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Labañou RECUERDOS; AMISTAD Y SOBRE TODO BUEN HUMOR

7 Febrero 2010

Labañou: Plinio y Nicolasa (Parte I)

 

PLINIO Y NICOLASA

Parte I        Parte II

Erase una vez un niño que, por circunstancias, había nacido en un rincón lugareño, denominado pomposamente como pueblo, situado a las afueras de la ciudad, de la Gran Ciudad. Este niño cargado de inocencia, soñaba en su soledad, con poder acercarse en un día no muy lejano, a curiosear lo que en ella había. Desde el alto de un promontorio situado en un lugar de su pueblo, veía en la lejanía del horizonte los altos edificios que destacaban sobremanera del suelo firme, para él, aquello era una incógnita, le daba que pensar y se preguntaba cientos de veces al día, como subiría la gente a aquellos sitios, a lo más alto, porque suponía que aquellos edificios tenían pisos, al menos veía ventanas y si había ventanas sería para mirar por ellas las personas, y si éstas miraban a través de los cristales, los pisos tendrían suelo ¿sino, en que se iban a apoyar? En fin, todo un enigma. 

                   En muchas ocasiones se encontraba triste y pensaba en su inmensa soledad, porque estaba sólo, si, muy sólo, en su pueblo no había niños de su edad, o eran mucho más pequeños y no le entendían, o de lo contrario mucho mayores y estos, no le hacían el más mínimo caso. Tenía razón en sentirse así, y esa tristeza por su soledad, la paliaba con mil sueños de aventura, soñaba y soñaba, dando rienda suelta a su imaginación, que volaba en pos de la senda del aventurero convertido en héroe, y esto le gustaba, había oído y sabía, que los mayores iban a la ciudad a trabajar y ganaban dinero por ello, entonces él reflexionaba que, cuando fuera mayor, trabajaría y ganaría mucho dinero, se quedaría allí a vivir, visitaría y conocería muchos sitios, sobre todo al puerto, a ver los barcos que salían rumbo a América, y quien sabe, quizá, embarcaría en uno de ellos, si, y lo llevarían en busca de esa causa soñada llamada aventura, en la que tenían cabida, héroes y villanos, él, por supuesto, sería un héroe, en cualquier caso, los barcos, los contemplaría de cerca, no como ahora que los veía desde su refugio, desde lo alto del promontorio. Decían que navegaban muy cerca de la costa, pero él sabía que no era tan cerca, porque cuando pasaban los veía muy pequeños, hacía así con los dedos (índice y pulgar), y no eran más que eso, algo que cabía entre sus dos dedos, pero en fin, si los mayores afirmaban que pasaban cerca y hacia América, sería verdad, los mayores siempre tienen razón. 

                   Pasaban y pensaba muchas cosas, siempre acompañado de su soledad, pero aparte de no tener a nadie, le gustaba estar sólo, hablaba con amigos creados en su imaginación, eran de ficción, inventados por él y se lo pasaba bomba. En la parte trasera de la casa en donde vivía, había tierras de labradío y prados, y entre la alta hierba era donde más y mejor disfrutaba, se regocijaba a lo grande y en silencio, y encima lo mantenían oculto de las miradas que pudieran caer por allí. La mejor época del año era la que iba de la primavera al final del verano, había tomado la costumbre de llevarse con él una gata que entendía por el nombre de Nicolasa, el felino animal era de lo más cariñoso, y por su forma de comportarse, al parecer, también le gustaba estar en compañía del niño, en cuanto éste se acostaba entre la hierba y se quedaba o se hacía el dormido, a los pocos minutos de estar en esa situación, la Nicolasa, mordisqueaba el pelo y las orejas del niño en demanda de atención para que jugase con ella, en cuanto lo hacía, y de paso las correspondientes caricias, era ella la que simulaba hacerse la dormida, y así, a plena luz del sol, iban pasando las horas y los días. Después de los juegos de rigor entre ellos, Plinio le contaba a su gata amiga, sus aventuras y sobre todo los sueños, ella muy atenta a sus cuentos asentía con su cabecita y con un maullido que otro, parecía dar fe que aquello le gustaba. 

