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Labañou RECUERDOS; AMISTAD Y SOBRE TODO BUEN HUMOR

13 Febrero 2010

Labañou: Una historia sin nombre (Parte IV)

 UNA HISTORIA SIN NOMBRE

Parte IV 

 

Fue dicho. Tomando en su mano derecha la botella de aguardiente, distinta a la del Súper, que tenía guardada para ciertas ocasiones solemnes de condición súper-especial, de etiqueta negra y "denominación de origen", se echó un trago al gaznate, que dicho sea de paso y sin ningún genero de dudas, semejante cantidad bien podía tumbar a un rebaño de vacas y lo hizo sin respirar ni pestañear, para pasar a continuación y sin preámbulo alguno, a entonar el ¡yo te bautizo en mí nombre y para la posteridad! Al tiempo, derramó unas gotas de aquel "agua de fuego", por la cabeza del sorprendido y maravillado MMRAP, para continuar diciendo  ¡con este acto, de ahora en adelante, tendrás por nombre, yo así te le pongo, te llamarás y entenderás por DIÓGENES y de apellido BONIFACIO! Y así, ya identificado, quedarás inscrito en el Registro Civil de Patentes, Inventos y Similares.

 

La respuesta no se hizo esperar.

 

¡Hombre, querido y admirado colega! Ya sé que tienes el corazón más grande que el de una vaca, pero perdona que te lo diga, no me parece que ese nombre con el cual he sido bautizado, sea el más apropiado para mí, me refiero y no quiero ofenderte, que es feo, eso sí, perdonando la cara de los presentes, y tal vez, incluso, enigmático.

 

¡Que sabes tú de estas cosas si nunca habías sido bautizado! Bonito no será, aunque creo firmemente que es el apropiado y no deja lugar a dudas. Sin embargo, sobre el trato, es mí deber hacerte una puntualización y a la vez aclaración, no me llames colega, yo no soy tú colega, ¡soy tú padre! O al menos medio padre y de ahora en adelante me llamarás padre o papá, que también puede valer, aunque ¡ojo! Nunca me digas padrastro, ¿entendido? Y no lo olvides ni por un instante. Pero volviendo a lo del nombre, no té gusta y preguntas ¿por qué Diógenes Bonifacio? Pues e aquí la respuesta clara y concisa. Partiendo de la base y lugar de que, como queda dicho claramente, soy tú padre y creador y ante la manifestada y reconocida ignorancia de la que haces gala, te lo voy a explicar y poner a huevo. Todos en este Planeta llamado Tierra, sabemos que nuestros descendientes son portadores de los genes o séase el ADN de sus ascendientes, es decir de sus padres o creadores, estos de aquellos, aquellos de los otros y así, siguiendo la cadena, hasta llegar a nuestro primer padre que fue ni más ni menos, según dicen, un personaje llamado Adán ¿y de ti? Aunque de madre desconocida, conocemos tú nacionalidad, pero para nuestra desgracia nada de esa mujer, así que yo tuve que hacer de "dos" porque yo, a ti te encontré en la calle, mutilado, muerto y te di la vida. O sea que, piensa, si yo te llamara Melquíades ¿qué nos diría o indicaría ese nombre? Nada de nada, estarás de acuerdo en que tengo razón, ¡pero joer no pongas esa cara, piensa con la cabeza y trata de "desilabar" el tuyo! (más calmado) Sí lo consigues, cosa que no dudo, eres hijo mío y de tal palo...  comprobarás que ya no es tan enigmático o feo, porque vamos a ver, vuelve a pensar y pregúntate "in mente"

 

¿Dio genes Bonifacio a MMRAP? Rotundamente sí ¡voila, aleluya, has caído de la burra! Pues ya ves muñeco, ¡DIÓGENES BONIFACIO te llamarás, no hay más que decir ni comentar! En cualquier caso, un hijo debe llevar algo de su padre, aunque en este caso sólo sea el apellido, bueno, tampoco es tan extraño, como otros muchos. No obstante, puedo consentir y consiento, que de segundo apellido lleves el de MMRAP, para no perder del todo tu identidad.

 

Sentados a la mesa, ambos a cada lado, Boni and Diógenes, Diógenes and Boni, trataban de solventar sus pequeños problemas y diferencias como padre e hijo, con la sospecha clara, que no se iban a poner de acuerdo fácilmente, en fin, bueno era que se iniciara un diálogo entre los dos, aunque éste fuera en forma de discusión, ya que según dijo alguien, de la discusión sale luz ¿será verdad?

 

Bueno, prosigamos ¿en qué íbamos? ¡Ah sí! Avatares de mí vida. Luego de aquel trabajo en Suecia y digo luego, puesto que y en consecuencia, en los años siguientes para la concesión del NOBEL de Economía, sonaba en los círculos tertulianos, otro español que había escrito y puesto en marcha páginas imborrables e inolvidables sobre la teoría del ahorro preventivo y de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que sonaba algo así como Nadlor (léase de derecha a izquierda, aunque sospecho que el giro debió de ser de izquierda a derecha) sin embargo, a pesar del paisanaje, yo no estaba por la labor, ya que según las malas lenguas y tal como describían a ese individuo, estaba totalmente seguro que de tener que atenderlo en el hotel, me costaría una pasta y no me encontraba yo en condiciones de recurrir a la cuenta de fondos reservados. Así que, para demostrar mí oposición y disconformidad de semejante desatino, dejé mi empleo y me di las de Villadiego, dejando a los suecos en profundas reflexiones sobre la actitud adoptada. Como puedes suponer y no sólo por el clima del país, fue una despedida de las consideradas frías.

 

De Suecia me fui al Canadá, una vez allí y metiendo la mano en la cuenta de fondos reservados, en la mía, me compré una casita pequeñita, me puse a trabajar de peón de albañil en una fabrica de hielo, cuyo trabajo consistía en colocar cubitos de hielo en el suelo de los pabellones de deportes, donde solían jugar mayoritariamente, a una cosa que se llama Hockey sobre ídem (hielo) y consiste en la confrontación de dos equipos. Cada jugador componente, en sus manos, va provisto de un garrote de madera en forma de bastón, le zurran la badana a una pastilla de madera, siempre a ras del suelo, aunque alguna vez que otra y según se tercie, le sacuden un zurriagazo al contrario que tiembla el Ayuntamiento, no obstante, el fondo del asunto, consiste en meter la pastilla de madera en una especie de jaula con red, pero sin cerrar por el frente. Ésta la defiende un jugador que le dicen portero, una vez que la introducen en la jaula o portería la circunstancia se llama gol. El partido o match, es de duración determinada en tiempo y el equipo que marca más goles es el ganador de la confrontación o encuentro. Los  uniformes son como los del muñeco de Michelín, pero a lo bestia y la cabeza la protegen con un casco de motorista. En los pies calzan una especie de botas con cuchillas pegadas a las suelas, que las definen como patines, las cuchillas, mal que te pese, no las utilizan para rajar a nadie, son, simplemente, para deslizarse por el pavimento helado y no veas como dejan de rayado el suelo ¡te quedas frío! Hombre sí, mira tú, compréndelo, pásate todo el día colocando cubitos de hielo, para que luego vengan unos desgraciaos y te lo dejen impresentable.     

