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Labañou RECUERDOS; AMISTAD Y SOBRE TODO BUEN HUMOR

7 Febrero 2010

Labañou: Plinio y Nicolasa (Parte II)

PLINIO Y NICOLASA

Parte I        Parte II

 

¡Amigo no te preocupes! Es normal que te encuentres asombrado nervioso e incluso atormentado. Todo esto que estamos viviendo, yo ya lo pasé y mal que bien, salí de la situación bastante bien parado, así que, vamos a seguir adelante, y de paso decirte que, a mí lo de Nicolasa, en principio, también me chocó y asombró, pero ahora que volvió a suceder, se que todo lo anterior fue real y no un mal sueño, y como tu bien decías en cierta ocasión, es cuestión de fe, lo que si me preocupa, es lo que pueda venir de ahora en adelante, lo que nos deparará esta situación, ¿qué sorpresas nos aguardan? ¿Cuál será el resultado y nuestro futuro?

 

Fortunato miró a Plinio, no articuló palabra, se limitó a asentir con la cabeza, sorprendido de la locuacidad y capacidad de razonamiento de su pequeño amigo de apenas ocho años de edad. No daba salido de su asombro, iba de sorpresa en sorpresa y cada vez más espectacular, decididamente pensaba, semejante sarta de acontecimientos no eran para él, se iba haciendo mayor, lo que más le sorprendía era que después de pasar por todo lo que había pasado y escuchado, todavía le quedaba capacidad para pensar y reaccionar, y era bueno que empezara a reflexionar sobre la posibilidad de que estuvieran vivos, cosa que no podía asegurar, pues entendía que los sucesos acaecidos, eran situaciones que se podrían dar en el otro mundo, para nada lo ponía en duda, pero en este en el de los vivos... y se pellizcaba, se golpeaba las mejillas y le causaba dolor, lo cual podría tener un significado positivo, a los muertos, que se sepa, no les duele nada, ni sufren ni padecen ¿quiere decir esto que estamos en plenas facultades tanto físicas como mentales y con vida? Así debía de ser, puesto que, dejando de lado tan edificantes reflexiones, vio y oyó la discusión que tenían Plinio y Nicolasa, aquella gata presumida y prepotente se estaba pasando de la raya, vuelta otra vez con lo de la dinastía y el linaje ¡descendiente directa del Zar-gato de todas las Rusias, vivir para ver!.

 

Bueno, dejaros de historias genealógicas, dijo Fortunato, y estudiemos nuestra situación, que la verdad no es muy halagüeña, esto es desolador, por un lado agua, por otro arena y nada más que arena, sin ninguna vegetación ¿qué camino tomar? Está claro que el del agua no, así que pongámonos en marcha y que sea lo que Dios quiera.

 

En otro lugar, a no mucha distancia, unos personajes de excepción contemplaban a nuestros amigos, y no eran otros que los juguetones pícaros y algo gamberrotes gnomos, en aquel mismo instante, en el que nuestros amigos iniciaban la marcha con rumbo desconocido, el gnomo Jefe Capri, regañaba con bastante vehemencia al gnomo Hechicero Cornio, por no haber puesto la debida atención en fijar el rumbo de aquellos, cuando los roció con los polvos mágicos,

 

¡Lo que hay que oír por no ser sordo! Un simple error de calculo, ¡menuda simpleza! Debes de reconocer, que se te fue la mano y como podéis observar, decía Capri, están perdidos y sin rumbo, y encima en vez de una playa les colocas delante de sus narices un desierto ¿y como crees que lo pasarán? No tienen comida, ni agua, ni siquiera donde cobijarse del sol abrasador y esto de día, ¿y cuando llegue la noche? Imagínate lo que pasarán, con el frío que suele hacer por estos parajes.

 

Cornio, Pis, Cis, Ge, Minis, Escor y Pío mantenían su vista fija en el suelo con cara de, yo no fui, pues yo tampoco, y el yo no hice nada.

 

Capri más calmado, continuo la disertación-bronca, bueno habrá que tomar una decisión y reconducir ésta situación, de una forma o de otra tendremos que resolverlo, bueno será que empecemos a pensar entre todos una fórmula resolutiva, y cuando llegue la noche, supongo que sé tomarán un descanso, momento en que nosotros comenzaremos a trabajar, hasta entonces recapacitemos y hagamos examen de conciencia.