Verás Nicolasa, no sé si sabrás que un día marché de aquí, del pueblo, habían llegado hasta estos lares unos carromatos con una gente de lo más extraña y variopinta, pero muy divertida que, según ellos, pertenecían a algo que se llamaba Circo ambulante, uno hacía juegos de malabarismo con balones, otro levantaba pesas, claro, tu Nicolasa no sabes lo que son pesas, pues te diré que son unas bolas redondas de hierro que van colocadas a cada uno de los extremos de una barra también de hierro, había uno que tragaba sables y espadas, otro echaba fuego por la boca, en fin, de todo un poco. Y tu té preguntarás por qué me escapé de casa, pues mira, todo lo que había en el circo me llamaba mucho la atención, pero por encima de todo, lo que más me gustó fue una niña que hacía de bailarina, ¡qué guapa era!, Me gustaba mucho. Te contaré, todo empezó en un descanso de la actuación, me moría por conocerla y me acerqué a ella, le pregunté como se llamaba, me contestó sin hablar que no me entendía, me lo dijo con las manos, con gestos. Ya ves, la pobrecita era sordomuda y a decir verdad, después de saber esto, todavía me gustó más, así que, el día en que terminaron la actuación y emprendieron la marcha, me escondí en uno de los carromatos y me fugué con ellos.

                   Fueron días maravillosos los que disfruté con aquella gente, pero sobre todo con Mimosa, que así se llamaba la niña. Todo aquel tiempo me lo pasé ayudando a los comediantes en compañía de Mimosa, yo le contaba las cosas que hacía a diario, que te tenía a ti y que jugábamos mucho. Pero pronto acabó la felicidad tan de repente encontrada. Un buen día llegó la policía y me devolvió a mi casa, me regañaron mucho mis padres, pero no me pegaron, ni siquiera me castigaron, sólo me hicieron prometer que no lo volvería a hacer, y así fue, lo que ellos no saben es que en el momento de la promesa, crucé los dedos, por si un día vuelve a aparecer Mimosa. 

Poco a poco, mi querida gatita Nicolasa, fui olvidando aquel episodio, y es que me voy haciendo mayor, dentro de unos días cumpliré 8 años, bueno sigo, como puedes suponer nunca más volví a ver a tan linda niña que se llamaba Mimosa, quizá cuando sea mayor, me vuelva a encontrar con ella. Bien cambiando de tema, quiero hablarte de algo que tu no sabes, es un secreto pero hoy te lo voy a confesar, espero que quede entre los dos, confío en tu discreción. Verás, en este prado tengo unos amigos muy pequeños de estatura que se llaman gnomos, son como las personas pero mucho más pequeños, más que los niños y a veces, cuando tu no estás conmigo, me vienen a ver, me hacen compañía, aunque como te digo, lo hacen cuando tu no estás, quizás te tengan miedo, yo se que tú no les harías daño porque son mis amigos, ¿verdad?. 

Nicolasa dio un maullido indicando al niño que así era, este sé quedó callado, pensativo, algo le rondaba por su cabeza y perdió la atención a Nicolasa, ésta maulló una y otra vez ¡Miau!, Y con su patita delantera derecha rascaba la pierna izquierda de Plinio, que así se llamaba el niño, 

¡Miau Plinio! 

¡Perdóname Nicolasa! Sé me quedó el cerebro en blanco pensando en los gnomos, que por cierto ya hace bastantes días que no me vienen a visitar, algún asunto importante les debe impedir venir a verme, que quieres que te diga, pero... ¿Sabes una cosa, Nicolasa? Qué con este calor que hace, me apetece echar una siestecita aquí entre la hierba verde y fresca. 

Tal y como lo dijo, así lo hizo, se encogió sobre sí mismo, acostado en forma de cuatro, Nicolasa imitándole, se colocó entre las rodillas y el pecho del niño y se quedaron dormidos. Plinio soñando con Mimosa, y Nicolasa pensando en un buen plato de pescado. 