 

Total, que pedí la cuenta y me fui con la música a otra parte. Y nunca mejor dicho, puesto que comencé a currar en una discoteca, era el que cambiaba los discos, hoy les dicen "pincha discos" o "DJ´s" el ambiente no faltaba, me gustaba el trabajo, me divertía y estaba francamente entretenido nocturnamente, hasta que un día se me dio por poner un disco de la Martirio ¡y qué martirio me dieron los clientes por semejante música, tío, digo hijo!

 

Este disco lo había localizado y comprado en un rastrillo dominguero. Cuando te encuentras fuera de tú país se te sube la bilirrubina del patriotismo y con el convencimiento propio de que todo lo español mola cantidad, y se me ocurrió la feliz idea de llevarlo a la discoteque y que la gente disfrutara con nuestra música. Dado que en mí interior flota la creencia y el concepto de que los canadienses, en términos generales, son personas cultas, educadas y respetuosas con las cosas de los demás, pues eso, no me corté ni un ápice, que bailaran y cantaran sin decir ni pío, al ritmo que yo les marcaba. Por otro lado, todavía recordaba y tenía presente en la memoria la buena acogida que había tenido mundialmente aquello del Typical Spanis, con lo cual, incrédulo de mí, creí, convencido estaba, que se tragarían nuestra música sin par, con peineta y todo, pero en verdad, ellos, los canadienses, eso sí, con mucha corrección, le dieron la consideración de infumable. Total, que las muestras de "satisfacción" fueron unánimes. En resumidas cuentas, esa misma noche el gerente de la cueva-discoteca, me entregó un sobre diciéndome ¡ten qüi! ¡Orgüa! ¡Vay, vay! ¡Vete lejos! Y que te vaya bonito, búscate otro trabajo, aquí ya estuviste el tiempo suficiente, estás muy visto, y que no te vuelva a ver por este local, ni de cliente. ¡Chao!    

 

Pero no hay mal que por bien no venga. En esa misma época, conocí una bella muchacha que compartió mis vivencias y creencias intensamente. Nos conocimos casualmente en el rastrillo dominguero, en la ocasión en que compré el disco famoso, el único defecto que se le veía y oía, era que seseaba al hablar, arrastraba la S, con lo cual, cada vez que abría la boca, parecía que una serpiente pitón merodeaba por tu lado, entonces ella, que cariñosamente me decía Nifa, al hablar conmigo, aparte de reptil, se podía prestar a malas interpretaciones, en particular sí estábamos en público, como ejemplo, un diálogo que más o menos se podría dar,

 

Margarita.- (sí ella se llamaba así) SsNifa,

 

Boni.- (disimulando y mirando para todos lados) no quiero, en estos momentos no, pero de todos modos gracias cariño (me divierto sin drogas, contigo me basta)

 

Margarita.- no sssse por qué disssses no grasssiasss, no desss grasssiasss.

 

Boni.- No, mejor no te las daré, porque las desgrasias vienen solas.

 

En fin para que te voy a contar, el caso es, que dejando a un lado ese pequeño defecto, te diré que fui muy feliz con ella, estaba tan rabiosamente enamorado que me tuve que vacunar, se llamaba Margarita (si ella se llamaba así) y la pena más grande que yo sentía, era que, como no había hecho la mili, no le podía cantar la muy famosa canción de "Margarita se llama mí amor... que le hubiese gustado tanto oírla de mis labios, sobre todo en una serenata nocturna o vespertina, en inglés o en francés, depende del lado en que estuviésemos, en el francófono o el anglófono, pero sobre todo cantada en ruso, claro que ella de poco se iba a enterar, ya que era sorda como una tapia.

 

¿Qué era qué?

 

¡Sorda como una tapia!

 

¡Ah!

 

Pero a mí si me importaba y mucho ¿por qué? Bueno ya sabes, ¿un español que no hizo la mili que es? La verdad, no sé a ti que te parece, pero a mí no se me ocurre nada.

 

Supongo que será igual de español que los demás, apostilló Diógenes.

 

Solo me quedaba el recurso de decirle aquello de ¡Margarita de mí vida, eres sorda como yo, con mis besos y caricias te voy a llenar de amor! Y vaya sí oía o por lo menos intuía que mí amor por ella era verdadero, un sentimiento puro, bello y desinteresado, así lo entendimos los dos. Aunque un buen día, llegó a casa llorando a lágrima viva, inconsolable, no sé me ocurrió decirle nada para que calmara sus ímpetus lagrímales, lo único que hice, fue meter la mano en el bolsillo, saqué el pañuelo y se lo ofrecí, lo paso por los ojos y sus morros, pero de súbito muy ofendida y gritando con desesperación, dijo,

 

¡Esta es la manifestación sublime, del puro amor que sientes por mí!

 

¡Coño que razón tenía, que pena traidora! Me había olvidado que hacía tres días que me encontraba acatarrado, ella lo sabía y yo también, pero como era emigrante y no muy dado a cambiar habitualmente de pañuelo, ni de otras cosas, pues eso, tenía que ahorrar. Después de oír su contestación y ver la cantidad de lágrimas que derramaba, me quedé desolado, sin saber que hacer, ni que decir, sólo estornudé, pensándolo bien tenía toda la razón y fue el principio del fin y a pesar de jurarle, que la humedad del pañuelo era la consecuencia lógica de mis lloros por ella y no la de mí catarro, nada, no hubo manera de convencerla y empecé a darle vueltas al asunto y a pensar que debía de cambiar de aires, de aquellos tan fríos por otros más cálidos.

 

Pero padre, ¿no trataste de averiguar por qué lloraba Lamar, tan desconsoladamente, que cosa le había pasado?

 

¿Lamar, que confianzas son esas? ¿Y a ti que más te da, que importancia puede tener para ti? Bien de todas maneras te lo contaré. Por lo que pude entenderle entre sollozo y sollozo, al parecer, su Jefe le comentó a un compañero de ella, en tono jocoso, "le podemos meter mano y como es sorda...  ya ves, se produjo un caso claro de acoso sexual, yo estaba indignado. De ahí, sospecho, su inacabable lagrimal y congoja, aunque analizándolo concienzudamente, no sé que pensar, puesto que entre lágrima y lágrima, me confesó a mayores, eso sí, con gran pena en el alma, que era una mujer confundida y de muy mala suerte, además, poco realizada, pues aquella especie de amenaza no sé había consumado.

