuanto a tu identidad ¿puedo?

Puedes naturalmente, aunque, me da la impresión que es lo mismo que pienso yo, así que adelante pero antes dime, y ya es la segunda vez que te hago la misma pregunta ¿eres siempre tan directo?

 

     Cómo te diría, ¿la verdad? Pues sí, casi siempre, lo que me sucede en estos momentos, es que me muero de curiosidad por saber, bueno más que saber, trato de despejar una serie de dudas que me asaltan en forma de recuerdos que aunque borrosos, los hechos se manifiestan en el cerebro con bastante claridad, estoy empezando a divagar, bueno, alguien dijo aquello de, sí la montaña no viene a ti, vete tú a la montaña, bueno más o menos, pues siguiendo esa máxima, decir, que me recuerdas a una persona que conocí hace, como mínimo, 25 años, quizá alguno más, reúnes muchos rasgos y detalles comunes con aquella, otras cosas, por supuesto que no y me desconciertan, entre ellas tú nombre, pero hasta el momento en que lo pronunciaste, así lo creía, estaba firmemente convencido que podías ser "ella", bueno ya ves, a veces, uno crea castillos en el aire, a pesar de su nebulosa y que, por el mero pronunciamiento de una frase, se deshacen en muchísimo menos tiempo del que has tardado en construirlos, pero claro, no caemos en la cuenta que el tiempo pasa, te juega una mala pasada, y en este ejercicio de memoria, se llega a confundir la ficción con la realidad, y de la seguridad casi total, en escasos segundos, pasas a las dudas, en cualquier caso, lo tenía que decir, no obstante y perdona mí insistencia, aun no tratándose de la misma persona, en ti se dan, ciertamente, bastantes coincidencias, ojalá pudiese decir que eres esa persona, pero que aún sin serla, me alegro de haberte conocido y ni que decir tiene, que estoy encantado de gozar de tu grata compañía ¡imagínate la alegría si fueses esa mujer en cuestión!

 

     ¡Gracias hombre! Ciertamente es una coincidencia, pero tampoco es nada extraño que entre distintas personas, coincidan en su perfil y se den parecidos comunes, incluso en sus rasgos físicos, hay que tener en cuenta que por el mundo adelante suele haber almas gemelas, y sino, valga como ejemplo ¿cómo se pueden enamorar un hombre y una mujer a primera vista y sin haberse visto en la vida? No es frecuente, pero en ocasiones, suele ocurrir aquello de ¿dónde he visto yo esa cara? Sobre todo, cuando uno se encuentra sólo en una ciudad semidesconocida, siempre o casi siempre, se buscan, mejor dicho se quieren ver parecidos en las personas con las que uno se cruza por la calle, por otro lado, te diré que es un placer estar contigo aquí y ahora y que no es menos grato el hecho de haberte conocido.

 

Sí, quizás tengas razón, puede que así sea, pero cuanto más hablo contigo, más se reafirma esa creencia, aunque claro y por supuesto, respetando tú opinión y personalidad, es decir que no eres la mujer que yo pensaba, bien, creo que me estoy liando, es evidente, bueno no sé, que no tienes nada que ver con ella, sin embargo, insisto en que reúnes cantidad de parecidos razonables, y algo en mí interior, a pesar de esa negativa, se niega a admitirlo, perdóname por dudar, entiéndeme, no es por lo que tú me has dicho, que es muy respetable y obviamente, verdadero, pero esas dudas siguen ahí y son el exponente claro de como me siento en estos momentos, y tendré que reconocer con resignación aquello de, "cualquier parecido con la realidad es una mera y simple coincidencia".

 

Se hizo el silencio entre los dos, no es muy normal que ésta clase de conversación y comentarios, se hagan entre dos personas que se acababan de conocer, pero en mí fuero interno, me costaba trabajo asumir y reconocer que no se trataba de la misma persona, según ella, estaba a salvo de cualquier sospecha, se llamaba Magdalena, no obstante, el nombre no era indicativo de nada, podía ser o no el de ella, aunque bien pensado, en realidad yo no tenía motivo alguno para dudar de que no se llamase así, nos habíamos conocido hacía un par de horas, y el recuerdo que yo tenía de la persona en cuestión era algo más lejano, "solamente" de veinticinco o treinta años, casi nada, además, ¿a santo de qué me iba a mentir, en una cosa tan nimia como un nombre?.

