Labañou: Una historia sin nombre. (Parte II)
UNA HISTOTIA SIN NOMBRE
Parte II
Y tomo una decisión, me voy a Francia, a un pueblo de las afueras de Paris, como último componente de una pequeña pandilla, afín a la esfera de correrías nocturnas dentro de la localidad que abandono. Ellos ya habían dado el paso decisivo en la emigración y en ese país, residían hacía un año aproximadamente y yo, muy ufano y cargado de buenas intenciones e ideas, marchaba al encuentro como operario a la industria del automóvil, a una factoría de gran renombre. Me imaginaba apretando tornillos en la gran cadena de montaje, sí y es verdad, ese pensamiento me hacía casi feliz, al menos durante la cantidad de horas que me pasé en el tren, un viaje camino de la realización de mis ansias. La realidad fue crudamente distinta. Cierto que pertenecía a una gran marca de coches que invadían parcialmente el país francés y parte de la Europa Occidental, pero no es menos verdad que el trabajo, eso sí de mantenimiento, no fue el esperado. Como en la mili, lo primero una escoba y a barrer todo lo habido y por haber, talleres, pasillos, naves, y lo que se pusiera por delante, bueno, más de lo que se pusiera, lo que te ponían, inflexibles los franceses y prepotentes. Lo único que saqué en claro fue el idioma, me gustaba el francés y llegué a dominarlo. Este trabajo me duró, bueno lo que contemplaba el contrato y no todo, faltaban un par de meses para un año cuando me dieron la cuenta, salí por la puerta grande, en amor y compañía de dos colegas.
Los españoles, al menos en el extranjero, estamos mal aprovechados y cuando menos, poco valorados. Somos capaces, como los chinos, de copiar cosas a la perfección y llevarlas a cabo para que funcionen. Como ejemplo, en mí actividad de barrendero, recorría de punta a cabo la factoría como ya quedó dicho, yo centraba mis esfuerzos en los pasillos, en los que cada equis metros había instalada una maquina expendedora de productos de lo más variopinto, bebidas calientes o frías, de bocadillos, de frutos secos y dulces, como caramelos, bombones, galletas, patatas fritas, etc. que funcionaban con la introducción de monedas, en fin y dado que la oscura pero importante labor que realizaba, se desarrollaba en gran medida por este entorno, me encontraba frecuentemente con el funcionario que las atendía, reponía artículos y se llevaba, obviamente, la recaudación. Cuando este personaje aparecía, la lógica decía que el de la limpieza debía de estar cerca, por aquello de que al abrir las puertas de las maquinas, siempre se desprende restos de líquidos o átomos de porquería y allí aparecíamos la fregona y yo, en intensa colaboración. Mí atención particular iba en pos de los engranajes mecánicos de la máquina y el recorrido que efectuaba la moneda introducida, hasta llegar al dispositivo clave en el que caía y que de modo instantáneo y sorprendente, te otorgaba el producto elegido. Y se lo comenté a Paco, éste era mí mejor amigo dentro de aquel engranaje empresarial, aunque con un año más de antigüedad en el empleo de limpia-limpia, barre-barre. Él tenía la misma fijación, o sea que se conocía los mecanismos de las dichosas máquinas al dedillo igual que yo, pero como dije anteriormente, con un año más de antigüedad. Bueno, pues ya éramos dos. Con la ayuda mutua, concebimos y amañamos un artilugio metálico en doble versión, que introducido por el canal que recorría la moneda, nos hacíamos con el producto que deseábamos ingerir y no hace falta que mencione la palabra gratis, ésta era la primera versión, la segunda, a mí modo de ver, la más suculenta, la misma estrategia pero con destino final distinto, es decir, la caja de las monedas y caían que era un primor. Y claro, ante semejante éxito empezamos a recorrer las distintas dependencias, incluso fuera de la jornada laboral, con lo cual se empezaba a rumorear por parte de los encargados franceses, que tanto celo en el trabajo y desinteresado, merecía, como mínimo, el estudio consecuente de una compensación.
Y como no, llegó la compensación. Ante el mismo consumo de productos, menos recaudación, cuestión que llamaba poderosamente la atención, aquí pasa algo, ¡joder que agudos los franceses! Y se inició la caza de brujas y nosotros tan tranquilos y sin sospechar nada. Vivimos y bebimos muy bien durante unos cuantos meses, cierto que el resultado de la caza, no fue, al menos en mi caso, el deseado. Era un clamor. Me pusieron de patitas en la frontera, eso sí a gastos pagados y nunca más volví a Francia, ¡qué se jodan y se acostumbren a vivir sin mí los franceses, ellos se lo pierden! ¿De Paco? No supe nada de él, no sé si hicieron lo mismo o lo dejaron por allí, en cualquier caso, él tenía familia en ese país, llevaban residiendo en él hacía bastantes años. Acaso significar de Paco, que años más tarde me enteré de su fallecimiento a la poca edad de 40 años y yo no estaba con él. Descanse en paz tan buen amigo. El tercer personaje despedido, se perdió en el anonimato de los tiempos.
¿Memoria, como ves tú este desenlace y mi trayectoria?
¿Hace falta que me pronuncie diciendo algún calificativo? ¿No crees que los epítetos que te corresponden se escriben por sí solos? Me llenas de dudas, y no sé sí seré capaz de soportar tanto desatino, desconozco la capacidad de memoria que tengo para asimilar y mantener de por vida tanta incongruencia por ese comportamiento que se acerca más a un quinqui total todo terreno que a una persona de buena voluntad ¡Dios mío! ¿En que cabeza loca fui a caer? Creí que al cambiar de aires, tú también cambiarías, pero hay personas en este mundo que jamás variarán sus hábitos, por lo menos hasta que reciban un escarmiento y paguen por sus hechos, y aún así, dudo que sean capaces de mudar las costumbres, por no decir fechorías. Yo vivía más feliz sin recordar estos episodios, esto me pasa por tener la condición de memoria con el deber obligatorio de ser componente físico del ser humano y estar presente en él, en la persona física que me corresponda y desde que nace hasta que muere, con lo bueno y con lo malo, para el bien y para el mal, en la salud y en la enfermedad, por cierto ¿dónde habré oído yo estas palabras si soy soltera?
Yo también,
¿Tú también qué?
Qué soy soltero.
Soltero si, es verdad, pero también un delincuente de marca mayor provisto de código de barras ¿Y tú conciencia que dice de todo esto?
¿Mi conciencia? Bien gracias, de momento se va acostumbrando y permanece soltera, aunque de vez en cuando me da algún ramalazo puntilloso, pero no pasa de ahí, ya no me insulta, vamos que se comporta y hace causa común con mis intereses.