 

Y tanto que cambié de aires.

 

Diógenes seguía con la vista fija en la figura de su padre, lo que le contaba, no sabía muy bien sí le gustaba, de momento no podría decirlo, ni definirse, además entendía que debía de ser objetivo en sus apreciaciones y lo escuchado de boca de su progenitor, le estaba causando un verdadero lío en sus esquemas. Por los periódicos, revistas y libros que le había leído Boni, tanto los del principio de su vida como el resto, recordaba algo así como un dicho que decía, el que calla otorga, pero no era este el caso, ya que su silencio no era indicativo de nada, ni tan siquiera falta de criterio, simplemente por respeto hacía su mayor, eso pensaba, y necesitaría más tiempo para llegar a unas conclusiones claras y concisas de la situación, porque ciertamente no sabía que era aquello de Canadá, lo de Suecia podía pasar, pero lo de Canadá era demasié, iba más lejos de su imaginación, veríamos sí lo pillaba cuando su padre le leyera algún libro de historia geográfica y demás. Decididamente y por mucho que se esforzaba, era incapaz de establecer una lógica coherente de acercamiento entre países y situaciones, su mente le martirizaba reiteradamente en forma de preguntas, ¿qué relación había entre Suecia y Canadá? ¿Cómo sería Canadá? ¿Dónde caía? Y por otro lado emergía la figura de Lamar ¿Tendría algún vinculo directo conmigo? Preguntas sin respuesta, sus chips le indicaban que lo dejara para más adelante, su cableado se calentaba de tanto pensar, es decir, podría llegar a ruborizarse, entonces optó por calmarse, sosegarse, relajarse y notó que la tranquilidad volvía a sus pilas, el tridente yacía inerte a lo largo de su cuerpo, reposando al pie de su zapato base y esto, señal inequívoca que podía, ya sin acaloramientos, hablar con su padre.

 

Dime papá, padre mío, que cosa es esa de Canadá que no llego a entender  ¿quiere decir que todo lo que cuentas de ese país y de Lamar, es bueno y quizá pudiera haber un resquicio para pensar que ella era mí madre y yo un Made in Canadian?

 

El Boni, que no pasaba por su mejor momento, (borracho, borde, impertinente y enfurecido) contestó enloquecido,

 

¡Pero serás pedazo de atún enlatado! ¿Es que no puedes pensar? ¡Ten hijos para esto! Margarita era mí novia y de carne y hueso, sorda sí y seseante, pero de carne y hueso ¿y que eres tú?, Dímelo anda, ¿qué eres listo?

 

¡Padre mío, soy y quiero ser lo más parecido posible a tu imagen y semejanza!

 

¡Pero que pasa contigo tío! No te pases conmigo hijo ¡QUÉ YO ME HICE A MÍ MISMO! Y a ti té encontré en la calle.

 

Cierto, pero mira, ya que estamos hablando y lo mencionas, digo yo, QUE TÉ PODRIAS HABER HECHO UN POCO MEJOR.

 

¡Joer Diógenes! Me da la impresión, que estás espabilando demasié, con más atrevimiento y soltura de lengua y lo más grave, que me estás faltando al respeto, no me gustaría retirarte el saludo y mucho menos las pilas, a otros por menos motivo, ni les hablo. (Estas palabras salieron de la boca de Boni cargadas de pesadumbre) 

 

No papá, entiéndeme, te respeto y mucho, pero no me llames enlatado, soy casi un ser racional, con coraza.

 

Tienes razón hijo mío, es una lata cuando pierdo los estribos, y a pesar de eso, no me caigo del caballo fácilmente, de todas maneras debo repetirte que la Margarita o Lamar como tú le dices, no era tú madre, desgraciadamente, nuestra relación no fue muy larga, pero sí lo suficiente como para tener descendencia, sin embargo no es el caso, no la tuvimos y las razones, aunque te las dijera, no las entenderías ¿o sí? Verás, como te diría yo, un amor platónico, eso es platónico y sin ajuar, sin juegos de cama quiero decir, bueno más o menos ¿lo pillas? No claro, me lo imaginaba.

 

Y el silencio entre ellos se hizo, el Boni quedó pensativo y meditabundo, ensimismado en los recuerdos, notaba como afluía a su cerebro aquel capítulo de su vida que años atrás había vivido y padecido y que no los quería volver a revivir, de extrema dureza consideraba, el afrontar la realidad de los hechos y lo que menos le interesaba anímicamente era retornar a las vivencias de antaño, sin embargo, cuanto más empeño ponía en olvidar, más reales se volvían, una y otra vez le venía a su mente la imagen de su Margarita, una ola nostálgica le envolvió con un escalofrío prolongado, la tristeza afloraba a su rostro, un rictus de amargura se dibujó en su boca y sus ojos se quedaron sin brillo, ¡pobre Boni! Pensaba Boni. En cualquier caso, no se consuela el que no quiere, por tanto, el Facio, sin mucho esfuerzo que digamos, estiró su brazo derecho y agarró la botella y venga, el lingotazo de rigor, y según tragaba pensaba que, al fin y al cabo, las penas con pan son menos.

 

Y vuelta a lo mismo, por enésima vez en la noche, echó mano a la botella y sintió un enorme deleite, chasqueando la lengua por el impacto agradable que le dejaba aquel líquido que bajaba de su boca hacía su garganta y estómago que le hizo exclamar ¡está bueno coño, es cojonudo! Como es de suponer, a aquellas alturas de la noche, se podía considerar que su estado era lamentable y lastimoso, casi fuera de circulación, prácticamente no sé tenía en pie, menos mal que estaba sentado, que le vamos a hacer, no era de extrañar que se encontrase en esas condiciones, tiene que ser muy duro afrontar en plenitud de lucidez, recuerdos tan amargos y era obvio para él, que había que endulzarlos con algo. Ésta situación de alegría etílica le dio alas y valor, para seguir desgranando sus recuerdos.

 

Verás Diógenes, así como el invierno se sufría humanamente con extrema dureza, frío y nieve por todos lados, era la cosecha que más se daba en esa época, el verano se llevaba mejor, no hacía demasiado calor y fue es ésta estación cuando conocí a la mujer de mis sueños, ¡Margarita...

 

¡Eh, alto ahí! Eso sí que no, padre a mí no me engañas, no trates de llevarme al huerto, según tú propia confesión y no hace tanto tiempo, conociste a tu novia de amor platónico, sin ajuar y sin juegos de cama, en un rastrillo de domingo, no faltes a la verdad, cuando el disco de la Martirio con peineta y todo, ¿o no fue así, quieres cambiar la versión? Lo sabes, soy tú hijo, o sea que...  