 

No sé si a modo de reflexión, pero seguíamos callados, un mutismo total, yo sabía el por qué de mi silencio, pero ¿qué pensaba ella? Daría algo, bastante, por saber lo que pasaba por su cerebro, me imagino que algo parecido a ¡qué tipo este, para que habré aceptado la invitación, es un plasta y un perfecto impertinente! Un tanto nervioso por esta reflexión, encendí un pitillo, había perdido la cuenta de los que llevaba fumados, a pesar de lo temprano de la mañana. En esto ella se levantó,

 

Tranquilo hombre, no te inquietes, no soy de tan mala calidad como un desodorante cualquiera, no te abandono, vuelvo enseguida, voy un momento al lavabo,

 

Allí me quedé sentado, esbozando una sonrisa por la originalidad de las frases, pero sin moverme, agitado y nervioso más que nada por mis pensamientos, mí mente se inundó de ellos en pocos segundos, mil recuerdos de juventud de la época en que había conocido a la mujer que yo confundía con Magdalena, aquella criatura que, pese a mí mala cabeza, me había querido, y yo, en correspondencia, la "premié" con el desdén y el olvido, a pesar de que la había amado más que a nadie en el mundo, había sido y es, en el recuerdo dentro del corazón, mí primer amor. Tan absorto estaba que no me di cuenta que ella ya estaba sentada en su sitio, con los brazos apoyados en la mesa, me miraba fijamente y preguntó,

 

     ¿Qué piensas? ¿Todo bien o pasa algo?

 

Nada, nada en concreto, contesté,

 

Pues, como no pasa nada, podíamos decir, aquí ya estuvimos, ¿no?

 

Sí, la verdad es que sí, además ya es la hora de comer, ¡Cómo pasa el tiempo! Te invito a comer. . .

     ¡Hombre que impulso! No sé si debo, una cosa es un café y otra muy distinta, aceptar un almuerzo en toda regla, y no pienses que soy estrecha o remilgada, entiendo que no tiene mayor importancia, pero esto se está convirtiendo en una jornada particular.

 

Sí, al menos aparentemente, pero ya te dije que una de mis cualidades, era la de ir directo al asunto ¿té molesta o té parece mal?

 

Ya la veo ya, y no me molesta ni me parece mal, todo lo contrario, pensándolo bien, voy a tomarte la palabra y aceptar la invitación, al menos, no estarás sólo, en mí compañía se te pasará mejor el tiempo, hasta el momento de regresar a tu ciudad.

 

No lo hagas solo por eso, al menos dime sí te encuentras a gusto.

    

¿La verdad?

 

Sí.

 

Pues, me agrada tu presencia y me encuentro muy a gusto, hasta ahora claro. 

               

Salimos del café, en dirección a un restaurante. Finalizada la comida, en la que la comunicación entre ambos no fue el plato fuerte de la reunión, tan sólo algún monosílabo que otro, cargado frases triviales y anodinas adornaron el espacio entre plato y plato. Por otros cauces discurrió la sobremesa, ya que en ella retomamos nuestra conversación en serio, con el tema de fondo, te conozco, no me conoces, incidiendo sobre manera, en los lógicos parecidos entre las personas, de coincidencias en las formas de expresarse, de gestos y que el destino o la casualidad pone a los seres humanos en encrucijadas de caminos, en cualquier caso, hablamos, pero sin entrar de lleno en nada concreto. No obstante, a aquellas alturas de la tarde, tenía el convencimiento total que ella, Magdalena y la mujer en quien yo pensaba, eran dueñas de la misma identidad, tan sólo un par de eslabones en forma de duda me separaban de la seguridad total, ni que decir tiene que me reprimía las ganas de manifestárselo. De repente y sin venir a cuento, nuestra conversación dio un giro de ciento ochenta grados, mejor dicho, el giro de los acontecimientos, lo forzó Magdalena,

 

     Tú no te llamas Israel, no, no digas nada, déjame seguir, y efectivamente yo no me llamo Magdalena, ¡no me interrumpas, por favor! Tu tienes las lógicas dudas sobre sí seré aquella o no, yo, no tengo ninguna sobre tú identidad, te conocí nada más verte entrar en el comercio, sí, eres Pedro, así te llamas, parece que lo olvidaste, ¿o simplemente se trata de una pose? En el momento en que pronunciaste el nombre de Israel, de inmediato y como un reflejo en la memoria, apareció nítidamente la primera vez que nos vimos, cuando nos conocimos, debíamos de andar por la edad del pavo, sobre los 15 o 16 años, dijiste llamarte Héctor ¿recuerdas?, No claro, pero era tu costumbre al uso, siempre lo hacías, tenías esa "peculiaridad", cada chica que conocías o te la presentaban, te aplicabas un nombre distinto y lo decías tan serio y ufano, que era creíble a todas luces, ya ves con el paso de los años, sigues igual, al menos con respecto a los nombres, tal vez haya que considerarlo como parte de tu ego o una manía muy arraigada en ti, en cualquier caso, todos tenemos alguna manía o secreto inconfesable, sin embargo, ahora, en estos tiempos, no te queda nada bien seguir con esa farsa, no estás en edad para esas cosas. 