 

Se recostaron en brazos de la nube en que viajaban y trataron cada uno por su lado de buscar una solución al problema.

 

Caía la noche y ni que decir tiene que Plinio, Fortunato y Nicolasa buscaban afanosamente un lugar protegido en el que descansar y pasar la noche, pero era evidente que no lo había, lo más prudencial sería que, aprovechando que la arena de aquel desierto (ellos no sabían que era un desierto) estaba sumamente caliente, hicieron un hueco en el suelo, en forma de bañera, con bastante espacio para los tres, la arena que extraían al hacer el agujero, la fueron amontonando hacia los lados, formando una barrera, les protegería en caso de que se levantase el viento y se metieron dentro. Plinio acurrucado en los brazos de Fortunato, Nicolasa se mantenía al margen de ellos y con sus patitas trataba de hacer una cama para ella y lo consiguió. Cada cual en su sitio, ¡faltaría mas! dijo, a lo que Fortunato le contestó, 

 

Si te dejaras de clases sociales, té sería mejor, vas a tener frio, ven arrímate a nosotros.

 

Ella con gesto despectivo ¡bah! Y se dio la vuelta sobre si misma, mirando hacia otro lado.

 

Tengo hambre Fortunato, dijo Plinio,

 

Yo también, contestó Fortunato, cuando amanezca y sea de día, trataremos de buscar algo que nos pueda servir para comer, en tanto en cuanto, trata de dormir, estáte tranquilo y duerme, ves el cielo que estrellado y tranquilo está, pues nosotros debemos de estar como el cielo, tranquilos y con buena estrella, y la tenemos, ya que todavía estamos vivos,

 

Si, pero ves, hay una nube, dijo Plinio,

 

¡Es verdad! exclamó Fortunato, no me había fijado, aunque no debe preocuparte, es blanca, lo cual quiere decir que no lloverá, y en cierto modo no nos vendría mal que lloviera, ya que con el agua trataríamos de calmar la sed, sin embargo y por otro lado, mejor así, pasaremos algo de sed, pero nos mantendremos secos, mojados tendríamos frío y sería un poco incómodo para dormir,

 

A todo esto Nicolasa debía de dormir ya que roncaba y de vez en cuando dejaba escapar un suspiro que otro.

 

Aquella nube blanca era la nube en la que viajaban los gnomos, comenzaba a descender hacia el lugar en que dormían nuestros amigos, tan solo desembarcaron dos personajes, el Jefe Capri y el Hechicero Cornio, éste metiendo la mano en la bolsa donde guardaba los polvos mágicos y la clave de todo el desatino, volvió a inundar a nuestros amigos de aquel polvo de estrellas y oro, pero con efecto retardado de unas horas, vamos, para cuando despuntara el día, realizada la faena, subieron a su medio de transporte y allí, en el cielo, a una distancia prudencial del suelo, se mantuvieron expectantes y en espera de acontecimientos.

 

Amanecía, el sol, sin prisa pero sin pausa, tendía sus rayos sobre aquel arenal, arrasando a su paso cualquier atisbo de vegetación. Nuestros amigos se desperezaban, despues de una noche desierta de todo, se miraron entre sí sin pronunciar palabra, notaban que el sol, inexorablemente, posaba sus rayos sobre la tierra y les iba calentando la cabeza a pesar de lo temprano del día. Fortunato más triste que de costumbre, se sentía responsable del cuidado de Plinio e incluso de Nicolasa, a pesar de que ésta rebosaba impertinencia por todos los poros de su cuerpo y no digamos de sus salidas de tono, pero, aún así, se subrogaba la responsabilidad, y no sabía que hacer, ni la decisión a tomar, en tanto hacía estas reflexiones, se le ocurrió lo que a los chinos, antes de empezar el trabajo del día realizan unos ejercicios gimnásticos y así, se lo manifestó a sus compañeros de fatigas. 

 

Antes de seguir adelante, vamos a realizar algún que otro ejercicio gimnástico para estirar un poco los músculos, estamos un tanto abotargados, cosa, por otro lado, normalísima, sobre todo después de pasar la noche en semejante cama, estaréis de acuerdo conmigo que nos vendrá de perlas hacer algo de deporte.