 

¡Diógenes, Diógenes, que ties padre! No quiero cambiar nada y no me interrumpas, sí yo digo que fue en verano, en un día laboral y no en domingo, pues eso, sucedió en una noche de verano y no me imputes a mí lo que tú has interpretado como una libre versión, ¡faltaría más, ni que hubiese bebido y estuviese borracho! Un padre es un padre, aunque la mujer le pegue que, evidentemente, no es el caso.

Bueno, vale, sí tú lo dices, lo admito, té lo doy por válido. (Dicho con resignación)

 

Diógenes entendió que era mejor optar por el silencio, transigir y admitir,  por un lado se dijo, es mí padre y no debo llevarle la contraria, que más da que sea invierno o verano, en un domingo o día laboral, esto no cambia para nada el fondo del asunto y por otro, le iba a hablar de Lamar y esto le gustaba, intuía, sin saber muy bien por qué, que ella podía ser esa madre que a él le faltaba, aunque su padre lo negara rotundamente, con lo cual, Diógenes, dada su mentalidad, estaba totalmente seguro que, dado el caso y aun pidiéndoselo por favor, el Boni no sé sometería voluntariamente a la prueba del ADN. Así estaban las cosas.

 

Buen chico y obediente, así me gusta. Bien, pues como decía, regresaba a casa luego de una jornada de intenso trabajo en la discoteque, me dolía todo el cuerpo y en especial la cabeza, tampoco era de extrañar después de una larga, pesada y completa  sesión de música "bacalao". El caso es, que al doblar una esquina, tropecé con una mujer morena, de mediana estatura, tirando a bajita, de pelo negro, (sorda ella) entradita en carnes, no gorda, de unos 30 años, el color de los ojos no lo pude definir, era noche y había poca luz, eso sí, vestía una falda negra, recta, ajustada a su cuerpo que realzaba sus formas y figura, una blusa floja, en tonos amarillos y blancos, entremezclados, que disimulaba sus prominentes pechos.

 

¡Esqüismi, goodnay lady! Dije yo, sin poder disimular mí sorpresa, por semejante aparición.

 

Ella (la sorda) no articuló palabra, sin embargo, tampoco hizo ademán alguno de continuar su camino y dejarme a dos velas con la palabra en la boca, se paró en seco, intuía que el gran Boni, aunque ella desconocía mí nombre, le decía algo interesante y además amable y cortésmente, porque sí de algo podía presumir yo en aquella época, hombre, no digo que de don Juan precisamente, pero sí de señor normalito tirando a sentimental y no de pocas luces.

 

Entonces, ella se detuvo sobre la marcha, pensó y se dijo para sus adentros, presuntamente, e aquí el que puede ser el hombre y amor de mí vida y de forma presurosa y sin perder un ápice de compostura, se volvió para decir,

 

¡Hombre que tal! (En inglés y francés, en el original) ¿porque eres hombre no?

 

¡Yes, güi! ¿A ti que te parece? Acércate un poco más a la luz y contémplame,

 

Pues sí, es verdad y de todo el cuerpo, espero.

 

Y pensé de inmediato, sorda será, pero está claro que ciega no.

 

Mí respuesta afirmativa, a lo de hombre, fue en francés e inglés, por aquello de las dos aceras.

 

Mí Margarita, llamar así, dijo.

 

A lo que yo respondí, señalándome a mí mismo con el dedo índice hacia el pecho, yo Bonifacio, ¡encantado de conocerte!  

  

Tú name esss presiosssso, ¡mussssho gussssto! Contestó ella.

 

¿De donde ser tú Margarita? Pregunté yo.

 

De Teruel, España, Essss-paaa-ñaa. Dijo ella.

 

¡Coño! Pues sí Teruel es España, Galicia también, Boni ser, es oriundo de Ga-li-cia, ¡joroba que feliz coincidencia! Y digo yo ¿por qué hablamos en inglés, sí somos ambos los dos españoles? Y por favor, no me grites que no soy sordo.

 

Querido hijo, por hoy ya vale, lo dejaremos aquí, creo que es hora de dedicarnos a dormir, me encuentro realmente cansado, además y por otro lado, la botella me puede causar estragos en el cuerpo, déjame que la aparte para debajo de la mesa, está vacía la condenada.

 

Dicho y hecho. A dormir como un tronco. Así se quedó Boni, después de una charla bastante larga, densa y pesada, pero que, en términos generales, tenía su recompensa. Su hijo sabía un poco más de la vida de su padre y esto, era bueno a todas luces, no obstante antes de quedarse dormido, el Boni le retiró las pilas y por supuesto, éste, su hijo, se quedó de pie y tieso, aunque no sé sí de sueño, lo cierto es, que rígido estaba. Pero e aquí que semejante quietud, se debía a una postura clara y estudiada. Diógenes no quería dormir e hizo la vista gorda ante la actitud de su mayor, lo que en realidad pretendía era que su padre así lo creyera y el Facio se lo creyó y cerró los ojos. Muy equivocado y alejado de la realidad se encontraba su progenitor de la postura adoptada por su hijo, ya que este, que era muy despierto y se mantenía ídem, deseaba y sentía la necesidad acuciante de velar el sueño de su padre, el pobre, cuando bebía y cuando no, también, roncaba como una locomotora, tenía pesadillas y hablaba en alto y Diógenes se preguntaba a través de sus circuitos ¿cómo pasaría aquella noche después de tanto hablar, recordar y sobre todo, beber? Él, como buen hijo que era, estaría ojo avizor, al acecho, no por nada especial, pero amaba a su creador, el tan enigmático personaje, parlanchín y bebedor, pasaba por ser un buen padre y esto, se quiera o no, a pesar de los posibles defectos, siempre condiciona, a pesar de que reconocía cierta impotencia en una situación semejante, la de llevar adelante su pretendida vigilancia, ya que su padre, sin decir ni mu, también velaba por la tranquilidad y sosiego de su descendiente y como ejemplo, la de ésta misma noche, su progenitor le había cortado las alas, como vulgarmente se dice, dejándole inerte por la falta de pilas. Pero podía saltar la sorpresa. Diógenes, que había entrado de lleno en la madurez y en el arte del escaqueo, aunque su padre no se diera cuenta de esto, como otros muchos padres con sus hijos, y por tanto se consideraba ¿muñeco? Previsor y con recursos, pasó a la acción. En complicidad con el silencio en lo más tenebroso de la oscuridad, doblándose en dos, en un esfuerzo considerable, ya que todavía no dominaba muy bien el arte de la genuflexión, de su zapato base retiró unas pilas que tenía apalancadas, por sí se daba un berenjenal como en el que estaba inmerso y actuando de forma rápida, veloz y concisa, se las auto colocó en el habitáculo correspondiente (el de las pilas) y como un soplo salvaje, volvió a la vida, o sea, como un sueño hecho realidad, vamos, como una plebeya que encuentra a su príncipe azul. (Con esto no quiero señalar a nadie, ni que se sienta aludida)

 

En una noche de expansión amorosa, Boni como la cosa más racional del mundo, acompañó a Margarita hasta su casa, que constaba de cuatro paredes, pequeñita pero mona, con un jardín a la entrada, en el que predominaba un césped verde, verde, en el medio de éste, un estanque con flores, resaltando de manera categórica, los nenúfares, atravesaron el jardín, como los niños del Pireo o sea, cogidos de la mano, en dirección a la vivienda y como en las películas, al llegar al umbral de la puerta, ella le preguntó,

 

¿Quieres entrar y sí te apetece tomamos la última copa de la noche o un café negro, o en su caso lo que corresponda, antes de despedirnos?