 

     No salía de mí asombro, a medias, era verdad que a quien tenía enfrente en aquella mesa del antiguo y señorial café de la mañana, al que habíamos vuelto, era mí amiga, la tan añorada amiga Dalia. Mi instinto, a pesar de las dudas, no me había engañado, aunque reconocer que en ciertos aspectos poco había cambiado, seguía de incisiva como antaño.

     ¿Y tú por que me dijiste que te llamabas Magdalena?

 

   ¿Y por qué Israel? Te recuerdo que fuiste tú el primero en presentarte y en decir como te llamabas, no hice más que darte de tu propia medicina y continuar el juego.

 

Sí es verdad, tienes toda la razón, soy un memo, a pesar de la edad sigo con la manía de bautizarme a diario, perdona por este "lapsus" ¿qué más puedo decir después de pillarme in fraganti? Bueno sí, una pregunta, es la más original que en este preciso instante se me ocurre ¿qué fue de tú vida?

 

   Bueno, ¿Cuantas horas llevamos juntos? Y después de todo lo hablado, parece que es el momento del resumen, nada del otro mundo, lo de una persona normal, me casé, tengo dos hijos, que son mí locura, no ejerzo mí carrera, tengo un negocio, ya lo has visto, no me va mal, así, con algún que otro vaivén, discurre mí vida.

 

Así que estás casada, yo también me casé y me divorcié, pero no tengo hijos.

 

     Dije que me casé, no que estoy casada, soy una señora viuda.

 

     Lo siento, perdona, desconocía ese hecho, bueno, que te voy a decir que tú no sepas, en estos casos, en fin . . . .

               

¿Que otra cosa podía decir? Y tampoco sabía muy bien, sí tal circunstancia, era de mucho o de poco tiempo, me sentía ridículo, podría haberle dicho unas palabras de consuelo, vamos, lo que se dice en estas ocasiones, pero no era mí mejor cualidad y me quedé a medio camino, opté por volver hacia atrás en la conversación, a retomar el tema de los patronímicos, 

 

Bueno y volviendo atrás, en eso de los nombres tienes razón, siempre me gustaron más aquellos que el mío propio, y que sé yo del por qué de esa costumbre o manía como tu dices, el caso es, que en más de una ocasión, los nombres y la forma de encauzar situaciones y de mentir en ciertas cosas, me tienen jugado una mala pasada, hoy lo veo en el tiempo como una anécdota más de mí vida, pero en su momento, no era para tomarlo a guasa, aunque ciertamente, yo me lo tomaba y sino como ejemplo, el de una ocasión que me sucedió, y que terminó en Toledo.

 

     Hubo un tiempo, durante años, que mí residencia habitual fue Madrid y lo que te voy a contar aconteció en esa época. Había conocido a dos chicas en una cafetería que yo frecuentaba, entablé conversación con ellas y me dio por decir que me llamaba Reyes Juan y que me dedicaba a eso de los toros y que de momento me mantenía en cartel como novillero, vamos, rayando en la pedantería y en el límite máximo de la estupidez enfermiza. Ellas, al parecer, estaban encantadísimas, aquel día, en amor y compañía, lo fuimos estirando hasta bien entrada la noche, hicimos buenas migas y como había buena química, quedamos en vernos al siguiente y así fue, cuando llegaron a la cita, allí estaba yo, de pantalón vaquero, camisa de flores y chaqueta de pana marrón, y como tenía buena figura y talante interesante, (otra de pedantería) lucía que no veas, con mis 62 kilos de peso y l, 80 de estatura no era para despreciar, una de ellas me preguntó sí tenía mucho que hacer, contesté que no, que tenían todas las horas del día para que disfrutaran de tan varonil presencia. Pues nada ¡a disfrutar! Vente con nosotras ¡te vamos a dar una sorpresa! Subimos a un 600 que conducía la que llevaba la voz cantante. Salimos de Madrid, vía a las afueras, en concreto a un pueblo de la provincia de Toledo y sin parar. Entramos en una hacienda (siempre en coche) una vez dentro de la finca, paramos delante de una especie de corral de forma circular y cerrado de madera, al aire libre, para guardar ganado que, en realidad, era un tentadero. Al bajar del vehículo, nos recibió un tío vestido de algo así como de traje campero, era el mayoral, y dirigiéndose a mí, me dijo, 

               

     ¡Prepareze maeztro, ahora mizmo, a un minuto de zu tiempo, le zuelto el bissscho, pa uzté zolito!