 

Salieron del agujero en el que habían dormido, Nicolasa los observaba a una distancia prudencial, pero con intención de participar y empezaron por mover primero los brazos, después las piernas, luego ambas extremidades al mismo tiempo, se dieron un respiro, al tiempo que Fortunato les decía,

 

Ahora con los brazos rectos, en posición vertical, trataremos de dar saltitos sobre el terreno que ocupamos ¡venga arriba! ¡Otra vez! ¡Un momento! Nicolasa sólo los saltitos y tú a cuatro patas ¿vale? Seguimos, venga, ¡eso es!,

 

Con este juego se trataban de olvidar el mal momento por el que pasaban y la situación en que estaban comprometidos, pero sobre todo de las protestas estomacales y seguían dando saltos, arriba y abajo, izquierda y derecha, cuando de repente, en un salto de estos, se vieron suspendidos en el aire y una nube de luz, algo parecido a un humo blanco, los saludaba envolviéndolos en un movimiento de traslación, arrastrándolos por el aire hacia otro lugar, aparentemente sin rumbo, aunque, sólo aparentemente, puesto que sin darse cuenta y sin tiempo a decir nada entre ellos, aquel efecto mágico de movimientos acompasados, les dejó sentados en un banco de granito blanco como la nieve, que formaba parte de un jardín como complemento ornamental, de una plaza en forma circular, que estaba rodeada por un seto de arbustos, en cuyo centro había un estanque, en el cual, nadaban peces de múltiples colores,

 

¡Lo ves Fortunato, aquí es donde encontré a Mimosa la otra vez!,

 

Pero el amigo Fortunato no estaba para escuchar ni a Plinio ni a nadie, aquello había rebasado toda la tranquilidad, paciencia, sorpresa, capacidad de comprensión, todo, todo aquello era más de lo que un hombre bueno, en plena lucidez mental y vivo, puede aguantar, estaba al límite de su hombría y no pudo resistir más, unas lágrimas afloraran a sus ojos, no sabía si de rabia si de alegría, si de desdicha o de que, lo cierto es que resbalaban por sus mejillas. En tanto Nicolasa la descendiente directa del Zar-gato, se relamía a la vista de aquellos ejemplares que nadaban de un lado a otro dentro del estanque y pensaba, ¡qué pena que a los gatos no nos guste el agua! Al menos esa era la fama que tenían y si así era, había que mantenerla y sé quedó quietecita en el sitio que ocupaba.

 

Ya más calmados, Fortunato resignado a lo que la suerte le pudiera deparar, ya todo le daba igual, se mantenía callado, Nicolasa se acicalaba y Plinio rompió aquel silencio,

 

Fortunato, tienes que estar preparado porque quizá pase como la otra vez y venga a vernos Mimosa.

 

¿Mimosa? repitió Fortunato, puede ser, me había olvidado de ella,

 

Y miró al cielo pidiendo perdón y clemencia por haberse olvidado de su niña, al niño lo tenía allí, no era su hijo pero sí su niño, este pensamiento le reconfortó y le llevó a recobrar su entereza y personalidad, volvió a ser Fortunato Tonelada, ahora lo más inmediato era encontrar a su niña, a su querida niña, y preguntó a Plinio,

 

¿Cómo fue la vez anterior al encuentro, te acuerdas? ¿Hiciste algo o simplemente esperaste a que sucediera?

 

A lo que Plinio respondió,

 

No me acuerdo muy bien, pero creo que estábamos Nicolasa y yo sentados en este mismo banco, cuando sucedió todo, fué como por arte de magia, 

 

Bueno, entonces habrá que esperar, contestó Fortunato con voz cansada y expresión de resignación.

 

¿Y de comer qué? Preguntó Nicolasa ¿no os parece que va siendo hora de llevarnos algo al estómago?,

 

¡Cállate Nicolasa, dijo Plinio, no es hora de impertinencias, hay cosas más importantes que hacer!,

 

¿Y cuáles son? ¡Listo, que eres un listo!, Dime, contéstame espabilao, y por favor cuando te dirijas a mí, que sea con más respeto y si no te importa, antes de pronunciar mi nombre, dices eso de Señorita ¿vale? Y de paso dime, ¿hay algo en el mundo más importante que comer?