Bueno, sigo con el retorno forzado a España, que no es tal. Decía en un pasaje anterior que los franceses me pusieron de patitas en la frontera, bien, es algo inexacto, es verdad que me metieron en un tren camino de España con la consigna clara y concisa, a los dos policías que prestaban sus servicios en el expreso, que yo era una persona repatriada, expulsada del país, por tanto debían de extremar precauciones para que esto se consumara. Y se consumó, pero no de la forma que ellos habían previsto. Corría el otoño, estación no muy propicia para hacer turismo, sí acaso señalar de pasada, que cualquier ocasión es buena para visitar Paris. A altas horas de la madrugaba con el tren en plena marcha, me las apañé para abandonarlo, aprovechando un descenso de la velocidad, debido a un contratiempo que no figuraba en el itinerario, eché pie a tierra en compañía de mí escaso equipaje, un pequeño maletín en el que guardaba enseres de aseo personal, así como un par de prendas de ropa interior, era todo lo que poseía. Y me dirigí hacia una carretera paralela a la vía del tren, con la sana intención de retomar la vuelta a París capital, cojeaba ostensiblemente, ya sabes, todo aquel que se baja de un tren en marcha, lo normal es que se tuerza un pie con la consecuencia clara de esguince de tobillo. Otra estupidez en mí vida de pasos mal calculados y no por la cojera ¿qué podía hacer en una ciudad que desconocía totalmente, sin amigos y sin nadie que me pudiera echar una mano? Además, sospecho que, a estas alturas, ya habría sonado la alarma, de los ficheros de la policía extraerían mí nombre y foto, saliendo a la luz como personaje de busca y captura, por ilegal, clandestino y puesto en fuga, con la cual, la posibilidad de trabajar se había esfumado, al menos legalmente, tardaría en caer, pero caería. Por otro lado, a pesar que contaba con algo de dinero, no podría hospedarme en algún sitio, aunque sólo fuera para dormir, sin pasaporte, retenido y en poder de los agentes del tren, no tenía posibilidad de identificarme y alquilar una habitación, cierto que conservaba el carné de trabajador de la empresa de automoción y con él podría intentarlo, pero no es menos real que en 24 horas tendría la policía encima de mí cabeza. La única opción de momento como alternativa nocturna, hacerme pasar por persona de profesión liberal, de condición mendigo e indigente y, con la nueva y recién bautizada y estrenada actividad, a los arcos de uno de los puentes del Sena me dirigí, obviamente de la ruta terrestre, no de la fluvial. En actitud de caminante despreocupado nocturno por el firme del paseo ajardinado, pero con la vista puesta en cada uno de aquellos arcos del puente, superpoblados de gentes, sigo hacía adelante buscando la ocasión propicia, malo será que no encuentre alguno con menos humanos cobijados. Empezaba a perder la habitual compostura, ya qué hasta el momento mí vista no había detectado alguno en el que pudiera pasar la noche y tan sólo me faltaban dos por inspeccionar. Me acompañaba la suerte, en el penúltimo, cosa rara, no vislumbré actividad que pudiese acoger a alguien, parecía vacío, hacia él se encaminaron mis pasos, entré, la visibilidad era nula, y tropecé con unos cartones, me quedé petrificado por lo inesperado de una voz, que parecía salir de lo más profundo de los infiernos, sonó en el aire a modo de recibimiento,
¡Serás indigente, patoso y gilipollas, acomódate sí quieres, pero no molestes!.
Me apoyé en la pared y poco a poco mí cuerpo fue resbalando paralelo al cemento, doblándose en dos, hasta tropezar con el suelo, en el que quedé sentado en forma de cuatro. Ni una palabra más del habitante y por mí parte ninguna. Es obvio decir que no pegué ojo, una por situación y otra porque el frío de la noche se había apoderado enteramente del cuerpo. Con las primeras luces del alba, comenzó cierta actividad allí dentro, el desconocido colega se desperezaba dando inicio a todo un ritual de supervivencia, primero avivó el fuego, a continuación la manipulación de una serie de cacharros ya dispuestos para el desayuno, para seguir como acto final, con las viandas, sólidas y liquidas. Mí situación física en aquella "residencia" era una prolongación de la noche, sentado contra la pared y los ojos fijos, sin pestañear, en la figura de mí vecino. Envuelto en un viejo y raído abrigo, recosido con varios parches en lugares estratégicos, el hombre de estatura media alta, ni gordo ni flaco, de pelo canoso, bueno de greñas como mandan los cánones de la indigencia, de barba grisácea y poblada y en los pies, calzaba unas botas difíciles de definir, al igual que su edad. Hasta aquel momento de plena actividad, no se había dignado en dirigirme una mirada, él a lo suyo, como sí en el mundo no hubiese nadie más que su persona. El aroma cálido y sabroso del café, o algo parecido, me subió hasta la nariz sacudiéndome como una explosión, mí cuerpo se convulsionó de deseo, empezaba a reaccionar ante la suculenta posibilidad de beber un líquido tan apetecible como aquel, sobre todo, después de la dolorosa, fría y poco alentadora noche pasada. Nada podía hacer o decir, esperaba por la buena voluntad del enigmático y desconocido personaje, y para mayor desesperación, la comunicación dialéctica no sé producía. Empezaba a pensar en abandonar la "casa" y acercarme a algún chiringuito a saciar mí apetencia de la mañana, cuando de repente se produjo el milagro,
Ven, acércate a la lumbre, al menos caliéntate un poco.
Y naturalmente que me acerqué. Con pasos titubeantes tomé el camino del ofrecimiento, me senté en las cercanías del fuego, pero a una distancia prudencial del anfitrión, no quería pasarme, ni por defecto ni por exceso.
¡Gracias! Dije
No eres de muchas palabras, o quizás tengas miedo de mí persona, para tú tranquilidad te diré que no me como a nadie, claro que los inquilinos-vecinos de los otros arcos no dicen, ni piensan lo mismo y cualquiera, como en tu caso, en acto de extrema reflexión, pudiera preguntarse, ¿por qué los otros sitios están atestados y en este reside un solo personaje? Me gustaría conocer tú opinión.
¿Qué quiere que opine? No le conozco, por lo tanto no puedo opinar, no me gusta emitir juicios de valor sobre alguien o algo que desconozco. No tiene sentido alguno hablar por hablar o en su caso, por quedar bien.
No es mala respuesta, no sé en otras cosas, pero ésta la veo como una salida con estilo y sentido diplomático. Sírvete un café, lo estás deseando, por mí parte me tomaré un trago de este vino tinto que es un manjar de dioses, ¿gustas, te apetece un trago? Ya, lo tuyo es como lo de los señoritos, café, no voy a poner en tela de juicio las excelencias y valores que reúne para el paladar ese líquido, pero donde esté un buen vino...
Es que es muy temprano para empezar a darle al codo,
¿Temprano? Según se mire. Bueno y que hace un tío como tú por estos lares ¿cómo te llamas? No sé, pero me da que lo tuyo no es precisamente un puente para vivir, no tienes, al menos aparentemente, pinta de "necesitar" este cobijo, no reúnes los requisitos y careces del carisma suficiente para ser un indigente en toda regla.
Ciertamente, no lo soy, pero la vida es así, un mal momento lo tiene cualquiera y a mí me tocó ésta noche y quien sabe, a lo mejor más de una y me llamo Pedro.
Encantado Pedro, pero ante esa contestación, tengo que hacer un matiz, lo de pasar un mal momento lo entiendo perfectamente, nadie está libre de nada, lo de una noche también, aunque lo de prolongar tu estancia por aquí, sí es en mis posesiones, no lo veo yo como muy factible, soy un ser solitario e individual, no me gustan las compañías, tanto conocidas como desconocidas, por lo tanto tendrás que buscarte la vida en otro lado ¿lo vas entendiendo?
Bastante claro lo deja Vd. no obstante, me gustaría pedirle que me permita estar aquí en tanto en cuanto no encuentre acomodo en otro lugar, hoy me dedicaré a ello y sí no es mucha la molestia y accede a la petición, dejaré en su confianza mis escasas pertenencias, hasta el momento en que pueda mudarme de domicilio.