 

Esta propuesta, al Boni, le sonó a chantaje emocional, no obstante, se mostró correcto y con ansias de participar, ¡natural que quiero! Pero de modo inmediato y sobre la marcha, trató de corregir su apresurada contestación y matizar un algo la pregunta de ella y al mismo tiempo su respuesta.

 

Margarita, quiero hacerte una aclaración y que al tiempo sirva como declaración de principios, tienes que entender y de una vez por todas, que debía ser yo el que dijera lo de la copa y además, nunca se dice la última, siempre y en todo caso, la penúltima. Y no me lo pongas en bandeja, como dicen las malas lenguas, que se lo ponían a Felipe II, soy yo el que tengo seducirte, dijo Boni y todo de un tirón.

 

Puntualizaciones aparte y frases dichas con mejor o peor fortuna, el caso es que el Boni estaba henchido de felicidad y ternura hacia ella, empezó a pensar que tan sólo habían pasado tres cuartos de hora desde el momento en que se encontraron, y notaba que se estaba enamorando perdidamente de Lamar, pero no era preocupante, cada día le pasaba lo mismo, diría que incluso le gustaba, tenía un cierto sabor agridulce en la boca, lo cual para él, a pesar de las contradicciones, era sinónimo de felicidad y no de nervios desatados.

 

Por fin se decidieron a cruzar el umbral de la puerta, pasaron a la salita de estar, no muy grande, aunque coquetona, como la dueña, Boni al pensar en ello, notó que un suspiro de satisfacción inundaba profundamente su cavidad pectoral, tanto, que a punto estuvo de reventar de tanta inundación. En un sofá, se sentaron a la par, cruzaron sus miradas, silencio, se cogieron de las manos, más silencio, entonces, más silencio y... pasó lo que tenía que pasar, se mascaba la tragedia, Lamar comenzó a hablar, rompiendo aquel silencio embarazoso pero al mismo tiempo como un sueño embriagador, que Boni sentía profundamente en sus carnes, como sí le hubiese picado la mosca del sueño.

 

Margarita.- Ssss, SsNifa,

 

Bueno ya empezamos, pensó Boni (resignación al canto)

 

Margarita.- Tengo que confesssarte algo, esss un sssecreto y no sssé como lo vasssencajar. 

 

No te preocupes, contestó el Boni, sea lo que sea, cuenta conmigo, por ti estoy aquí, y soy muy comprensivo, para algo somos lo que somos.

 

(Nota.- Como autor de éste relato, en el que tanto monta, monta tanto, Margarita como Bonifacio, quiero aclarar que en las conversaciones siguientes, la prota (con perdón) seguirá arrastrando las sss, pero las dejaré de escribir por el momento, salvo que, ineludiblemente lo requiera el guión, ya que es un autentico coñazo)

 

Margarita.- Bueno pues ahí va, es que ¡soy sorda como una tapia, oigo menos que un burro con las orejas vendadas metido dentro de un baúl! Y dime, de paso claro, ¿qué somos tú y yo, qué soy para ti?

 

Boni.- ¿Sorda? Sabía yo que algún defectillo debías de tener, nada significativo ante la cantidad de buenas cualidades que reúnes, tanto en lo físico como en lo anímico, en fin, diré para tu tranquilidad, que todos tenemos algún secreto inconfesable y preguntas ¿qué eres para mí? ¿Eso dices ahora, lo que soy para ti, a estas alturas? Pues bien que me pese, entiendo que, de oídas, somos novios y que por demás, eres el sueño imposible que nunca se acaba, pero te quiero, creo que es ese sentimiento el que me invade, y sí lo deseas lo digo cantando, aunque por las trazas y el defecto de marras, sería como los gritos del silencio.

 

Pues nada, pasó lo que tenía que pasar, el desenlace se veía venir. Aquel noviazgo duró lo que dura un verano en Canadá, ya que todo tiene su final y empezó a ir a menos, tanto el verano como el noviazgo, desde el famoso detalle del pañuelo. Poco después de ese "affaire" y aunque trataron por todos los medios de mantener el equilibrio de tal idilio, la situación se encontraba totalmente deteriorada, de tal forma, que tenía el carácter de irreversible, se palpaba que no se entendían ni por señas y lo dejaron de común acuerdo. Bueno en realidad, como es de suponer, ni fue tan común ni tan siquiera hubo acuerdo, quizá se pudiera determinar como un compás de espera, porque al Boni, unas le iban y otras le venían, continuaba enamorado de la sorda, por tanto, en sus momentos bajos de anemia amorosa, se le desataban los celos y veía fantasmas por allá y por acullá, agravado porque ella, de vez en cuando, coqueteaba con él, actitud para nada coincidente con los pensamientos del Boni. Aquel dicho de, sí te he oído ni me acuerdo, en este caso, parecía tomar cuerpo y hacerse realidad.

 

Pero él no cejaba en su empeño, era constante y perseverante. Un buen día, en la noche, Nifa, sigilosamente, se introdujo en el jardín de la casa de Margarita, se escondió detrás del estanque esperando a que ella regresara de su trabajo y sobre todo, sí lo hacía acompañada por alguien. A Lamar amada, el casi olvidado detalle del acoso sexual en el trabajo, al parecer, no le había afectado en gran manera, salvo las lágrimas puntuales, poco más, sin embargo a él, sí sé le había desatado una vorágine interior en forma de celos y de manera categórica. Semejante recuerdo le traía a mal traer, lo tenía presente en su frente y no era precisamente, en forma de sudor, sentía tal temor que no paraba de mirarse al espejo, por si algo incipiente le crecía más arriba de las cejas en contra de su voluntad. Agachado, abrazado por la penumbra de la noche, esperó horas y horas, al cabo de cuatro, más o menos, quizá, más que menos, apareció su amada, venía sola, aunque él suponía, su cerebro así se lo dictaba y martirizaba, que todo aquel tiempo de tardanza lo había perdido en compañía de otro tío, veríamos. Ella, toda ella, abrió la puerta de entrada de la casa y no la cerró, la dejó entreabierta como expectativa, en su fuero interno esperaba y deseaba que de un momento a otro apareciera su Nifa. Y su deseo se cumplió. El Destino se desataba como caprichoso. Y sucedió como por arte de magia, la sombra de una figura masculina puesta en pie, a modo y manera de "Homo Erectus" se hizo patente y visible al lado del estanque. A pasos apresurados se dirigió a la puerta de la casa, como sí de un milagro se tratase.