 

¡Será paquete la tía ésta! ¡Gata que eres una gata!,

 

Estas exclamaciones habían salido de la boca de Plinio que estaba indignado con la actitud de tan impertinente, pretencioso, prepotente y exasperante animal.

 

Fortunato tomó la palabra para poner paz entre aquellos dos, sin embargo, debía de reconocer que aquel felino, por su forma de comportamiento era de lo más cursi, detestable, y egoísta, no le extrañaba nada que en vida normal fuera mudo, había que dar gracias al Creador por haber sido así de justo.

 

Bueno, pues como de esperar se trata, sería conveniente que buscásemos algo para pasar el rato y de paso comer algo ¿os parece?

 

¡Nos parece!, contestaron al unísono Plinio y Nicolasa,

 

Al parecer, y por una vez, estaban totalmente de acuerdo. No muy lejos del lugar en que se encontraban, había una especie de bosque y a él se dirigieron, ¡qué maravilla! Exclamaron ¡frutas silvestres! ¡El árbol del pan! Cada uno comió lo que pudo, no obstante, las frutas debían de contener la poción mágica del sueño porque de inmediato se sentaron en el magnífico e incomparable verde césped del jardín y se quedaron totalmente dormidos los tres.

 

En lo alto de la nube, los gnomos movían su cabecita afirmativamente, con la sonrisa en los labios, convencidos y satisfechos de como discurrían los acontecimientos, esperaban expectantes, veríamos lo que sucedería a partir de aquí, después de todo, ellos habían cumplido con su parte, no obstante, pensaban que a partir de ese momento, si salía lo que ellos esperaban, poco o nada tendrían que ver en el asunto.

 

                   Una luz multicolor, suspendida en el aíre, comenzó a brillar intensamente en aquellos instantes, desde un punto infinito del cielo hasta aquel lugar, se fue extendiendo una nube blanca y grandiosa que fue adoptando la forma de un cometa, algo sobrenatural, toda luz y colorido, acompañado de un sonido musical, suave pero embriagador, enternecedor y melancólico, que hizo despertar de su aletargado sueño a Fortunato, Plinio y Nicolasa. Entre el despertar por sorpresa y lo sorprendente de aquella luz, no veían ni distinguían nada, sólo podían cerrar los ojos y rezar, aunque de poder pensar, justo sería reconocer que era muy agradable.

 

Pasados estos primeros momentos de ceguera transitoria, la poderosa luz dejó de ser molesta, en ese mismo instante, incluso, sé podría definir como algo divino, y pudieron observar con toda claridad de visión el maravilloso prodigio que se estaba produciendo, y lo contemplaban con estupor, cariacontecidos, temblorosos y porque no decirlo, totalmente atemorizados, sobre todo, porque por uno de los rayos de aquella amalgama de luz, tal cual autovía suspendida en la nada, se deslizaba en dirección a ellos, una especie de concha marina de regulares dimensiones, la cual, era arrastrada por dos caballos alados de color blanco, algo o alguien viajaba en su interior, aunque debido a la distancia no distinguían qué o quien pudiera ser.

 

El objeto volador se fue posando en el suelo, a tres palmos de narices de los estupefactos y sorprendidos Plinio, Fortunato y Nicolasa, ésta estaba hecha una bola de billar, pero con pelo erizado. El artilugio, lleno de luz, color y música celestial ¡por fin! Tomó tierra, al tiempo que se envolvía sobre sí mismo, en una columna de humo blanco, convirtiéndose, artilugio y caballos, en materia. Poco a poco, el humo sé fue disipando, al tiempo que se dejaba ver una figura ¿humana? envuelta en una túnica blanca, bordada en sus bordes con hilo de plata y oro, ¡Oh, Oh! Salió de las bocas de Plinio y Fortunato, fue la única expresión que pudieron decir, y no era para menos, en medio de tan maravillosa  luz, la figura más divina y linda que jamás se había creado ¡Mimosa!, Aquella niña era la preciosidad más hermosa que nunca contemplaran sus ojos, y la tenían enfrente a ellos, ella esperaba a que dijeran algo, pero no, no podían, incapaces de articular palabra, ciertamente, ahora si, se creían eternamente muertos, tal aparición, por fuerza, debía de tratarse de un milagro, no podía ser otra cosa, y que, por ende, se encontraban en el cielo o el paraíso, y el paraíso, según dicen, es el cielo,

 

¡Papá, padre mío! Exclamó Mimosa.