Sea, no voy a ser tan riguroso con un novato, mejor diré aprendiz, en estos menesteres. Sin embargo, voy a permitirme hacerte una sugerencia, que no un consejo, en la cual encaja perfectamente la palabra huída, es decir, que la mitad de la situación se resolvería sí regresaras al lugar del que procedes, que, obviamente, desconozco, ni me importa, pero es evidente que no encajas en este ambiente y me da que no tienes motivos suficientes, ni justificados, para estar en él.
Una última pregunta, eres español, eso se ve a las leguas pero ¿de qué localidad?
Pues casi del norte, aunque la localidad, permítame que me la reserve, no viene al caso, y pregunta por pregunta ¿Vd. de donde procede?
Yo soy un ciudadano el mundo, ni de aquí ni de allá, pero oriundo de España, de toda España y de cualquier localidad que se te ocurra, de ahí justamente soy yo. En cuanto a la tuya a pesar de tú reserva, ya te tengo calado, eres gallego.
Y eso que sentido tiene para Vd. ¿positivo o negativo?
De momento, positivo.
Pues entonces, por lo que respecta a ésta cuestión, no hay nada más que hablar, para mí también es positivo y muy real.
Salí en dirección a la calle transitando de manera tranquila por aquel paseo. Con el intercambio de frases en pos de la procedencia de cada uno y la sugerencia-consejo sobre la conveniencia de abandonar aquel ambiente, mí colega nocturno zanjó la conversación de forma radical y sin darme tiempo a más preguntas, salió de forma precipitada de "nuestra" morada dejándome con la boca abierta en el más impune de los silencios y en consecuencia, con el desconocimiento absoluto de la estrategia que seguiría él a lo largo del día. Por mí parte me dediqué a deambular de un sitio para otro, sin perder ocularmente la referencia del puente, no conocía la ciudad y aunque era muy apetecible de contemplar todo lo que encontraba a la vista, no le pude sacar el partido que quisiera, debido al miedo y a la preocupación por mantener esa referencia que me permitiera regresar sin contratiempo alguno al punto de partida. No estuvo mal el paseo, sobre todo la visita exterior al museo de Louvre y algún monumento más, y sin llegar a ella, a lo lejos, en el horizonte, la Torre Eiffel, aunque según iban pasando las horas, algo me ensombrecía el cerebro. Y no era otra cosa que el recibimiento que me dispensaría el "amigo". Había sido claro y conciso. No me quedaba más salida que la de buscarme otro domicilio en donde pernoctar, él no me quería allí y no porque yo no reuniera el perfil apropiado de mendigo o indigente, el problema radicaba en su situación personal, lo había dicho muy claro, solitario e individual. No quería ni necesitaba compañía, aunque en mí voluntad estaba el insistir soterradamente en quedarme, otro tema sería el conseguirlo. A la caída de la tarde hice la entrada en el hogar compartido, él ya se encontraba allí, fumaba, sentado cómodamente en una silla de camping, las piernas estiradas y al parecer, tranquilo y reposado. A pesar del saludo, sus ojos continuaron fijos mirando hacia la nada, ni siquiera un pestañeo de señal inequívoca que había detectado mí presencia.
Opté por sentarme sin hacer ruido, en el más sepulcral de los silencios, en espera de acontecimientos, naturalmente, los que él quisiera desarrollar. Nada, silencio absoluto. Mis ojos empezaron a recorrer de un lado para otro, la extensión del habitáculo así como los enseres y mobiliario allí reunidos, caí en la cuenta que había pasado la noche anterior en aquel antro y todavía no conocía, ni de vista, las interioridades, un sofá de regulares dimensiones, bastante raído por cierto, pero cómodo, lo había probado durante unos minutos en la noche inaugural, aprovechando que el anfitrión dormía a pierna suelta, una especie de nevera medio desvencijada, una lámpara de butano colgada del techo, un colchón pegado al suelo en el que dormía el amigo y unas mantas encima, un mueble de madera tipo aparador, una cocina de butano, un par de sillas de camping, una de ellas ocupada y en el medio de todo, a ras de suelo, un trípode de hierro, del que pendía algo parecido a una olla, que en su conjunto el anfitrión utilizaba para cocinar o al menos había sido el lugar y enseres con los que había hecho el café de la mañana y empleado como estufa en la noche. Además de todo esto, el entorno reunía una serie de paquetes y bolsas de plástico que, por su tamaño, debían de contener las historia viva del correr de los años de mí "protector", así como una serie de artilugios de diversas clases, juguetes, lámparas, hierros, etc. colocados en una especie de estantería adosada a la pared. Todo aquello parecía tener vida para la eternidad, a la vista no daba la impresión de gozar de una situación temporal, sino de todo lo contrario, de un asentamiento fijo y continuo y esto me llamaba poderosamente la atención, abriéndose un interrogante en mí cerebro, puesto que no podía olvidar que se trataba de un habitáculo, componente del paisaje turístico frecuentado por cientos de personas ajenas al ambiente que se desarrollaba en el interior.
¿Que tal Pedro? Bienvenido. Te veo muy pensativo, ¿acaso ya has resuelto tú problema de cambio de aires y domicilio?
Bueno, todavía no, pero estoy camino de ello.
Me alegro, pero no es estar en el camino, tienes que encontrarlo, por cierto tuviste todo el día para hacerte una idea, si buscaras con empeño, mí pronostico es que lo encontrarías, Paris como sabes es muy grande y ofrece múltiples posibilidades en este campo.
Ya, aunque pienso que debe disculparme en ese sentido, no conozco la ciudad, y mucho menos, los bajos fondos y entresijos de la indigencia, motivos más que suficientes, para pedirle una prorroga y un poco más de paciencia conmigo.
Quizá, pero es que yo la pierdo con facilidad, me refiero a la paciencia. No obstante, atendiendo a tu llamada sobre el desconocimiento, con la atenuante de ser extranjero y nuevo en el gremio, transigiré en tu petición, pasarás otra noche más en mí compañía. ¡Buenas noches!
¡Buenas noches! Y sin el más modesto alimento que llevarme a la boca a modo de cena, me acosté con la noble intención de dormir.
Habían transcurrido 7 días desde ésta última conversación y yo continuaba acostado en el sofá-cama, postrado e inválido, al parecer a consecuencia de una gripe con alta fiebre que me llevó a delirar, hablando en ciertos momentos de cosas que no tenían ni pies ni cabeza, según el decir de mí cuidador, que no fue otro que el mendigo-indigente-solitario y que, a pesar de sus deseos encontrados, yo seguía habitando en lo que él consideraba su morada.
Sabes amigo, cada persona es un mundo, de ser cierto todo lo que echaste por esa boca en las noches de enfermedad, y digo noches, porque de día te dejaba tirado en tu soledad y no por falta de humanidad y solidaridad, sino que tengo que buscarme la vida para seguir subsistiendo, cierto que por escasas horas, pero de día, al menos cuando yo estaba de cuerpo presente, sin una explicación lógica, no parloteabas, tan sólo en las noches me dabas el coñazo y digo que, de ser verdad eso que decías, estoy delante de todo un personaje, no digo de bien o de mal, aunque sí, de un personaje peculiar. ¿Qué habrá de verdad en todo eso?
Pues no lo sé. Todo depende de lo que haya dicho, por supuesto yo no me acuerdo. Quizá el secreto consista en que fueran delirios de grandeza.