 

¡El "Homo Erectus", era él!

 

¡SNifa! Gritó ella muy asustada, al menos aparentemente, aunque al mismo tiempo tremendamente ilusionada, por la presencia varonil y sorpresiva de semejante aparición halagadora, se sentía mujer y su intuición no le había fallado, su amado ¡OH Dios! Estaba allí y de cuerpo presente, pensó y sin fumar, pese a la lógica intranquilidad por la situación.

 

Y otra vez. ¡SNifa!

 

A lo que el Boni respondió,

 

¡Hoy sí! Lo necesito, necesito un buen chute y con urgencia, cuan atenta y diligente eres.

 

Es evidente que, el Boni, se refería en concreto a la droga, pero no pensemos mal, ¿es que ella no era como una droga para él, entonces? Y continuó hablando.

 

¿Sabes mí amor? Tengo mucho sufrimiento en el alma y no digamos en el corazón, ¡gracias por tú aportación a la causa!

 

No desss grasssiasss, dijo ella,

 

A lo que Boni, cargado de paciencia, contestó,

 

¡Perdóname hija mía! Ya sé que las desgracias vienen solas, no me lo recuerdes, ya que quizá, pudiera contemplarse como una premonición ¿quién lo sabe, no?

 

Déjate de decir tonterías, respóndeme y aclárame ¿qué hacías ahí, detrás del estanque, emancipado y encubierto por las sombras de la noche?

 

Pues ya ves, esperándote, quería comprobar y saber de una vez por todas, sí me eres fiel ¿lo eres?

 

¡Cariño que delicadeza y que tacto tienes! Pausa. Verás, lo soy, sí, en la medida que puedo.  

 

Y ¿hasta donde puede alcanzar esa medida?

 

La verdad, ni va muy lejos, ni es mucha, pero para tú tranquilidad y te lo prometo, cuando estoy contigo... no miro para otro lado.

 

Pues sí, tal como había previsto el protagonista resultó una premonición, que se desarrolló en el interior de la casita, dentro de la más absoluta intimidad.

 

Entonces y de inmediato, sin saber a cuento de qué, los brazos de Boni se alargaron en una sola dirección y sus manos, tomaron el camino de una parte muy concreta de la anatomía de su amada, el cuello, la agarró fuertemente y apretando, apretando, apretando, la dejó sin aliento y con la lengua de fuera, no es broma, literalmente tenía la lengua de fuera, y por cierto, bastante larga. Apoyó aquel cuerpo, inerte y sin vida, sobre el duro y frío suelo. Llorando desconsolado y amargamente repetía, entre lamentos, lastimeros y prolongados,

 

¡Ya no me puedes oír, mí sorda, mí amor, mí vida! ¿O sí me oyes? Qué tontería, sí ya no te oía antes, imagínate ahora. Pensó. Más lamentaciones. ¿Qué he hecho señor, para merecer esto? ¿En qué mala hora se me ocurrió semejante burrada y barbaridad, qué voy a hacer sin ella? ¿Qué será, será, de mí de ahora en adelante? ¿Dónde señor la voy a encontrar, o será enterrar? Para sus adentros y en un momento de lucidez, con cara de yo no hice nada, pensó que así de muerta y estirada como estaba, no le iba a servir de mucho.

 

Reflexión que le hizo volver en sí, de golpe y pronto sé dio cuenta de la felonía que había cometido y sé puso manos a la obra con toda celeridad. Dejando a un lado aquel peso muerto, sé dedicó con actividad febril a buscar por toda la casa algún artilugio metálico que le sirviera para cierto menester, encontró uno que le venía como anillo-alianza al dedo. Arrimado a la tabla de planchar, encontró algo parecido a una pala de jardinero, lo asió con su mano derecha y se dirigió de inmediato al jardín. Amparándose en las sombras y penumbras de la noche, empezó a cavar desaforadamente, como un poseso, en la negra tierra que, para mayor inri y vergüenza de él, había sido labrada y trabajada a mano por su amada.

 

Siguió con las manos en la masa, hasta que el hueco le pareció que era lo bastante grande y cómodo para meter el cuerpo de su amada. Volvió a entrar en la casa y agarró aquel cuerpo con toda delicadeza, la llevó arrastras hasta el jardín, no pesaba mucho, y siempre que pudo, la mantuvo boca arriba, quería contemplar su cara el mayor tiempo posible, ya que era la última vez que la veía, aunque en un alarde de frialdad pensó que aquello no tenía muy buen color. Era un cuerpo frágil y delgado, últimamente había adelgazado, con lo cual, llegó a su destino con bastante rapidez hasta la que se suponía, sería su última morada, la metió en el hoyo, al tiempo e inconscientemente, in mente tarareaba una canción, "espérame en el cielo, cariñito adorado... esto le turbó un algo, pero sé rehizo de inmediato. Le cubrió con plástico transparente y le echó, de una vez por todas, tierra al asunto.  

 

Allí, en la noche, al lado del estanque, yacía el cuerpo sin vida de Lamar.

 

Bonifacio, lleno de pasión incontrolada y con ojos de cordero degollado, contemplaba, al tiempo que se secaba el sudor de su frente, aquella pequeña parcela de tierra negra removida y pensaba interiormente en lo bien que quedaría una placa con el nombre de su ex, la fecha de tan cruel efemérides y debajo, una especie de epitafio, eso sí, cortito pero conciso, un texto que definiese y expresase en pocas palabras, los sentimientos de él hacía ella, por ejemplo. "Tú fiel y respetuoso enamorado, no te olvida" le sonaba a música celestial, pero indudablemente por obvio, no podía ser.

 

No sé sabe la razón, pero a la mañana siguiente en aquel jardín, daba la impresión real, que los sauces y nenúfares resplandecían con todo su esplendor, tenían más vida y color que nunca.

 

Dos días más tarde...

 

¡Pasajeros del vuelo 6969 con destino a... embarquen por la Seven Gate! (Puerta siete, para los que no dominen el inglés) Por la megafonía del aeropuerto, se pudo escuchar, que no entender, la voz estridente de una fémina, lanzando al aíre el mensaje.