 

Fortunato ahora si lloraba, lágrimas de alegría, la querida y amada niña, aquella hija, su hija, que un mal día por un fatal y cruel accidente, se le fue al cielo, la muerte se la arrebató de entre sus brazos, y ahora, en aquel instante la veía, la tenía al alcance de sus manos. Intentó ir a su lado, abrazarla y besar aquellas mejillas sonrosadas, pero era incapaz de moverse, estaba paralizado, pero la niña, su hija si podía, se fue acercando lentamente a su padre y allí, en brazos de Fortunato, en brazos de su querido padre, besos y lágrimas entremezclados, era como algo parecido a la expresión de máxima  felicidad.

 

                   ¿Qué explicación tendría todo aquello? Se preguntaba incrédulo el bueno e inocente Plinio mirando, ahora a Mimosa y Fortunato, ahora a Nicolasa, pero ninguno de ellos reparaba en el niño, la situación no era para menos, bastante tenían cada uno con lo suyo, unos con el encuentro inesperado y la otra con aquella revelación de la cual, pese a su instinto de gata con linaje y comprensión incluidos, no entendía nada, como nada entendía Plinio, bueno, compartía la aparición, pero no aquella revelación de padre, hija, hija, padre, tal era la perplejidad que se seguía preguntando ¿es que es la hija? ¿Es que es su padre? Plinio no lo sabía, ni nadie se lo había dicho, ni comentado.

 

                   Reflexionaba Plinio sobre aquella situación, él era un niño y en este caso, Fortunato no había tenido la suficiente confianza como para hacerle partícipe de ese secreto ¿por niño o por falta de confianza? Pero no quería ser injusto con Fortunato, mejor sería esperar a que padre e hija, sobre todo el padre, hablara de todo ello y le dieran una explicación, entendía, pese a su corta edad, que se la merecía.

 

Mimosa, después de varios minutos abrazada a su padre, dejó a este y se dirigió hacia Plinio,

 

¡Hola Plinio!, ¿Cómo estás? Y le abrazó.

 

Notó Plinio en aquel abrazo, que entrañaba algo más que un encuentro inesperado, fué, él así lo entendió, con el calor del cariño y de la amistad.

 

¡Y yo qué! Se escuchó en el aire casi como un grito histérico, era Nicolasa, naturalmente. Hasta aquel momento, ninguno, padre e hija habían reparado en ella, evidentemente era una injusticia total y absoluta, a lo que Mimosa reaccionó tomándola en sus brazos, plantándole al mismo tiempo un beso en aquellos morritos bigotudos,

 

¡Perdona Nicolasa! Por unos instantes me olvidé de ti, ¡mua mua!, Otros dos besos.

 

¡Bueno, vale ya! Se me está erizando el cabello de tanta emoción, ¡déjalo Mimosa! No me gusta nada que me abrumen con atenciones tan sentimentales, aunque, bien es cierto, que me duele mucho más que me hagan a un lado, que no reparen en mi, cuando creo que tengo encantos y clase suficientes para no pasar desapercibida en ningún sitio o lugar ¿no notas cuán distinguida soy?

 

                   ¡Venga ya! Exclamaron al unísono Fortunato y Plinio,

 

¡Pobrecita! Dijo Mimosa, tienes razón, cometimos un error imperdonable contigo, y la dejó en el suelo.

 

Tomaron asiento en aquel banco de granito blanco, en tanto que Nicolasa se paseaba por el respaldo del asiento, luciendo (según ella) su escultural figura y enorme distinción, el lomo arqueado, las patitas rectas, la colita en alto, cejas arqueadas y los bigotitos "planchados" y bien estirados.