Y pasó a relatarme, a grandes rasgos, lo que le había confiado en el desatino febril, con la cual las evidencias no eran tales, sino las realidades de una vida llena de continuos vaivenes incongruentes y de pasos negros mal calculados. Casi todo era verdad, a excepción de un par de cosas, el resto lo podía firmar con la tranquilidad que te da el saber que se trata de una confesión voluntaria, pero verdadera.
Enfrascados en la conversación, se desencadenó una atracción entre lo dos de confianza mutua. Yo fui completando los pasajes en blanco de aquello que no había quedado claro en las noches de conferencia delirante y él me contó una parte de su vida, esto es una suposición subjetiva, porque creo que su existencia va más allá de lo relatado y con el convencimiento propio que no es la persona que aparenta ser. La consideración va más lejos de la simpatía que le pueda tener por los esfuerzos y cuidados que me dedicó, entiendo que es una persona de formación cultural elevada, no sé sí adquirida en las aulas de cualquier facultad y carrera o simplemente en la universidad de la vida, con una gran capacidad intelectual y no tan malo como él pregona. En cualquier caso, señalar que la estancia en su compañía, se prolongó en apenas un mes más. Decidí hacerle caso y seguir su sugerencia.
Al cabo de ese tiempo, ya recuperado del todo, me presenté en la comisaría de policía más cercana a reclamar el pasaporte, acompañado del amigo Bonifacio, al fin había conocido su nombre, él se quedó en la puerta, no había peligro, de antemano conocía el desenlace. Nada más entrar y mostrar el carné de trabajador al policía que estaba detrás del mostrador, fui atendido de inmediato. El paso siguiente, las huellas digitales y a la vez, detenido y depositado en una celda en espera de una resolución, que fue, ni más ni menos, la expulsión del país, pero esta vez acompañado de un policía de paisano hasta la frontera con España con el titulo póstumo de, emigrante retornado y sin la posibilidad de volver a la Francia libre.
Ya ves memoria, aquí acaba el relato de mí paso por el extranjero, como trabajador emigrante, frustrado y sin dinero, sí ya sé que por una mala cabeza, pero también con la enorme satisfacción de haber conocido a un personaje como Bonifacio.
Hombre, a pesar de los pesares, pienso que fue una experiencia enriquecedora y a la vez, coincido contigo en lo del personaje, me queda la intriga de no conocer algo más de él, no debe ser tan mala persona como dice, cuando te atendió día y noche, durante tu proceso gripal, preocupándose y prodigándote los cuidados necesarios hasta la total recuperación, ¿no podrías contarme cosas y ampliarme los conocimientos sobre la base de lo que te contó a ti?
Quizá lo haga, sí, pero en otro momento, para tú buen gobierno y espacio, te informo, que tengo una historia escrita sobre él y sus circunstancias, con una advertencia clara a tener en cuenta, lo que yo describo en ese relato es de ficción, aunque también es cierto, que en él hay un mucho de verdad, algo de mentira y supuestas situaciones fruto de la imaginación, basadas como es natural, en los entresijos y monosílabos de nuestras conversaciones. En cualquier caso, se trata de una historia, entre comedia y drama, de tintes y caracteres, en cierto modo, subjetivos.
Me gustaría oírla.
No te preocupes, la oirás, pero todo a su tiempo.
Bueno, ya estaba en España, sentado en una silla de la sala de espera de la comisaría de policía de la frontera, había dejado el territorio francés por el español, tan sólo faltaba que las autoridades me dieran vía libre para proseguir el viaje. En éste compás de espera, sin saber muy bien por qué, mis pensamientos iban en busca de Bonifacio y en concreto a la recomendación de cambiar de aires, aunque un poco más lejos, ¿por qué no cambiar los hábitos de toda una vida? En un acto de contrición de arrepentimiento silencioso, me hice a mí mismo un propósito de enmienda. Quería cambiar, estaba por el cambio, lo deseaba, me mentalizaba y pedía a Dios que me ayudara a conseguirlo, no sé sí con mucha o poca fe. El caso es, que no sin antes leerme bien la cartilla por parte de los policías fronterizos, fui autorizado a proseguir el viaje, previa declaración jurada del itinerario a seguir y un final de recorrido, con domicilio en... Madrid.
¿Por qué ésta ciudad? Menos la mía, cualquiera es buena para iniciar el proceso de enmienda que me había propuesto y escogí ésta porque entendí que dado su talante de gran ciudad, esperaba tener más oportunidades para buscarme la vida de manera más o menos honrada, aunque ciertamente no me faltarían dificultades. Lo primero y básico, buscarme una habitación en cualquier pensión de no mucha categoría, barata, céntrica y limpia, no pedía más. Segundo, sin agobiarme, dedicar un tiempo a conocer un algo la ciudad y los medios de transporte y tercero y esencial, encontrar un trabajo o sea, como un paisano mío, el cual me viene en este instante a la memoria y al que conocí años más tarde, en el tren, con motivo de un viaje de regreso a nuestra tierra, que en un momento determinado de su vida inició el ciclo de la emigración, saliendo de su pueblo camino de Alemania y que se quedó en Madrid-Vallecas, como zapatero remendón en un nuevo territorio sin civilizar en aquel entonces, llamado y conocido hasta los días de hoy como "El Pozo del Tío Raimundo".
El desconocimiento de la ciudad era total. Salí de la estación sobre las once la noche y sin saber a santo de qué, ni que camino tomar, me metí en un taxi acompañado de mí inseparable maletín en el que guardaba mis escasas pertenencias, una dirección, la Puerta del Sol, pagué la carrera y me bajé del vehículo con cara de despiste total. La primera visión que recuerdo, el famoso reloj de las campanadas, a este sí le conocía, pero tan solo de vista... y de oído, la segunda, un oso y el madroño y la tercera, una calle a la derecha y el encuentro con un sereno, todavía pervivía tan añorado oficio, aunque por poco tiempo. Este encuentro fue determinante para encontrar el alojamiento de las características que la situación requería. Ya estaba instalado, sin embargo, en aquella primera noche no dormí bien, pero al menos la habitación se adaptaba plenamente a mis deseos y la situación geográfica de la pensión, inmejorable. A la mañana siguiente, prioridad absoluta, me presento en la conserjería al objeto de pagar el servicio de la noche y además regularizar la estancia, en principio, por un espacio de 30 días.
Sin apenas darme cuenta, el tiempo fue pasando de un calendario a otro. Habían transcurrido cinco años de mí llegada a la ciudad, en la que me sucedió de todo, aunque lo más destacado es el efecto de enmienda, que al parecer, funcionaba, a veces, con esto no quiero decir que no hubiese hecho alguna que otra cosa considerada anormal, la necesidad, en ocasiones, te lleva a resolver las situaciones por la vía rápida y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Se trataba de subsistir, ni más ni menos. Trabajé de todo, oficios mil, camarero, pintor, albañil, dependiente de droguería, limpia cristales, almacenero, repartidor de mercancías, de embalajes, de bebidas, carbonero, en el rodaje de películas, en el ámbito de la moda y durante unos meses, hasta de ordenanza en una entidad bancaria, un sin fin de actividades, pero nunca conseguí un trabajo estable, incluso por una buena temporada lejos de Madrid, para volver a la capital semiderrotado. A veces no me iba muy bien y otras demasiado mal, en éstas últimas, incluso, estuve muy cerca de quedar anclado en la mala vida.