 

Entre la gente que iba formando la cola para tomar aquel vuelo, se encontraba un hombre vestido de luto riguroso y protección ocular, gafas de sol, montura y cristales negros, releyendo con avidez, una y otra vez, los titulares del periódico de la edición matutina que sostenía en sus manos. En primera plana en letras grandes, negras y claras, a modo de encrucijada ¿CRIMEN PASIONAL EN LA CASITA PEQUEÑITA EN CANADA? Una fotografía ilustraba la noticia. Dentro de un hoyo, y unos cuantos montones de tierra a su alrededor, se veía claramente un plástico, en el interior de este y al trasluz, se podía deducir el cuerpo de un ser humano, aunque bastante difuminado por la intensa luz de un flash.

En letra pequeña. Hoy ha sido descubierto el cadáver de una mujer, etc. etc. por un perro policía, al realizar una inspección rutinaria que se llevaba a cabo, con motivo de la entrada inminente de la Ley de Extranjería.

 

La policía no tiene pistas, aunque continúan las investigaciones para esclarecer el caso, se tienen pocos datos de la victima, aunque podemos confirmar que era emigrante y sorda, al menos, es lo que se pudo saber, después de practicarle la primera autopsia y que no será la última. La policía descarta el crimen pasional. 

En un insertado aparte. ¡Ultima hora! La tesis barajada por la policía, además de las pesquisas llevadas a cabo por uno de nuestros colaboradores, abren una nueva vía en las investigaciones, en las que se contempla como probable, que la causa del crimen cometido, pudiera derivarse hacia un ajuste de cuentas, con implicación mediática de la gente del hampa, motivada y auspiciada por una venganza personal, ya que la victima, muy deseada en vida por unos y por otros, motivo claro de continuas disputas personales, trabajaba como camarera en un local nocturno de alterne, que suelen frecuentar personas de toda condición social y en particular otros muchos, denominados vulgarmente gentes de baja estopa, que se dedican, presuntamente, al negocio de trata de blancas, negras, amarillas, etc. etc. que tanto da el color en estos menesteres.

 

Estaba horrorizado, anonadado, petrificado circunstancial y más. Su padre, que aparentemente dormía como un tronco, en el transcurso del largo sueño, había soñado o pensado en voz alta, y Diógenes, escuchó en la sombra del silencio, todo lo relatado anteriormente y en consecuencia, un sentimiento de culpabilidad inundaba todos sus chips, puesto que entendía que había sido él, el mismísimo Diógenes que, con sus preguntas y devaneos coloquiales, desató el desatino de los recuerdos desatados de su progenitor y esto le condicionaba y le dolía sobremanera y se preguntaba ¿qué hacer para reconfortar y alegrar a su padre? Bien merecía una compensación. En un instante se le ocurrió que la mejor manera de volverlo a la realidad del momento y de la sonrisa, sería demostrándole su afecto y sus habilidades que, a fin de cuentas, salvando una pequeña parte, eran las de su padre, aunque de inmediato quedó sembrada la duda con una pregunta en forma de chispa, ¿qué cualidades y habilidades reunía él, si nunca se había probado? Bueno, acaso haciendo tonterías, sí, quizá fuese el instante apropiado, la ocasión se le pintaba calva y él no tenía un pelo de tonto,  para ello comenzaría por dar volteretas sobre sí mismo, encima de la mesa de madera y así trataría de llamar la atención de su progenitor y no se lo pensó dos veces. Apoyando su brazo, el del tridente, en la superficie plana de la mesa de madera, trató de estirarse patas arribas y colocarse en posición vertical, vamos, haciendo el pino, y quedó clavado, evidente, en contra de la lógica no se puede ir. El pobre Diógenes parecía un semáforo fuera de control, puesto que cuando quiso volver a su posición natural, no lo consiguió. Empezaron a funcionar las luces de colores que poblaban todos los poros de su cuerpo, desgraciadamente se había olvidado, que por mano tenía un tridente y de dientes afilados, ¡qué lata! Exclamó, menos mal que se encontraba presente su padre y algo haría. Este, volviendo en sí de golpe, sobre todo porque aquellas luces le molestaban cantidad en los ojos, tampoco era de extrañar, después de la cogorza que había pillado, ya me dirás, y a pesar del mal rollo etílico, su padre, en un esfuerzo sobrehumano, lo pudo liberar del apretado apuro. Diógenes estaba contento, era consciente que estuvo a un paso del abismo y que le faltó casi nada para fundir toda su instalación y con ello su existencia, no obstante, había conseguido su objetivo, que su padre dejase a un lado las pesadillas que le asaltaban al recordar la penosa y triste situación de los recuerdos desatados, producto de aquel calamitoso periodo de su vida.

 

La vivienda de Bonifacio, era envidiada por chorizos, maleantes, gentes de mal vivir e indigentes colegas de trabajo. Y no porque fuera mejor que la de ellos, no, pero les andaba entre ceja y ceja, lo que en ella se guardaría, sospechaban que el Boni, algún secreto inconfesable debía de tener, era una persona reservada y muy poco comunicativa, eso sí, legal sí era y por otro lado, conocían sus habilidades, cierto que él nunca hablaba de estas cosas, pero trascienden, no se sabe como, pero trascienden.

 

Una noche de verano, alrededor de una hoguera, en la que coincidieron en tertulia varios personajes de ese submundo, entre los que se encontraba el Boni, a uno en concreto, se le dio por comentar, así lo había oído de boca de otro y ese otro del de más allá, que un comercio de juguetería de la capital, cerraba sus puertas por cambio de actividad y claro, se supone que al realizar una limpieza a fondo, mierda a la calle y entre ella, imaginaban que habría muchas cosas que ellos, los indigentes, podrían aprovechar, es sabido que para la mayoría de las personas no tienen valor alguno, pero para nuestro colectivo será superior, razonaba ese concreto de los presentes. Bonifacio era un mar de orejas, escuchaba cabizbajo y se relamía de gusto anticipado e interiormente, sólo de pensar en lo que podría conseguir y reunir, deseaba que ya fuera noche para ir a echar un vistazo y a buen seguro que algo encontraría, él se las apañaría.

 

La triste realidad se asomaba a lo que se puede definir, como una mentira piadosa. Entre todos aquellos malvados, ruines y procaces, habían urdido un plan y justamente dejaron caer lo del comercio en presencia del Boni, para jugarle una mala pasada y tenerle entretenido alejado de su casa. Cierto es, que él, a estas alturas del relato, no sospechaba lo más mínimo, ni le dio mayor importancia, al hecho en sí, que en aquella noche hurgando y rebuscando en los contenedores del entorno de la tienda de juguetes, no anduviese nadie dándole el coñazo o que alguno de sus colegas, como de costumbre, pululasen por las inmediaciones llevándole cuenta de lo que guarda y de lo que no, pero el egoísmo y la avaricia no le dejaban ver más allá de sus fosas nasales, ni con la con claridad suficiente, eran tan intensas esas sensaciones que pensó y se dijo a sí mismo, ¡mejor! Me llevaré más cosas y no las compartiré con nadie a excepción de mí hijo y de las estanterías (o lo que fuesen)

 

Pero ¡ay! En otro lugar de la ciudad, en el extrarradio, en un poblado marginal, se empezaba a desarrollar la tragedia, los otros, los conspiradores-afanadores, tratarían de saciar su curiosidad malsana y de paso, como no, se aprovecharían para cambiar de sitio y poner a buen recaudo todo aquello que encontrasen de valor en la vivienda del Boni, en eso consistía el maquiavélico plan.