 

     ¡No veas lo que corrí aquel día! Ni coche, ni amigas, ni nada. En realidad, más que correr, volaba. No suelo ser miedoso para ciertas cosas, pero es que el bicho aquel era en tamaño como una central hidroeléctrica, pero de las más grandes. Cada vez que lo recuerdo me pongo malo, se me ponen los pelos de pie y me dan ganas de llorar, sólo de pensar en lo que el pobre animal podría haber hecho conmigo. Pero bueno, eran manías que tenía y que según parece, parte de ellas, aún conservo, al menos parcialmente. Bueno ya ves, aquello fue algo que tuvo remedio, la huida. Y ¿qué te parece sí continúo invitándote? Pero ésta, es una clara alusión a que me cuentes algún capítulo de tú vida.

 

Pero no escarmentaste, está claro que eres todo un especialista en el arte de escurrir el bulto y no cabe la menor duda que es una gran virtud saber llevar una conversación al terreno que a uno le conviene, y así, escabullirse de algún posible reproche. Bien no importa y acepto el desafío, te cuento, pero antes recapitulemos, ya que iniciaste la guerra dialéctica, bueno será desgranar los recuerdos desde el principio. Nos conocimos, cuando teníamos 15 años, más o menos, salimos juntos durante dos años y pico, como amigos, bueno hombre, no pongas esa cara, como amigos pero un algo más que eso ¿íntimos? ¿Te gusta más esa definición? Sí la memoria no me falla, al cumplir los 18 años, más o menos, me vine aquí a estudiar, ese era el deseo de mis padres, además, ellos ya tenían el segundo domicilio en ésta ciudad y querían fijar su residencia aquí y de forma definitiva, por aquel entonces, no podían mantener por más tiempo casa en dos ciudades distintas y a mí no me quedó otra, que trasladarme con ellos, aunque tu no lo entendieras, y aquí sigo.

Estas vivencias, a pesar del tiempo transcurrido, me llevan directamente, a la postura que adoptaste ante los acontecimientos, tú no querías que me trasladara, entendías, por puro egoísmo, que nuestra economía, la de mis padres, era lo bastante boyante como para que las cosas siguieran como estaban, obviamente no podía ser, decidían ellos y yo, aunque no quisiera, que no era el caso, no me quedó más salida que seguir las directrices marcadas, era menor de edad y por otro lado, se trataba de mis padres, lo incongruente sería manifestarme contraria a los deseos y proyectos de ellos. Resignado y a regañadientes quedaste en venir a verme, me lo prometiste, yo intuía que no sería así, no sé por qué razón, pero... bueno si la sé, y es que te conocía lo suficientemente bien para que intuyera que tú, un "cabecita loca", pasarías de promesas, en una palabra, que no se iban a cumplir, al menos en la forma y manera que habíamos planeado, cierto que, en tu descargo, (sólo levemente), no era como hoy, en aquel entonces no había muchos medios, ni de transporte, ni económicos, pero recuerdo perfectamente que me lo juraste por nuestro amor, me amabas y yo te correspondía, lloramos en nuestra despedida, aquello fue como un culebrón e incluso, por momentos, llegué a cuestionar la objetividad de mis padres. No obstante, desgraciadamente, mis sensaciones cargadas de pesimismo no me engañaron, puesto que hasta pasado un tiempo no te volví a ver, te esperé y te recibí, en principio, con cierto desencanto, pero luego de pasar unas horas contigo, toda la historia anterior, es decir tu mal comportamiento y silencio, se desvaneció como un cubito de hielo en un vaso de agua, quedó borrada cayendo en el pozo del olvido. Te acompañé a la estación, ¿recuerdas? Con aires renovados, un brillo especial en los ojos y el perdón en el corazón y con el firme convencimiento de que, en cierto modo, parte de culpa la tenía yo, en el fondo, se te podía definir como buena persona, pero había que atarte de cerca para que no cometieras esos deslices y otros, evidentemente, no estaba a tu lado para controlarte, eras un "bala perdida" y yo lo sabía. En aquella tarde-noche, en el medio de la estación, a modo de despedida, una vez más, me prometiste que no volvería a suceder, textualmente me dijiste, vendré a verte cada 7 días, bueno como mucho, sí la suerte nos acompaña estaré sin verte dos semanas. Desgraciadamente no fue así.