¡Silencio, están dormidos, no hagáis ruido ni levantéis la voz!, Quien así hablaba era el jefe de los gnomos, que se llamaba Capri, le acompañaban Cornio, Pis, Cis, Ge, Minis, Escor y Pío, allí estaban quietos sin moverse, pasmados de miedo, observando a Plinio y a Nicolasa, pero su prudencia y temor, era debido, más que nada, a la presencia de Nicolasa, ellos de siempre se tenían creído que el felino era malísimo, y ahora pensaban y deducían, que no podría ser tan mala como habían imaginado, dado que estaba acurrucada durmiendo tan tranquila con su amigo, de ahí la sorpresa, la idea equivocada y el pensamiento erróneo sobre Nicolasa. Ese juicio de valor erróneo y precipitado sobre la presunta maldad del bicho en cuestión, se debía a que un día ella los había localizado por entre la hierba y los debió de confundir con aquellos roedores de mala cara llamados ratones, pero bueno, ahora el punto de vista había cambiado, ya no le tenían tanto miedo, la felino dormida, no parecía tan fiera y menos estando con el amigo Plinio. 

Capri, el gnomo jefe, sé dirigió a Cornio, que hacía las veces de hechicero y le dijo, 

Amigo y compañero, antes de salir de nuestro refugio, te di una bolsita, bien, extrae de ella un puñado del polvo que contiene y rocía con él a Plinio y a su amiga. 

Cornio así lo hizo y nuestros dos amiguitos, al recibir en sus cuerpos el polvo, que era mágico, se fueron reduciendo a la mínima expresión, a un tamaño pequeñito, pequeñito, similar al de los gnomos. 

Plinio y Nicolasa, a pesar de este pequeño incidente, ni se habían enterado, continuaban dormidos y al parecer soñando, pero cosa rara, con los ojos abiertos, tenían la sensación real que volaban entre las nubes, pues a escasos metros de sus ojos veían pasar los pájaros, las palomas, las gaviotas, incluso llegaron a ver una cigüeña, 

 ¡Adiós, señora Cigüeña, buen viaje!, saludó Plinio, 

Has visto Nicolasa, esa cigüeña es un correo, y lo que ves colgado de su pico es un bebé, y se lo lleva a sus padres, lo entregará sano y salvo ¡son estupendas las cigüeñas! 

Nicolasa maullaba de alegría ¡qué divertido era todo aquello! Luego de un periodo de viaje más o menos largo, de repente quedaron parados, suspendidos en el aire, ellos querían continuar con tan novedosa y excitante excursión, pero una fuerza invisible no los dejaba seguir y los arrastraba hacia tierra firme, según iban descendiendo, Plinio miraba a un lado y a otro pero no veía a nadie, no le encontraba explicación lógica a todo aquello ¿quien estaría tirando de la nube para que bajasen a tierra? Por mucho que pensaba y miraba no lo entendía, ni veía alma viviente, ensimismado con este pensamiento, ni cuenta se dio que ya estaba en tierra firme sentado en un campo, una especie de jardín en grande con mucha hierba verde verde, y muchas flores, de todas clases, colores y tamaño, aquello era un paraíso. Muy cerquita del lugar en que se encontraban, pasaba un río con las aguas limpias y azules, perecía un espejo, Plinio nunca había visto un agua tan limpia y cristalina como la que tenia delante de sus ojos, se quedó mirando para el agua y en ella vio reflejada multitud de aves y pájaros, de todo tipo, desde un canario a un pavo real ¡maravilloso!, Exclamó. Nicolasa con la lengua de fuera miró a Plinio, dándole a entender con este gesto que tenía sed, este le dijo, vete, vete a beber un poco de agua y calma tú sed, Nicolasa así lo hizo, sé acercó a la orilla del río, arrimó sus morritos y bebió muy despacio, el liquido sabía a gloria, jamás en su vida había tomado algo parecido, de su pecho salió un suspiro de satisfacción, levantó su cabecita, unas gotas de agua pendían de sus bigotes, pasó su lengua por ellos y por sus morritos, y quiso maullar, pero lo que salió de su garganta no fue, precisamente, un maullido, 