 

Bonifacio, cuando se cansó de mirar, buscar y rastrear, tomó sus bártulos en forma de sacos terreros, los colocó en el carrito de mano, dio por terminada su tarea y a pasos cansinos decidió e inicio el largo camino de retorno a casa.

 

En tanto él se dedicaba con denuedo a la intensa búsqueda en los polveros y contenedores, alguien, los otros, se preparaban para el asalto a la propiedad ajena. Se presentaron bien pasada la medianoche, lo habían planeado con nocturnidad, alevosía, premeditación, pero no con cachondeo. Como primera medida, trataron de abrir la puerta con cierta delicadeza y a poder ser sin hacer ruido, empujaron, la condenada no cedía, acaso lo que no habían calculado era tanta resistencia de ciertos mecanismos interiores y pasaron a la acción, la forzaron empleando unas barras de hierro y lo consiguieron no sin esfuerzo, no había luz, pero entraron. Diógenes que dormía plácidamente en la estantería (o lo que fuese) aunque esta vez con pilas incluidas, abrió los ojos sobresaltado, aquellos o aquel que entraba en la casa, no era su padre ni cosa que se le parecieran ¡qué despierto! A su manera de ver, se estaba produciendo, lo que él modestamente entendía por allanamiento de morada. Lo había aprendido de los libros que su padre le leía, al tiempo y por el mismo motivo, le vino a la memoria, como una luz en medio de las tinieblas, el nombre del personaje central de una fábula, saltó de la estantería con la sana intención de aterrizar en la conocida mesa de madera y lo consiguió, entonces, desde lugar tan privilegiado puso en marcha su plan, desarrollando toda la estrategia. Colocándose frente por frente a los intrusos y con voz de ultratumba gritó ¡soy Alí Babá! ¿Y vosotros cuantos ladrones sois y que queréis? Al tiempo que gritaba esas palabras, los ojos, el de cristal, pero sobre todo el de la canica, lanzaban unos destellos de luz que parecía la sesión de fuegos de artificio en la noche de San Juan. Los personajes en cuestión, en buen número, aunque no llegaban a 40, se quedaron paralizados y alucinados de terror, el miedo escénico había hecho acto de presencia y no daban crédito a lo que sus ojos, los de todos, presenciaban, por algo pensaban y comentaban entre ellos que el Boni no era trigo limpio, ¡luces que hablaban! ¡Pero esto que es! En cuanto sé recuperaron del susto, medianamente, porque de éstas cosas uno no se recupera fácilmente, salieron al trote, sabe Dios en que dirección y todavía hoy no encuentran una explicación lógica, de cómo pudieron salir indemnes de allí y además con vida. Era tal la velocidad y la prisa, pero mucho más el pánico, que no pararon de correr hasta el límite de la provincia, en donde actualmente residen.

 

Después de esa noche, el Boni, que ya era respetado por la mayoría de sus colegas, desde tal episodio, lo fue un poco más, entró por su propia cabeza, en los anales de la historia de la indigencia, en forma de leyenda con honores de mito y su fama, traspasó los límites de las ciudades hasta los confines de la tierra.

 

Pero volvamos la vista atrás. Lo del comercio, ya quedó claro, resultó un fiasco, sí que había restos, un cuerpo por aquí otro por acullá, miembros desparramados por doquier, brazos, piernas e incluso cabezas de muñecos/as y alguna víscera que otra fuera de todo control, un hígado, un corazón partío, un riñón o dos, en fin, pero no en la medida que Boni esperaba. Resignado se dirigió a su morada con el pensamiento y la idea fija, que de alguna manera se la habían jugado. Al llegar a la puerta, apenas le quedaban dudas sobre su pensamiento e idea, había sido victima de un plan maquiavélico urdido a sus espaldas y con todas las bendiciones. Pues sí, era evidente que se la habían jugado y bien además. Algo olía a podrido. Encendió la lámpara de butano y ¡desastre! En el suelo, postrado, se encontraba Diógenes, medio quemado, la cara hecha unos zorros, aunque el fuego no había conseguido borrar el esbozo de sonrisa metálica que afloraba en sus labios, los ojos fuera de sus órbitas, sin pilas, agotadas y eso que eran alcalinas, sin cables, el tridente sabe Dios donde, la única pieza que se mantenía en pie y por su base, era el zapato de Muñeco Payaso de Circo.

 

¡Hijo mío! ¿Qué ha pasado? ¡Háblame, soy yo, tu padre! Cuéntame sí puedes hablar, ¿Quién es el responsable o responsables de todo este ladronicio?

 

Diógenes, luego del inmenso rife rafe que mantuvo con los intrusos, en pos y defensa de la privacidad y propiedades de su padre, cayó inerte en el frío y duro suelo, postrado y casi sin aliento, se debatía entre la adversidad y la muerte, se daba perfecta cuenta que la vida le escapaba y no podía hacer nada por detenerla, entonces comprendió que era inútil seguir luchando y optó por permanecer quieto y sin moverse, ahorrar fuerzas para mantener el escaso halo de vida que le quedaba y así esperar la llegada de su padre. Diógenes, a pesar de las acusadas diferencias que le separaban del ser humano, no era tan distinto y como cualquier persona en trance semejante, sentía el deseo de satisfacer y cumplir el anhelo más grande de su existencia, confesarle y decirle a su padre, desde lo más profundo de sus mecanismos ¡papá te quiero! Sabía que a su progenitor le gustaría. Desgraciadamente no lo consiguió.

 

Silencio sepulcral. El lado más humano del Boni, hacía acto de presencia en forma de lágrimas, él, que se consideraba un hombre fuerte, cabal y curtido en mil batallas, lloraba. En el suelo, sin vida, se encontraba el último compañero de su triste y mísera existencia de aquellos últimos años y que él, el llamado y conocido por Bonifacio, El Francés, Boni o Facio o SsNifa, le había dado algo así como vida ¿y para qué? La situación era clara e injusta a todas luces, la maldad y la envidia de las gentes había quedado patente, él no tuvo descendientes, pero aquel que allí yacía, era, había sido su hijo, cierto que no se puede decir que fuese perfecto, y en su mente una reflexión ¿y quién tiene esa cualidad en el mundo de hoy, sobre todo, a los ojos de los demás?

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Labañou: Una historia sin nombre (Parte V)

Autor: José Luis Patiño


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