Atravesaba una temporada de suerte adversa y por mucho que me esforzaba no era capaz de enderezarla y tenía que comer. Madrid en esa época era un caos derivado de lo político, no quiero entrar en este terreno, pero en ciertos ámbitos y círculos se desconfiaba hasta del amigo, se había puesto muy difícil encontrar trabajo para aquellos que como yo, no tenían domicilio fijo en la ciudad, nadie se arriesgaba a contratar una persona que vivía en una pensión y sin referencias. Pero a veces, sin proponértelo, la casuística juega en tu favor, aunque esa situación surgida pueda ser reprobable. Sucedió a consecuencia de la infatigable búsqueda de trabajo. Un buen día, con la pagina de anuncios por palabras-ofertas de empleo de un periódico en mis manos, me dirigí a una plaza en la que había instaladas varias cabinas telefónicas, el teléfono era el medio más directo y descansado, para intentar conseguir una entrevista del trabajo ofertado. Introduje la moneda en el dispositivo y la sorpresa mayúscula cuando de repente empezaron a caer monedas del cajetín que las guardaba. Palabra de honor que no había hecho nada para que esto sucediera. Entre nervioso y cargado de temor, en el interior de aquella cabina de cristales nada opacos para una cierta intimidad, con una mano en el auricular y la otra en plan recogedor, fui metiendo disimuladamente en el bolsillo y sin marcar ningún número de teléfono, todas aquellas monedas de una y de cinco pesetas, las menos, que salían al exterior de forma voluntaria. Camino de la pensión y una carga de adrenalina superior a la que podía soportar, recapacitaba sobre este hecho, pero de pronto mí cabeza empezó a funcionar de manera irracional, es decir, con el convencimiento propio de que tan valioso caudal era una inspiración divina que venía en mí ayuda. El problema ¿cómo cambiar tanto metal sin llamar la atención? Ya lo pensaría. Lo cierto es, que en esa carrera de desenfreno por buscar la estabilidad económica, dentro de mí iba tomando cuerpo y forma ese sentimiento amoral de comportamiento, asumido por mi cerebro en plena lucidez y que, tácitamente, le daba el visto bueno como la cosa más natural del mundo, lo que en síntesis se tradujo en un sistema demasiado fácil para conseguir dinero. Y así resultó, ideé un artilugio mecánico, influencia de los tiempos franceses, una especie de ganzúa que se hizo inseparable de la persona, pieza que en la intimidad la denominaba como el tercer brazo, con la que me dediqué a visitar todas las cabinas instaladas y desperdigadas por Madrid. Terminaba exhausto de tanto andar y cargado de alteración nerviosa, pero recompensado económicamente al final de cada jornada. No era un mal sueldo, arriesgado y criticable, sí, pero con la conciencia tranquila, ya que el perjuicio monetario no se lo causaba a un semejante, sino a la CTNE y no creo yo que, con ésta actividad delictiva, pudiera mermar los beneficios estimados por los directivos de la compañía previstos de antemano, en su día.
Durante el tiempo prolongado de desempleo forzoso, empecé a frecuentar ciertos ambientes considerados marginales, me acordaba en demasía de Bonifacio y dado que la situación económica no me daba para más, entablé en ese campo, cierta amistad con un par de mendigos afines a la causa, en poco nos diferenciábamos unos de otro, salvo en la vestimenta que yo cuidaba por situación, en el resto íbamos parejos, no le hacían escrúpulos a casi nada, con tal de ganar una peseta se prestaban a realizar cualquier clase de trabajo. A uno de ellos, al que yo consideré como más honrado y que reunía cierta dosis de confianza para mis intereses, luego de darle vueltas y vueltas para ver la reacción del susodicho, le propuse un trato,
Verás amigo, no me voy a andar con rodeos e iré directo al grano, entre tú y yo creo que sobra la diplomacia, el asunto es el siguiente. Tengo cierta dificultad para cambiar un montón de calderilla, pesetas rubias a billetes y creo que tú eres la persona idónea para prestarme la ayuda necesaria, no sé sí estarás dispuesto a hacerme este favor, recompensado naturalmente. Té aclaro que todo esto, es producto de mis tiempos de camarero, de las propinas, las tenía guardadas para una eventualidad.
¿Sí, y en que consiste? Porque te anticipo con total transparencia, que yo siempre estoy dispuesto a hacer lo que sea, con dos excepciones a saber y a tener en cuenta, pegar o matar, salvo eso, me da igual una cosa que otra, o sea que desembucha y no me cuentes historias del más allá, no me importa para nada la procedencia de tanto metal, de convenirme haré lo que me propongas.
Bien, vista tú disposición iré directamente al grano del asunto, todos los días, te traeré una cantidad de metal y tú tan sólo tendrás que ir a un banco y cambiarlas, tratarás de no llamar la atención, bueno un poco sí, dado tu aspecto, quiero decir que nadie desconfiará por la cantidad de rubias que llevas, pensarán y con razón, que son producto de la mendicidad. Al salir del banco, yo te esperaré en las inmediaciones y me reembolsarás la tela, ¿de acuerdo? Un matiz más, tan sólo para aclarar que cada día utilizaremos una entidad bancaria distinta.
De acuerdo, pero sólo en principio, ¿cuánto me toca a mí?
El cinco por ciento de lo cambiado.
No hay acuerdo, quiero el diez.
Hecho. El diez, creo que es justo. Mañana a las 9 en este mismo sitio nos encontraremos para empezar el trabajo.
Con los billetes en el maletín de la pensión y la ganzúa mecánica camuflada entre mí vestimenta, cada mañana, después de las "operaciones bancarias", me dedicaba, hasta bien entrada la noche, a recorrer las cabinas, hoy en un distrito mañana en otro, aunque siempre opuestos entre sí, sí afanaba hacia el norte, al día siguiente en el sur y así sucesivamente jornada tras jornada. Pero no hay felicidad que cien años dure. Era un desenlace esperado, ante ésta ola de robos, la compañía responsable de telefonía no sé iba a quedar impasible y lo inmediato, poner en conocimiento de las autoridades policiales la correspondiente sospecha sobre lo que ellos consideraban una "anomalía" sin precedentes, dada la baja recaudación de un buen número de cabinas de la ciudad. Y la prensa se hizo eco de tan sospechosa práctica de manera anticipada. Esta llamada de atención, me puso en alerta y me libró de ser descubierto, en principio, porque las pesquisas continuaban. Y otra vez al paro y no sólo yo, mí amigo el mendigo sufrió los rigores injustos de ésta medida y a decir de él, bien que lo sentía. No cabe ninguna duda que el negocio fue de lo más fructífero, por una buena temporada, salvo que me dedicara al derroche, tenía arreglados mis problemas más perentorios y necesarios. Por precaución dejé de acudir a la cita con mis dos compinches, a mí "fiel colaborador" le dije el por qué, bueno más o menos, no le causó extrañeza de ningún tipo, ni manifestó nada en particular, simplemente dijo, no se de que me hablas, pero comparto tu postura, aunque para no saber nada, semejante contestación significaba para mí algo más que eso. Reseñar de pasada que jamás me descubrieron.