 

Creo Plinio que estoy en deuda contigo, como consecuencia de cierta situación que hubo entre los dos, era Fortunato el que había tomado la palabra, seguramente estarás pensado muchas cosas de mí, como falta de amistad, de delicadeza, de confianza en fin, y quien sabe cuantas cosas más, pero todo tiene su explicación y me refiero en concreto, a que yo no te hubiese confesado que relación me unía a Mimosa, sobre todo, cuando conté lo del fatal accidente. Aunque antes de seguir, quiero que sepas que no fue ni por falta de confianza ni de amistad y te pediría que no hicieras juicios de valor anticipados  y que veas en mi a la persona de siempre, espero que creas y entiendas mi forma de actuar en todo lo que voy a decir. Cuándo te hablé de lo concerniente al accidente y posterior muerte de Mimosa, tú habías soñado o vivido una situación con ella, aunque no lo recordaras muy bien, ¿cierto?, Bueno, pues de inmediato me di cuenta de lo que sufrías y lo que estabas pasando reviviendo tan dolorosos recuerdos, en tu fuero interno, pensabas que era mucho más tuya que de nadie, así que yo dejé seguir los acontecimientos, a sabiendas que nada ni nadie cambiaría tu forma de pensar sobre ella, consideré que era mejor no cambiar nada, así lo entendí en aquel momento y que siguieras hablando con un amigo y no con un padre. Cómo amigo, pero sobre todo como padre, te escuchaba y no puedes imaginar lo que me reconfortaba y me alegraba que me hablaras de mi hija en los términos que lo hacías, aunque tú no supieras que quien escuchaba era, además, un padre, pero, precisamente por eso, por desconocer tú mi verdadera identidad, aquellas confidencias las entendí como más sinceras y sobre todo reconfortantes, ¿lo entiendes ahora?

 

Si lo entiendo y te quiero mucho Fortunato, Plinio sé abrazó a su amigo, en su interior sentía que la emoción de toda aquella confesión salía de su anatomía en forma de lágrimas que inundaban sus mejillas sin poderlo remediar, todos los acontecimientos acumulados en su pequeño cuerpo, desgarraban sus entrañas y ahora, en aquel instante critico de emoción incontenible, lloraba y sentía que, en los brazos cálidos de tan grande amigo, semejante muestra de amor y cariño, le ayudaba a que la inmensa carga de eventos y situaciones que se agolpaban en su cuerpo, tomaran el destino de salida hacia el exterior, dejando su alma tranquila y vacía, aunque impregnada de cierto regusto a felicidad. En cualquier caso, aquella carga de acontecimientos, dada su edad o cualquier otra, era un equipaje demasiado grande para transportarlo sólo.

 

Se fueron calmando los ánimos al tiempo que una sonrisa abierta y franca afloraba en los rostros de cada cual, sé podría decir que la normalidad era completa dentro de aquella anormalidad, ¿y qué sería de ahora en adelante? Pregunta que flotaba en el cerebro de cada uno de ellos.

 

Seguramente os estaréis preguntando que será de nosotros de ahora en adelante, de que color será el futuro que nos aguarda. Era Fortunato el que esto decía, quizá me equivoque, aunque no lo creo, pero la única que lo puede tener claro y saber algo de que va todo esto eres tú Mimosa. Plinio, Nicolasa y yo, conocemos el lugar al cual pertenecemos, pero a partir de ahí nada más, y digo conocer, con todos lo reparos del mundo, me refiero a nuestra vuelta y destino, siempre y cuando se produzca el fenómeno otra vez, pero a la inversa, o sea el regreso, de todas maneras, si valiese con decir lo que uno desea, yo me arriesgaría a pedir algo que es como un sueño que se hiciese realidad, como podéis comprender, sería el de quedarme para siempre con mi hija, yo ya soy mayor y en el otro mundo, en el de los vivos, no tengo a nadie ni nada que hacer, así que, por si funciona, mi mayor deseo, por ilusión y convencimiento es, no separarme nunca más de ella, espero que así sea y sobre todo que se cumpla.

 

                   ¡Yo también me quiero quedar! Dijo Nicolasa.

 

¡Y yo! Dijo Plinio.