Pasaron los meses hasta que un día apareciste, cierto que fuiste tú, el que me buscó, pero era tarde. Como anécdota, te diré, lo exige el guión, que tienes mala memoria, porque fue en ese mismo café, el local de ésta mañana, donde nos vimos y hablamos. Tú marchabas a no sé dónde, ni con quien y me pedías, me suplicabas que te esperase, que me querías, que me amabas más que a nadie en el mundo. Con gran dolor de corazón y con ganas de decirte, te esperaré, te confesé que tenía un "novio", había empezado una relación con otro hombre, ¡no puede ser! Gritaste, insistías una y otra vez y me preguntaste, ¿es que te olvidaste de todo lo que nos prometimos? ¿Es que ya no me amas? Dime, mirándome a los ojos que ya no me quieres, que de quien estás enamorada es del otro y no de mí. No fui capaz de hacer ni de decir semejante cosa que me pedías, ni tan siquiera de aguantar tu mirada, primero, porque el otro, no tenía nada que ver con lo nuestro, solo conmigo, y segundo, por precaución, estabas demasiado excitado, fue tal la vehemencia que empleaste en decir cosas como aquellas, que llegaste a asustarme, pasé algo de miedo. Sí mal no recuerdo, luego de darte un tiempo para que te sosegaras, con mucha calma y prudencia, te dije, Pedro, las promesas las olvidaste tú, yo no olvido nada o casi nada, ésta contestación te hizo enmudecer, te quedaste callado y finalmente te confesé que no había vuelta atrás, ya que como mucho, de aquí a un año tenía previsto casarme, así lo habíamos acordado mí novio y yo. Además, aunque lo pasado, pasado está, desde mí marcha, llevabas una vida, digamos rara, yo de alguna manera, estaba conectada con ciertas amistades que me contaban cosas de ti, y a pesar de que una fuerza interior se resistía a no creer en el contenido de alguna de esas noticias, las dudas, muchísimas, estaban sembradas, por otro lado, recordarás que una de mis últimas frases en esa despedida de la estación fueron más o menos estas, no quiero verte ni en pintura.  

 

   Esta confesión me hizo seguir callado como antaño, con cuanta perfección vuelven a uno los recuerdos, con la misma frescura y pesar los veo, miré a Dalia y vi en sus ojos, un brillo especial, sin rencor, era el perdón, casi igual que entonces.

 

La verdad, en aquel momento, yo había preferido la "libertad" a un compromiso, acaso basado, inconscientemente, en lo mucho que me querías y aunque no quería perderte, creí que no tomarías semejante decisión, aquel día no te veía muy segura, ya sé que estaba equivocado, porque tus decisiones siempre fueron muy firmes y lo sabía, pero no lo tuve en cuenta y cuando quise reaccionar era tarde, quizá, te subestimé y mí mayor error fue pensar en que me amabas demasiado y que no serías capaz de romper ese lazo tan fuerte que nos unía, vamos que no darías un paso sin contar conmigo, pero es verdad que hasta las piedras ablandan. Y seguí la marcha hacia la nada, sin rumbo, no me fue bien ni mal, continué un camino, un sendero equivocado quizá, pero era el mío, influenciado en una pequeña parte, por decisión de otro, mejor dicho tuyo, esto no lo digo como reproche ni en el sentido literal de culpabilidad, sino como comentario, el caso es, que seguí mí curso, eso sí casi legal, de ser sincero en algunas ocasiones, rayando la ilegalidad, haciendo de todo, unas veces con comodidades, otras con menos y otras con nada, dejé la empresa en la que trabajaba, no quería ataduras, ya no las tenía contigo ¿por qué las iba a tener con un trabajo que no me gustaba? No quería saber nada del futuro ¿futuro, para o de qué? La situación ideal, en personas como yo, es vivir a salto de mata, sin más complicaciones que las de subsistir y por otro lado, era lo que deseaba y lo mejor para los que me rodeaban.