La primavera había entrado con fuerza. Yo trataba de olvidar la profesión de ratero frustrado, paseando de aquí para allá. Todo era color y calor, apetecía salir y darse un paseo perdido entre la gente de la calle, un bullicio constante que animaba a ir de un lado a otro. Y en esta época conocí a Rebeca. No me podía permitir ningún dispendio, pero en aquella mañana en una hora cercana al mediodía, el calor era sofocante, entré en una cafetería, me senté en un taburete al pie de la barra, sin mirar para ningún lado, tan sólo al camarero que me servía la consumición pedida, agua mineral sin gas, fría. Luego del primer sorbo, mí vista empezó a pasar revista al entrono, no había mucha gente y la barra casi vacía, pero es curioso, a mí lado, en los taburetes contiguos, dos mujeres, digo curioso, porque estando la barra vacía y justo me fui a sentar, inconscientemente, al lado de aquellas dos personas. La más cercana, morena, de pelo negro, fumaba, sus ojos recorrían ensimismados las formas que trazaban las volutas de humo que salían de su boca, y que en su revolotear ascendente tomaban el camino del techo del local, impulsadas por la corriente de frío que desprendía el aparato del aire acondicionado. La otra, rubia, leía el periódico o al menos daba esa impresión, sus manos sujetaban las hojas de un diario. En un momento determinado dejó el periódico, lo dobló en dos y lo apoyó encima de la barra, deduje que había terminado la lectura.
Estiré el brazo, más que la manga, con intención de hacerme con aquel ejemplar de prensa, pero no lo tenía lo suficientemente largo para alcanzar el objetivo, motivo por el cual, me dirigí verbalmente a la rubia,
Perdona, ¿me puedes pasar el periódico, por favor?
¿Y por qué te lo voy a pasar?
Mujer, digo yo que será para leerlo y enterarme de que va el mundo en ésta mañana de primavera.
Ya, pero da la casualidad que el periódico es mío y no de otro dueño, en cualquier caso no tiene importancia, te lo prestaría, pero es que ya nos marchamos.
Perdona, perdona. No sabía, creí que sería del servicio de cafetería.
Y se pusieron de pie e iniciaron el camino de salida hacia la calle. Sin embargo, antes de rebasar la puerta, la rubia dio media vuelta y se encaró amablemente conmigo,
Toma, te lo regalo, una vez que has leído lo que te interesa, lo único que té queda, es depositarlo en una papelera y en ésta ocasión creo que queda en mejores manos.
Sólo acerté a decir, ¡gracias, muy amable!
Empezaba a estar harto de tanto calor, más que nada por mí caótica situación, una posible solución de tranquilidad sería quedarme postrado en la cama, a la sombra de la habitación, hasta la hora de comer, aunque, ¿donde quedaría la disciplina de levantarse a diario? Continuaba buscando trabajo, pero la verdad, empezaba a pensar que me quedaría ocioso hasta la edad de la jubilación, no era exigente, me daba igual una cosa que otra, pero nada, de momento nada que hacer. Total que seguía caminando todos los días, de mañana confeccionaba mentalmente un itinerario a modo de paseo y venga, el que mueve las piernas, mueve el corazón. De vez en cuando terminaba en la cafetería de marras, me bebía el agua mineral y a otra cosa. En una de éstas jornadas de a pie y de calor sofocante, al entrar y sentarme en el ya conocido taburete de la barra, digo conocido, por lo habitual, reparé en una persona que estaba sentada al lado de "mí asiento", la rubia del periódico, de inmediato pensé en hablarle y agradecerle el detalle que había tenido conmigo. Y lo hice. Decepción, no se acordaba de la fisonomía del individuo que tenía delante, sí del detalle, pero no de la persona. Mí físico no le sonaba de nada, aunque, por educación, creo, siguió la corriente de mis palabras. Agraciada y gentil, hermosa como aquella mañana de primavera, y quizá, de proponérselo, capaz de irradiar tanto calor como la del astro rey, de estatura superior a la normal, para ser mujer, a simple vista cercana al 1,80, estilizada, bien formada y proporcionada en sus formas, de piel suavemente blanca, y una melena rubia que resbalaba por su espalda hasta llegar a la cintura. Dijo llamarse Rebeca y que habitualmente se dejaba caer por la cafetería, ya que trabajaba en un edificio de enfrente, como administrativo en una empresa relacionada con el mundo del espectáculo.
Y así fue como nos conocimos y nos hicimos habituales en nuestra relación con la cafetería, y que empezó con agua mineral, para continuar con un aquí te espero y al final de tú jornada laboral, damos una vuelta. Y la dimos y más de una. Vivía en un polígono de viviendas a las afueras de Madrid, denominados ciudades dormitorios, por lo qué, para llegar a tal lugar, había que tomar el metro y luego un autobús. Aunque había otra opción, el tranvía, que empezaba y terminaba su recorrido en la Plaza de Colón, que en aquel entonces competía, en una relación simbólica y nostálgica, con otros medios de transporte. Nos gustaba el tranvía, quizá por su lentitud, lo que nos daba más tiempo para estar juntos.
Se trataba ni más ni menos de formalizar un noviazgo, ninguna de las partes le propone a la otra ésta situación, simplemente surge y se acepta tácitamente, sin preguntar, con las originales frases de toda la vida ¿quieres ser mí novia? Todo lo más que dices e insistes, en principio, (originales también, que duda cabe) venga mujer, te invito a una copa, sin compromiso ¿quieres salir conmigo y damos una vuelta? Con el paso del tiempo es una consecuencia que se consolida, y sin saber como, un buen día, te coges de la mano o del brazo, aparece el primer beso y ya está, somos novios, te quiero, me quieres y todo eso, que casi todo el mundo sabe, ya que pasó por ello. En situaciones como éstas, es esencial conocer la vida y entresijos de cada uno y Rebeca y yo, no éramos diferentes al resto de los mortales, quizá, demasiado iguales a ese resto,
Pues verás Rebeca, no soy de aquí que soy de allá, mí vida es un cúmulo de circunstancias y vivo en Madrid, como podía vivir en cualquier otro lugar del mundo, llevó por aquí 7 años más o menos y mí vida cotidiana en forma de hogar se desarrolla en una pensión.
Es mucho tiempo viviendo sólo, y supongo, que bastante triste, lo tiene que ser, yo no sé que haría si tuviera que pasarme tanto tiempo alojada en un sitio de esos, creo que sentiría desesperación a diario, vamos como un canario metido dentro de una jaula.
Si quizá, pero uno llega a acostumbrarse a todo, incluso a estar cierto tiempo sin dar golpe.
Sin trabajo, ¿entonces de que vives?
Bueno, si nos referimos a lo que entendemos por un trabajo fijo y estable, no tengo esa suerte, y voy subsistiendo a fuerza de empeño y de lo que cae, un mes en una cosa, otro mes en otra, en fin, hago lo que sea.
Pero así no puedes estar, tienes que pensar en el futuro, buscarte la forma y manera de consolidarte en la vida, además, ahora me tienes a mí, debes de proponerte un afán de superación, marcarte una meta y con ahínco buscarte un trabajo que te permita una manera de vida, ya no digo desahogada, que sería mucho pedir, aunque sí, para cubrir las necesidades básicas de una persona.
Razón tienes, pero e ahí que desconoces totalmente la realidad de este país, perdóname y no lo tomes a mal, pero cuando uno está colocado y acomodado, le gusta su trabajo y no tiene dificultades acuciantes, cree y piensa que lo fácil para los demás, es encontrar un puesto de trabajo adecuado a sus posibilidades y necesidades, y no suele ser así, lo real y tajante es, que no hay dónde trabajar, por un mes o por dos, pudiera ser, pero no para eso que dices tú de futuro y consolidación en la vida. En cualquier caso, sigo en mis trece, con la mentalidad puesta y convencido de que lo voy a encontrar. Mientras tanto, preparo oposiciones y dispuesto a arrimar el hombro en lo que se me presente.
Algo es algo, y al parecer, cargado de actitud positiva, me gusta ¿y las oposiciones, para que son?