¡Qué rica y fresquita está!, 

Plinio sé quedó de piedra, clavó sus ojos en la cara de Nicolasa, quiso decir algo pero no pudo, incapaz de pronunciar palabra, asombrado estaba, ¡Nicolasa podía hablar igual que él!, Volvió a mirar para ella y vio a su compañera de fatigas muy ufana con la cabeza y cola levantada, como presumiendo de su nuevo don y con un orgullo fuera de lo común. Al verla en esa nueva actitud, a Plinio le desagradó un poco, estos animales, los gatos, por nacimiento y comportamiento ya son bastante presumidos y orgullosos, ahora que Nicolasa hablaba, veríamos como sería el asunto. Plinio le preguntó, 

¿Qué té pasa Nicolasa, por qué te pones así? 

Ejem, Plinio, ¿Qué quieres que te diga? Cómo verás soy una señorita distinguida con un toque de refinamiento y distinción, y como tal me porto, no veo yo ningún motivo de alarma, no creo que mi porte elegante te sorprenda ¿verdad?, ¡Mira que morritos tengo tan maravillosos! ¡Y estas uñas y este pelo! ¡Dios, qué guapa, coqueta y femenina soy!, 

Plinio alucinaba, no daba crédito a lo que veía y menos a lo que escuchaba, en un arrebato de furia, contestó,  

¡Venga ya! Vámonos y compórtate como es debido, deja a un lado esas tonterías y vamos a tratar de averiguar donde estamos y lo que hay por nuestro entorno. Y se puso a caminar por un sendero que discurría entre el río y el jardín. Nicolasa le seguía, dando pasitos cortos, pisando con suavidad aquel suelo rugoso que a punto estuvo, en varias ocasiones, de destrozarle sus preciosas y puntiagudas uñas. Continuaron adelante, pensando cada cual en lo suyo. Llevaban un buen rato caminando y todavía no habían descubierto nada nuevo, el paisaje no variaba y el desanimo cundía en sus almas. Por fin, después de tanto andar, divisaron algo diferente, lo cual, a pesar del excesivo cansancio, se constituyó en sus cerebros una alegría de satisfacción, sin embargo, antes de admirar tan agradable entorno, Plinio optó por sentarse y descansar, no estaba para mucho más. El lugar encontrado era una especie de plaza circular la cual estaba protegida y rodeada de un seto de arbustos muy bien cuidado, en el centro, un estanque con agua en el cual nadaban peces de múltiples colores, a cada lado del estanque un banco de granito blanco inmaculado y limpio, en uno de estos sé sentó Plinio, Nicolasa se acostó muy estirada ella, con la vista fija en el estanque, aquellos peces le daban vueltas en su cabeza, semejante visión le estaba causando algún quebradero de conciencia. 

La verdad es que se encontraban exhaustos. Entre el cansancio, los acontecimientos y un mucho de apetito, quedaron medio adormilados, por otro lado, tampoco sabían que hacer ni a donde dirigirse, aunque, la situación no era tan fácil, ni se iba a quedar así, de repente, y por sorpresa, un algo sobrenatural los volvió a la realidad. Una aureola de luz y color azul cielo de un brillo intenso, hizo su aparición delante de ellos, no podían distinguir lo que aquella luminosidad y colorido podía ser, cerraron los ojos, tanta claridad les molestaba, una voz salió de la nada,  

¡Plinio, abre los ojos, soy yo!,

Plinio no conocía aquella voz, pero sonaba muy bien, a música celestial, abrió los ojos y a la vez la boca, pero no pudo articular palabra, pasaron unos segundos que le parecieron una eternidad y al fin pudo exclamar, 

¡Mimosa! ¡Y puedes hablar!  