 

Volvió a retomar la palabra el bueno de Fortunato,

 

Plinio, no es cuestión de tomar una decisión, tu tienes en "el otro lado" a tus padres, familia, amigos, el cole, piensa en ello, aparte que, por tu edad, no puedes decidir, ni debes, compréndelo y piensa en todo eso, pero sobre todo y más que nada, en tus padres, ¿es qué quieres para ellos, el sufrimiento que yo pasé? No creo que tú desees que pasen por semejante trance, piensa en el trauma y el dolor que sufrirían por la pérdida de un hijo, ¿quieres eso para ellos? ¿Sé lo deseas?

 

¡No, pero yo os quiero mucho a vosotros, quiero a Mimosa, es mi mejor amiga y no quiero separarme de ella, ni de ti!, Exclamó Plinio con desesperación.

 

Mimosa que seguía callada, creyó que aquel era el momento de intervenir,

 

Tiene razón mi padre Plinio, yo pasé por el trance de perder a un padre, y sé lo que supuso para mí, además desde mi situación en la que estoy, desde el accidente, veo a muchos padres que pierden un hijo, y no te quiero contar como es el camino a recorrer, porque si lo hago te arrepentirías y jamás te perdonarías por escoger la solución de quedarte con nosotros y privar a tus padres de tú presencia y cariño, algún día, cuando seas mayor, sabrás lo que es el amor de unos padres por un hijo y el de un hijo por unos padres, entonces si que lo entenderás, para tu tranquilidad, te diré que yo también te quiero mucho y me lo pasé muy bien contigo, y si quieres podría hasta decir, que te echo mucho de menos, pero hazme caso, tú vida tiene que seguir, todos tenemos un destino y un camino marcado desde que nacemos, y el tuyo de momento, es el del retorno.

 

En cuanto a ti Nicolasa, eres bastante egoísta, pero tampoco puedes quedarte, ya sé que tu interés es distinto al de Plinio, te quieres quedar aquí porque eso de hablar, oír, te seduce, pero te conviene volver, primero porque necesitas una cura de humildad y segundo, dado que ya pasaste dos veces el círculo de la vida y no aprendiste nada, todavía te quedan cinco vidas para lavar tú imagen y aprender, así qué, aún estás a tiempo de corregirte, ¡y jamás se te olvide que eres una gata!

 

Plinio resignado permaneció cabizbajo y meditabundo pensando en lo que había oído, sólo acertó a decir, así que no hay otra solución, tendré que seguir pensando en que cuando sea mayor trabajaré en la ciudad, no me queda otra salida ¡Trabajar!.

 

                   ¿Qué dices Plinio? Preguntó Mimosa.

 

No, nada, cosas mías, no decía nada, pensaba en alto.

 

De repente apareció aquella especie de concha marina y al frente sus dos caballos alados, en un abrir y cerrar de ojos se formó una escalera de humo blanco por cuyos peldaños comenzaron a subir Mimosa y Fortunato, si éste no perdía el equilibrio y no sé caía, era la señal significativa que quedaba admitido en el Paraíso, y así fué, siguieron subiendo peldaño a peldaño, con mucha calma tomaron asiento en aquel carruaje, se dejó oír una música celestial embriagadora y al instante se configuró un haz de luz y color, aquella luz iba formando distintos rayos, hasta que uno de ellos quedó conformado como una especie de autopista y por él inició su marcha la concha marina, a bordo de la cual viajaban dos personajes de excepción, rumbo al Más Allá, hacia aquel punto de luz perdido en el infinito, al tiempo que unas frases flotaban en el aire,

¡Plinio, Nicolasa, adiós! ¡Plinio, no te olvidaremos nunca jamás!

 

Plinio y Nicolasa escucharon con toda claridad las palabras de despedida pronunciadas por los que se alejaban, nada más oírlas, cayeron inertes en el césped del jardín en que se encontraban, fulminados por un sueño embriagador pero pesado, trance este que les impidió ver algo que, a buen seguro, no les dejaría de sorprender. Detrás de aquella estela blanca dejada por la concha marina, un carromato arrastrado por dos caballos, se dirigía en pos de Mimosa y Fortunato, y que en las puertas del mismo se podía leer, Fortunato Tonelada, " Forzudo"

 

Plinio y Nicolasa despertaron, depositados en una nube blanca que circulaba a cierta velocidad por el aire cruzándose de cuando en vez con sus amigos los pájaros y cigüeñas-correo.

 

¡Adiós Plinio! ¿Cómo estás?