 

Debo confesarte Pedro, que los días siguientes a aquel encuentro, lo pasé francamente mal, anímica y psíquicamente, no atravesé por mí mejor momento, y no me importa reconocer que tardé bastante tiempo en recuperar ese brillo especial en los ojos, ese color que significa ver la vida con optimismo. Me di perfecta cuenta que de repente, me hacía mayor, había perdido y dejado atrás, parte de la juventud, el eslabón del primer amor quedaba roto, afloraron en mí los recuerdos desde el instante en que nos encontramos, cuando nos conocimos, la primera ocasión en que fuimos al cine, solos, sin "carabina". Tu eterna canción, la del mismo estribillo, al salir de clase, aquella academia en la que me preparaba para mi ingreso en la Universidad en horario de tarde-noche de 7 a 9,30 horas y que siempre salía después de la hora, más de una vez, me tienes montado el número, porque el retraso era de  ¡tan sólo cinco minutos! Creías que me quedaba hablando, hoy en día se diría ligando, con los compañeros, mejor dicho con uno muy concreto, me recogías y acompañabas hasta mí casa, gruñendo sin parar, despotricando durante todo el camino, los celos te comían, pero me gustaba, eras como un niño pequeño y encima, es que estabas más guapo, yo te llevaba la contraria y te enfurecías mucho más y así todo el camino y todos los días, excepto los sábados y domingos que, como no tenía clase, no me podías regañar, recuerdo que casi me sabía de memoria las losas de la acera que estaban levantadas  en todo el trayecto habitual hasta mí domicilio, siempre con la cabeza gacha, entre las broncas que me echabas y la gracia que me causaba, no levantaba cabeza.

 

     Ciertamente tenía mal carácter, pero es que aquello, lo de la espera a la salida de clase, me ponía del hígado, sobre todo cuando te acompañaba hasta nuestro punto de encuentro, aquel tío, ¿cómo se llamaba? Es igual, que más da, tan distinguido, en todo caso vestido de punta en blanco, como sí todos los días asistiera a una recepción en el Club de Campo y quizá fuese así, ¿era de sangre azul? No creo, porque no hay gente con ese color de sangre, aunque algunos se lo crean, ¿o sí los hay? Con el paso del tiempo, pienso que mí aversión hacia él fue una tontería de juventud, era una buena persona y todo un personaje y lo digo con conocimiento de causa, porque años más tarde llegamos a conocernos personalmente, coincidimos en los mismos lugares en diferentes ocasiones, nunca hablamos de ti, entiendo que por acuerdo tácito, a pesar de qué los dos no ignorábamos que él había sido tu compañero de estudios y que yo había tenido relación contigo, y pude comprobar que era un buen tío, por cierto que no hace mucho lo volví a ver, tomamos una copa juntos y me sorprendió lo que vi, así de primeras, no me atreví a preguntarle que es lo que le había sucedido para llegar al estado en que se encontraba, era, en cierto modo, lastimoso y bastante desaliñado, además de la pérdida total del autoestima, resumió su vida en pocas palabras, me casé, me separé, en lo profesional llegué a Director de la Sociedad para la que trabajaba, gracias a las influencias de mí padre, porque si no lo sabes, era el Presidente del Consejo de Administración, mí familia, el dinero fue a menos, la empresa dio quiebra, soy alcohólico potencial, drogadicto, y .... No te cuento más, pero todo me lo busqué yo, me alegro de verte. Vació la copa de un sorbo y se despidió con un ¡qué te vaya bien! Evidentemente, necesitaba ayuda, pero su altivez, ya sabes de su personalidad, su porte elegante, distinguido y su sentido de la ética no se lo permitía, pero en verdad la necesitaba, por supuesto no me la pidió y yo no se la brindé.

 

Aquella depresión, vacío o lo que fuera, por nuestra ruptura definitiva, me duró unos meses, incluso, le faltó muy poco, para tirar por la borda los planes y proyectos en los que me había embarcado, o lo que es lo mismo, finalizar mis estudios y formalizar mí noviazgo por algo más serio y para toda la vida, pero me repuse, al menos así lo creía en aquel entonces, todos aquellos días recordaba y recordaba, los buenos momentos y los malos que tú y yo habíamos pasado juntos, y ¿recuerdas? Me escapaba de casa cuando me castigaban por algún motivo, sobre todo, porque ciertas voces habían llegado a oídos de mis padres, en relación, digamos a nuestro incipiente noviazgo y nos veíamos detrás de aquel mercado, que olía a pescado y a otras cosas peores, que confundían las ideas, pero que a nosotros nos parecía gloria. Un buen día de aquellos, lo recuerdo con nitidez absoluta, llegué muy alterada, nerviosa y con lágrimas en los ojos, te diste cuenta de inmediato, sin decir palabra me abrazaste, me besaste en las mejillas, me dijiste ¡te quiero! Y se me pasó todo y fui yo la que tomó la iniciativa de besarte en los labios, era nuestro primer beso y el primero de mí vida, aquella caricia tuya me subió a las estrellas, aunque ciertamente y a pesar de la conmoción e inexperiencia, pude deducir que tú no era la primera vez que besabas a una mujer, noté enseguida que tenías ciertas cualidades, no tanta como las que tú dejabas a entrever cuando hablábamos de estos temas, pero alguna tenías, no cruzamos ni una sola palabra, miradas sí, palabras no ¿para qué? Sobraban. Aquello, lo nuestro, quedaba sellado con aquel primer beso, regresé a casa con los nervios a flor de piel, pero de felicidad, me había olvidado totalmente del por qué de la excitación nerviosa que me llevó a ti.