Para todo, una mezcolanza, banca, funcionario del estado, correos, funcionario de prisiones, etc. las primeras que convoquen, me presento, ya te hablé de mí disposición a realizar cualquier tarea, por muy engorrosa que ésta sea. No tengo la etiqueta de remilgado.
Nos despedimos a la puerta de su casa, hasta el día siguiente. De vuelta, camino de la pensión, me reprochaba la falsedad de mis contestaciones a Rebeca ¡oposiciones! Pero si no sabes ni por dónde se coge el libro, aunque en tiempos A, hubieses trabajado de administrativo, sigues como siempre, creo que la fiebre delirante de tu gripe francesa hizo estragos en tú mente, té dejó más tocado de lo que estabas y todavía la llevas contigo. ¿Te merece ella eso, tanta mentira y delirio? Es una buena chica, aparte de ser un bombón que no mereces, lo menos que puedes hacer es hablarle con sinceridad, contarle las cosas como son y en que situación estás, ella no pide de ti que seas nada del otro mundo, simplemente ciertas cualidades de comportamiento, humilde, trabajador, cariñoso y que le quieras, pero no, tú con tú película. Sí claro, reúnes cualidades, como todo el mundo, aunque en unos abundan más que en otros, trabajador, dado el caso, sí lo eres, cariñoso, pues también, humilde, ¡no me jodas! La humildad, no la conoces ni por el forro, actúas como un paranoico compulsivo, mentira va mentira viene y lo que es más grave, que sin decirlo con palabras siempre das a entender, que estás en un escalón superior al que te corresponde, nunca en el que te encuentras, y dime ¿que pasó con aquel tan manido y deseado propósito de enmienda?
Pues en espera, la busco a la par que el trabajo.
En la habitación, aquella mañana me vestía parsimoniosamente, preso de la angustia y los nervios, no había dormido casi nada, y los momentos en que cerré los ojos, cargado de pesadillas, ¿tenía conciencia? Así debía de ser, puesto que algo me maltrataba interiormente por mí actitud engañosa con Rebeca. Tenía toda la mañana y parte de la tarde por delante. Sin saber muy bien por qué, empecé a acordarme de un antiguo empleo en una fábrica de cartonajes, en el tiempo que estuve en ella, seis meses, había hecho buenas migas con el encargado, un hombre simpático, bonachón y muy buena persona. En el momento que me dieron el finiquito, le había prometido a este buen hombre que no tardaría en hacerle una visita, hasta hoy, nunca más volví a acordarme de tal compromiso. Tomé el metro y allí me fui, una visita de cortesía que debía de cumplir. Las 11 de la mañana, a la hora que aprovechaban para tomar el bocadillo hice acto de presencia,
¡Hombree, Pedro, benditos los ojos que te ven!
¡Qué tal señor Eladio!
Ha pasado mucho tiempo, déjame que te vea, ¡qué jodido eres! Prometer, prometes, pero es indudable, que no cumples, bueno, al menos de la manera esperada, porque hoy estás aquí de cuerpo presente.
Si, y espero que por muchos años.
Y yo que lo vea ¿no? Y dime, ¿qué tal te ha ido? Supongo que bien y que habrás estado muy ocupado, de otra manera no entendería tanta desidia.
Pues si, esa es la verdad y más que nada ocupado, trabajando quiero decir, aunque como ya viene siendo una constante en mí vida, en estos momentos en el paro, y como tengo tiempo libre, me dije, de hoy no pasa, me voy de inmediato a hacerle una visita al señor Eladio, lo que puedas hacer hoy, no lo dejes para mañana, ya ve, aquí me tiene.
Razón tienes, y vale más tarde que nunca. Remachó el señor Eladio.
Y hablamos de mil cosas, de lo difícil y complicada que es la vida, del Atlético, que lo sufría en sus carnes como forofo incondicional, pobre, cada uno tiene su cruz y bien que lo siento, del mal momento político que atravesaba el país, en fin de cuarenta mil miserias, para llegar al instante final de nuestra conversación, con una puerta abierta a la esperanza.
Bueno Pedro, antes de despedirnos quiero decirte que en mí ánimo está hacerte un ofrecimiento, no sé que opinarás, pero ésta visita te viene como anillo al dedo, no puede ser más oportuna, al menos es lo que yo pienso, en cualquier caso, no creo que tú versión difiera mucho de la mía, dentro de quince días, se jubila el señor Manuel, supongo que te acordarás de él, como sabes yo mando bastante aquí dentro y esa plaza la tenemos que cubrir, y ya que has venido y lo necesitas, té ofrezco la posibilidad de trabajar con nosotros. ¿Qué dices, es una propuesta en firme?
No sabia que decir, ni que hacer, si abrazarlo, besarle en la boca o qué, el caso es que, mí incredulidad era mayúscula, no me acababa de creer que esta situación me pudiera pasar a mí, la reacción pasados unos cuantos segundos fue un ¡SÍ! Tan grande como mí necesidad, por fin tenía algo en que trabajar y sospechaba que, a poca que me portara, por bastante tiempo, protegido y gracias a los buenos oficios del señor Eladio el puesto lo tenía asegurado. Y me tuvo que secar las lágrimas.
Un día 3 de mayo empecé mí nueva singladura en el mundo laboral. Rebeca me esperaba todos los días en la cafetería de marras, que ya comenzaba a meterse en nuestras vidas como parte de la familia, era como la sala de estar, ella finalizaba su trabajo a las 18,30 y yo a las 19,30 horas, pasaba a recogerla y camino a la diversión o al paseo, hasta el momento de acompañarla hasta su domicilio.
Dentro del diálogo que manteníamos a diario Rebeca y yo, como es natural, trazábamos planes de futuro, sobre todo ella, y en las ocasiones que esto sucedía, yo desviaba sus ansias, manifestando la gran ilusión que me envolvía por retornar a mí ciudad, no como parte del futuro, pero sí como convicción de algo que me faltaba. A ella ésta posibilidad no le hacía la más mínima gracia, lo entendía como una evasiva. En momentos puntuales llegué a percibir que sus ojos perdían esa chispa de brillo tan especial en su mirada, para tornarse opacos ante mis reiteradas alusiones sobre la consideración de viajar a la tierra que me vio nacer, se quedaba como alelada y decepcionada, pensando, supongo yo, que en el fondo, no se trataba de una evasiva, sino de una huída en toda regla. Sí así era, no le faltaba razón, puesto que en todos aquellos años, no me había acordado para nada de los míos y mucho menos de la ciudad, hasta el mismo instante en que ella empezó a plantear el tema del futuro.
Rebeca se mostraba contenta por mí reencuentro con el trabajo, yo también y mucho, ésta estabilidad nos llevó a estrechar los lazos un poco más y fortalecer nuestras vivencias en común como pareja. Anímicamente te vas encontrando más fuerte, seguro y atrevido, nada que pueda enturbiar unas relaciones consentidas y asumidas tácitamente por los dos, como la cosa más normal y natural del mundo. Lo que ayer se veía como un atrevimiento mental de lujuria y pecado, hoy lo ves como una demostración de cariño y amor, nada premeditado, sino como un sentimiento que surge entre dos seres que se aman y lo normal es, aparte de las caricias y demostraciones de cariño, que se hable de formalizar lo del presente como paso previo a otro más acorde con las circunstancias, aunque sea a medio o a largo plazo.