 

No muy bien, estoy pasando un mal momento.

 

Ya me lo contarás otro día, ya sabes que en esta época tenemos mucho trabajo y tenemos que entregar los bebés a tiempo y antes de que llegue el invierno y los pille el frio. ¡Adiós!.

 

Seguían de viaje, pero ya se sabe, por muy lejos que se vaya, estos tienen un final y el final de este estaba llegando a su desenlace. Ya se divisaba el prado de detrás de la casa de Plinio.

 

Pis y Cis, con un catalejo cada uno, confirmaban que faltaba muy poco para tomar tierra, Plinio y Nicolasa no podían contemplar aquel paisaje ni tan siquiera el aterrizaje. Permanecían acostados en aquella nube blanca como el algodón, dormidos, rendidos de tantos y tantos acontecimientos, extenuados por la tensión acumulada, hechos vividos y nunca soñados o ¿soñados y nunca vividos? Sea como fuere, la vuelta era un hecho cierto.  

 

Bien ya está, no hagáis ruido, no vaya a ser que se despierten, quien hablaba era el gnomo Jefe Capri, allí en la hierba, acostados y dormidos se encontraban Plinio y Nicolasa.

 

¡Adiós Plinio, Adiós Nicolasa!, Sé despedían los gnomos en silencio, desfilando de uno en uno, en fila india, andando muy despacio se fueron alejando aquellos diminutos personajes de tan agradable compañía y lugar, dejando en el verde prado a Plinio y Nicolasa, que siguieran dando rienda suelta a sus sueños, en la tranquila soledad del atardecer.

 

¡Plinio! ¡Plinio!, La voz le era conocida, despertó sobresaltado al oír su nombre, era su madre quien le llamaba ¡qué alegría! ¡Mamá, mamá, estoy aquí! Y salió corriendo hacia su madre, con desesperación se agarró a su cintura rodeándola con sus brazos, su cabecita reposaba en el vientre de ella, unas lágrimas rebeldes asomaron a sus ojos, su madre sobresaltada, ¿pero que té pasa hijo? Parece como si hiciera años que no me ves, ¡venga, vamos a cenar! ¡Dios mío, que trasto de hijo este!

 

Plinio no dijo nada, embelesado y alegre, no se cansaba de mirarla, pensando en la inmensa suerte de tener una madre como ella, echó una mirada hacia el lugar donde habitualmente dormía la siesta, Nicolasa venía hacía él, al llegar a su altura ésta lanzó un ¡miau! A modo de saludo, a lo que Plinio contestó ¡miau Nicolasa! Miró hacia el horizonte, hacia el mar y sus alrededores, un barco navegaba, supuestamente, rumbo a América, pero él, decididamente, no iría a aquel continente, ni a ningún otro, no le gustaba viajar, tenía la impresión de que ya había viajado muchísimo y sentía además, que se iba haciendo mayor, a pesar de su corta edad, sus ocho años le pesaban como una losa y razonaba, que lo mejor sería quedarse con su madre y su padre, disfrutaría de ellos y de su cariño, y consecuentemente, América podría esperar y al tiempo, que continuase su curso sin él.

FIN

Autor: José Luis Patiño

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servido por pacoco 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

pacoco

pacoco dijo

Ana
Aqui esta la segunda parte

7 Febrero 2010 | 09:23 PM

ana

ana dijo

precíoso,hurra por el escritor...

8 Febrero 2010 | 02:04 PM

José Luis Patiño

José Luis Patiño dijo

Ana, gracias por tus elogios, ya veo que encontraste el final, espero que tu, si le das otro final, sea coincidente con el mio. Te diré que el promontorio en el que vivia el niño, es lo que hoy se llama Av. de Labañou y los edificios de la Gran Ciudad, se refieren al Banco Pastor, el más alto de la época. Gracias.

9 Febrero 2010 | 11:24 AM

ana

ana dijo

PATIÑO,ni me lo imaginaba,digo el final.acabo de leer un libro muy parecido a esta historía, se títula el mejor regalo....y por supuesto el mejor regalo es esto que compartiste con todos,si te quedaras con mimosa no loleeriamos nunca.....gracías

9 Febrero 2010 | 11:34 AM

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