 

Después de todo y pensándolo detenidamente, creo que en la vida tenemos el camino marcado y por mucho que intentes hacer de tu existencia algo diferente, quizá no lo consigas y no hablo de lo material. La forma de actuar contigo en nuestra relación, fue, en cualquier caso, reprobable y ¿a qué se debió semejante comportamiento? La verdad es que no lo sé, quizá, ¿falta de madurez? Sí, es posible, pero lo cierto es, que te quería, te idolatraba y sabías que era verdad y sin embargo, no seguí ese camino, que tal vez fuera el más fácil, pero no fui capaz de recuperar lo que más amaba en este mundo. De ser justo y sincero, tendría que decir que no hice nada para que volvieras a mí. Luego de aquel encuentro cuando me confesaste con toda la razón del mundo, que lo nuestro había terminado, por una buena temporada perdí el norte y no tenía muy claro lo que iba a hacer en adelante, me costó trabajo y preocupación hacerme a la idea de que ya tenía que caminar sólo y así fue, ¡que remedio! No fueron soluciones fáciles y tomé una decisión, drástica diría yo y llena de temores. Inicié una nueva andadura en solitario, sin planes, tú y yo los habíamos hecho y no cuajaron, claro que, cuando se tiene esa edad y el corazón lleno de amor, acompañado del cariño que nos profesábamos, las cosas se ven de otro color, pero mí color no era, precisamente, el rosa. A partir de ese punto, empecé, como te digo, buscando nuevos horizontes, aunque sin rumbo, hacia lo desconocido. Yo, a excepción de los pueblos cercanos a nuestra ciudad, jamás había salido de ella, entonces para mí esa aventura era una incógnita, lo desconocido. Con algún dinero que había percibido por dejar el trabajo, una bolsa de viaje y lo puesto, me fui a Francia, en concreto a las afueras de París a una empresa de automoción, estuve allí durante un año más o menos, o sea que poco te puedo hablar de la estancia en compañía de los franceses, es muy poco tiempo para hacer algo aprovechable y lo que hice, no merece la importancia de reseñarlo. De Francia me vine a España, a Madrid, aparecí en la capital del estado, ¡qué cosa más horrorosa de ciudad! Y no por fea, sino por opresiva, grande y caótica, aunque a pesar de esos inconvenientes me sigue gustando muchísimo. En aquel entonces, me vi perdido y sin conocer a nadie, claro que no era cuestión de quejarse, así habían sido las cosas y así lo había querido y decidido. El reto era enfrentarme a lo que surgiera. Cuestión de supervivencia.    

Pensaba en aquel entonces que hay que darle tiempo al tiempo. El tiempo lo borra casi todo, cura las heridas, las cicatriza, aunque sea en falso, pero se cierran y en mí se cerraron, no sé sí por el ajetreo de la gran ciudad, sí por buscar una forma de vida, nuevas amistades, un trabajo, en fin, una manera de vivir, cualquiera de estas razones, son válidas. En tanto en cuanto me duró el poco dinero del que disponía, me dediqué a conocer la nueva ciudad, esto era prioritario y esencial para una persona que llega a un lugar desconocido y grande, además de aprender al mismo tiempo, la manera de poder trasladarte de un lado a otro, lo más barato y sobre todo en el menos tiempo posible. Un buen día que tomé el metro para ir a no sé dónde, bendita casualidad del destino, me llamó poderosamente la atención una persona que viajaba a mí lado y que por supuesto conocía, me acordaba perfectamente de ella a pesar de los años que hacía que no le veía, pero que ni remotamente pensaba en verla por allí, habíamos sido compañeros de colegio en nuestros tiempos juveniles y vecino de mí calle. No cabe ninguna duda que el mundo es un pañuelo y el destino caprichoso, él, al parecer, gozaba de excelente memoria, también me conoció y fue el primero en hablar,

 

     ¡Hombre Pedro! ¿Porque tú eres Pedro, no?