El camino que llevaba la relación con Rebeca, no me gustaba nada de nada, reconozco y comprendo que sí salíamos juntos y considerando que el trecho que nos faltaba para traspasar ciertos límites de intimidad era demasiado corto y la lógica apuntaba a que en un momento determinado en el tiempo, se expongan y proyecten planes de futuro, aunque yo no me había hecho a esa idea, bueno, en realidad no me había planteado ninguna. Me conformaba plenamente tal y como discurrían los acontecimientos, no me acuciaban los problemas, tenía una novia que colmaba mis aspiraciones en la vida, me lo pasaba en grande y de momento, no pedía más, ni deseaba otra cosa que no fuera un noviazgo a largo plazo. Pero claro, no me daba cuenta que el egoísmo me invadía, era tan grande como la paciencia que demostraba ella, y en un acto de cobardía degenerativa, mediática y reprobable, comenzaron las secuencias de las disculpas, por supuesto, las mías. Qué si hoy tengo mucho trabajo y saldré tarde, te llamo sobre las 11, a esa hora creo que ya estaré libre y tú en casa. Bueno, pues nada, hasta mañana, un beso. El sábado sí, podemos ir al cine ¿y por qué no a bailar? Compréndelo me encuentro muy cansado, trabajo mucho esta temporada. Claro, lo dejaremos para otro día. Pero ésta secuencia de situaciones y de disculpas de mal pagador, mal que me pese, no las aguantaba ni el papel cartón y mucho menos ella. Nuestro noviazgo, se iba deteriorando poco a poco, en la práctica, desde que mí cobardía empezó a tomar cuerpo y forma, en los 30 días siguientes, nos vimos y estuvimos juntos 4 sábados, porque los domingos, los necesitaba el señorito para descansar, el lunes había que llegar al cartonaje, lo más descansado, lúcido y fresquito posible. Y así no podíamos seguir, reproche consecuente, dado que en el mes siguiente, apenas nos vimos. Rebeca era inteligente, pero estaba enamorada, muy enamorada, más de lo que yo creía, a pesar de todo, me dio el margen de maniobra suficiente para cambiar mis modos y que volviera a la vida normal, no lo hice y entre otras cosas, me pudo resultar fatal, para la integridad física.
Un buen día, supongo que me remordía la conciencia por el mal proceder y comportamiento llevado, a la hora de siempre, me acerqué al punto de encuentro habitual, bueno a aquellas alturas, ya no tan habitual, a la cafetería, en busca de Rebeca, obviamente no se encontraba allí. Bien, pensé, me iré a la pensión me daré una ducha, saldré a cenar y a la cama. Al llegar a "casa" fui informado detalladamente de una situación que se había producido, hacía escasamente una hora. Dos personajes sin identificar, se presentaron allí, preguntando por mí, el conserje les fue informando de la ausencia, era algo temprano para encontrarme en casa, suele venir más tarde. Pues dígale de nuestra parte ¿? Que se vaya preparando y que queremos tener una charla "amistosa" con él, que no se esconda, no le servirá de nada, le encontraremos. Tales personajes resultaron ser los hermanos de Rebeca, y su disposición total a pedirme "explicaciones" sobre mí comportamiento con ella. No pasó nada, aunque ciertamente aquella noche no dormí en la pensión, lo hice en otra y a la mañana siguiente, antes de desplazarme a la fabrica del cartón, me acerqué a mí "casa" con una consigna clara al conserje, si volvían a presentarse los hermanos, les informara concienzudamente, sobre un viaje a ninguna parte que me había surgido repentinamente, o sea, al lugar que primero le viniese a la mente.
Y ahí quedó la cosa, hoy con el tiempo que ha pasado, este pasaje lo contemplo como una anécdota, mí comportamiento no lo califico, como dijiste tu, memoria, en otro momento de este relato, los epítetos a la actuación personal, se escriben por sí solos.
En otro orden de cosas, decir que yo no me creo, estoy totalmente seguro de ello, que Rebeca tuviera nada que ver con todo el revuelo levantado por sus hermanos, conociéndola como la conocía, la explicación más lógica y presumible pudiera derivarse, que su familia se diese cuenta del mal estado anímico por el que estaba pasando, desencadenado por tan anómala situación y claro, hablaría de lo que estaba sucediendo y ellos, a iniciativa propia se propusieron, de alguna manera, revindicar a su hermana. Creo que yo haría lo propio, sí tuviese una hermana.
No la volví a ver, bueno, en realidad esto es una verdad a medias. Después de un año de tan cobarde deserción amorosa, caminando por una calle con la tranquilidad que da el no tener mayores problemas, de cualquier índole, salvando las de condición moral que a veces trataban de amargarme la existencia, me crucé con una pareja, hombre y mujer, que transitaban cogidos del brazo muy acaramelados, la vista al frente y mí cerebro, de inmediato, detectaron una cara conocida, la de la mujer, di un traspié, una de mis piernas, totalmente rígida, se había bajado de la acera. ¡Rebeca! Divino tesoro no apreciado, apareces de repente, y acompañada, bueno, más que eso, y me duele, momento de martirio en el corazón cargado de lágrimas rojas, toda la sangre que pueda tener en el cuerpo se desliza a través de una de las alcantarillas de una calle anónima. Desconocía que una visión así, pudiera causar un dolor tan intenso.
Pedro, escúchame, sigo siendo tú memoria y ese dolor que dices desconocer es amor, seguías enamorado de ella, lo que pasa es que tienes una carga tan grande de egoísmo y cobardía, por no calificarte de otra cosa, que no ves más allá de tu nariz. ¿Acaso pensaste en el dolor que tuvo que soportar ella, por tu actitud de abandono, mentiras, disculpas y más? Recapacita y piensa.
¿Pensar? No sé si seré capaz, de hecho, cada vez que pienso en ella, me duele el alma, el corazón me late con más fuerza y llora, lo estoy pagando con sangre, sudor y lágrimas, no creía yo que el amor fuera como una enfermedad, y de momento, no hay antídoto posible para él. Estoy convencido de que ya no tengo un sitio claro en esta nuestra sociedad, no puedo hablar con nadie de este mal, tan sólo con la almohada, siento desesperación y me maldigo mil veces por la actitud mantenida, no digo ahora, sino durante años, es el castigo que merezco por tan ilustre trayectoria, aunque espero y deseo, que sea como un proceso gripal y que pronto se me cure, y de Rebeca, olvidarla y supongo que, desearle toda la felicidad del mundo.
Aquello no funcionaba, el proceso amoroso-gripal, no me daba curado, estaba amargado, desesperado, confundido, estresado. En el trabajo las cosas no me iban del todo bien, y no me refiero a la actividad personal, en esto no había cambios, en donde sí se producían era en la situación física de mí protector, el señor Eladio, en un reconocimiento médico preventivo, se le había detectado una afección en el hígado, lo que se tradujo en una baja laboral por una buena temporada. Y todavía me vi más sólo. En mis horas libres transitaba por las calles como un zombi, de un lado para otro, perdido y sin rumbo. Otras las empleaba en visitas al Hospital para ver al señor Eladio, ni que decir tiene que al abandonar la institución médica, la frustración todavía era mayor, la depresión iba en aumento. La desesperación, me arrastró al submundo que ya conocía, a buscar la compañía del amigo-compañero de fatigas, el de las rubias pesetas. Me recibió con alegría, nos encontramos después de dos días de intensa búsqueda por mí parte.
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Labañou: Una historia sin nombre (Parte III)
Autor: José Luis Patiño