 

Sí claro, soy Pedro ¿cómo te va Luciano?

 

     ¡Bien, muy bien! ¡Jobá que memoria! Contestó en tono jovial y divertido,

 

Fuimos haciéndonos preguntas y dando respuestas, al apearnos del metro, entramos en un bar,

 

Bueno dime, sí se puede saber, ¿qué haces en Madrid? ¿Qué es de tú vida?

 

Pues de momento nada de nada, ¿mí vida dices? Un caos, me acabó de separar...

 

¿Estás casado? No lo sabía y siento mucho lo de tu separación, más que nada por la cantidad de mareos y problemas que trae.

 

     No hombre, no estoy casado, no es esa clase de separación, aunque podría ser algo parecido o peor, acabo de llegar procedente de Francia después de un año de trabajar en una fabrica de automóviles, a la que fui de emigrante como desenlace de una serie de circunstancias extrañas de mí vida, en fin, había roto las relaciones con mí novia, con el trabajo, casi con la familia, en fin con todo lo que me rodeaba, probé fortuna en el extranjero y luego me vine aquí.

 

     ¡Ah!

 

     A la vista de las preguntas y las respuestas, extrajo sus conclusiones, se dio cuenta de inmediato de los apuros que pasaba y me ofreció un trabajo, como te puedes imaginar, lo acepté de inmediato. Él era pintor, decorador y dibujante. Por aquel entonces, las carteleras y anuncios de fachada de cines y teatros, se realzaban con unos cartelones pintados y dibujados al efecto, los bocetos los hacían estos profesionales y dado su tamaño, había mucho en que pasar el tiempo, trabajo no faltaba, así que el bueno de Luciano hacía los dibujos y yo los rellenaba de color con la pintura adecuada. Con ello, aparte del dinero que iba ganando, empecé a frecuentar ciertos círculos, que me dieron la oportunidad de conocer gente de lo más variopinto, sobre todo en el teatro y en otra clase de mundo, hice algún amigo y amiga, pero entre ellos, uno que se llamaba Carlos, estaba empleado en un famoso y conocido teatro, de profesión, oficios varios, era capaz de realizar cualquier clase de trabajo por complicado que fuera. De pequeña estatura, regordete, muy corto de vista, obviamente, usaba lentes, cuyos cristales, por su grosor, se parecían en gran medida al fondo de una botella, de carácter bonachón, simpatiquísimo, arriesgado y como persona, el no va más. Creo que jamás en mí vida conocí a persona igual, bueno, hubo otra que me dejó marcado, pero por edad, circunstancias y momento, no viene al caso, congeniamos al instante, según iban pasando los días nuestra amistad se hacía más estrecha. Nacido y criado en Madrid y ahí vivía su familia, pero él se encontraba muy sólo, igual que yo, esta situación nos hacía más afines, por lo que, sin darnos cuenta, habíamos consolidado una amistad de lazos muy fuertes. Por otro lado, las cosas discurrían viento en popa, sobre todo en lo económico. Carlos, aparte de su trabajo en el teatro, en sus horas libres realizaba alguna chapuza que otra y esto se traducía en dinero, vivía desahogadamente, esta bonanza económica, incluso le permitía disfrutar de un Seat 600, que ya era mucho para los tiempos que corrían. Por mí parte, seguía con mis rellenos de pintura y color y me iba defendiendo, con lo cual, participábamos en alguna juerga que otra, y no sólo eso, sino que de vez en cuando, nos desplazábamos a otras ciudades, aprovechando algún fin de semana en los que Carlos se libraba del teatro, y todo este "esfuerzo", como puedes suponer, era a costa de no dormir y sí alguna cabezadita echabas, lo hacías dentro del reducido espacio del coche. En resumidas cuentas, aparte del sueño perdido, alguna marca te quedaba en el cuerpo, en forma de tortícolis, que te duraba una semana, en conjunto, me refiero a los kilómetros y la "cama", volvíamos a casa, con pinta de haber puesto patas arriba gran parte de la Costa del Mediterráneo, la Blanca o la del Sol y a decir verdad, no nos comíamos un rosco, pero algunos de nuestros amigos, en cuanto nos veían, así lo creían y dicho sea de paso, nosotros muy dignos, ni afirmábamos ni negábamos nada, sobre todo esto último, les dábamos pie a las mayores especulaciones.

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Labañou: Una historia sin nombre (Parte VI)

Autor: José Luis Patiño


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