¿Como estás Plinio? Preguntó ella. 

Este sé bajó del banco, se abalanzó hacia ella pero ¡Oh! No la podía tocar, ver si la veía, pero no podía abrazarla, ¡qué desgracia la mía! Pensó Plinio abatido y lleno de pesar, se volvió a sentar y aquella intensa luz en forma de Mimosa hizo lo propio, dejando en el medio de los dos a Nicolasa. Pasaban los segundos y ninguno de los presentes tomaba la iniciativa del dialogo, se conoce que a consecuencia de lo sorprendente de la aparición. Entre tanto, tan extraña pero deliciosa aureola de luz se fue difuminando en la nada, dejando paso a un frágil y candoroso cuerpo de niña-mujer, lo que a la postre indujo a Nicolasa a romper el tenso silencio, para decir con voz hueca y remilgada, 

Perdonar queridos, os hablo a ambos los dos, y dirigiéndose a Mimosa en particular, yo soy Nicolasa, ¿y tu como te llamas, muñeca?, 

¡Encantada! Pues bien, yo me llamo Mimosa, 

¡Claro, eres la tal Mimosa! Exclamó Nicolasa, me lo imaginaba, Plinio me tiene hablado mucho de ti, me alegro de verte y conocerte, aunque la verdad, pienso que Plinio exageró un tanto, en cuanto a sus apreciaciones sobre tus cualidades físicas, en fin, no quiero compararme con nadie, pero a la vista está.

En tanto, el bueno y sorprendido Plinio, saliendo de su perplejidad y atontamiento, tomó la voz cantante. 

¡Nicolasa, las pedanterías y salidas de tono, déjalas para mejor ocasión! Dijo, y no me interrumpas, quiero hablar con Mimosa. Dime amiga mía ¿cómo estás, cuanto tiempo sin saber de ti? Cuéntame de tu vida desde tan nefasto día en que me separaron del circo, privándome de tu presencia y amistad, ¿recuerdas el momento en que me fue a buscar la policía? 

                   Cómo lo voy a olvidar. Verás, cuanto te llevaron me quedé muy triste, me sentía sola y abandonada, ya sabes como son los mayores, tan solo se preocupan de sus cosas, a nosotros los pequeños nos hacen poco caso, para ellos sólo cuenta si la gente va a ver el espectáculo, si la espada del tragasables está bien limpia, cosas así, y nosotros los pequeños, bueno pues eso, te dan de comer, de vez en cuando una muestra de cariño y ya vale, que lo pases bien y poco más. Te eché mucho de menos cuando te fuiste o te llevaron, me invadió la tristeza ¡lo había pasado tan bien en aquellos días que estuviste con nosotros! Aquellos caramelos tan ricos y las chocolatinas que comíamos a escondidas, debajo de los carromatos, ¿recuerdas? Y aquel día que le pusimos pegamento a la barra de las pesas, El Forzudo, cuando quiso dejarlas en el suelo, no las podía despegar de sus manos y el público venga a reír, ¡qué gozada! O lo del Fakír, ¡pobre hombre! Cuándo se acostó en su cama, a la que le habíamos conectado unos cables, y estos al enchufe de corriente eléctrica ¡qué manera de retorcerse! Mimosa y Plinio no paraban de reír, estaban a mandíbula batiente. Nicolasa no lo podía entender, no le hacía la menor gracia, todo aquello le parecían bromas de muy mal gusto, poco fino, de gente con poca clase, rayando a la ordinariez total y absoluta, pero siguió escuchando. 

Plinio tomó la palabra. Si que es verdad, ¡qué tiempos! Pero dime Mimosa, ¿qué haces aquí? 

Bueno, eso mismo podría preguntarte yo a ti, supongo que todo esto, tanto lo tuyo como lo mío, debe de tener una explicación, sino lógica, al menos de acontecimiento milagroso, en fin, sin embargo y hablando de la verdad, confieso que no se como pude llegar aquí y menos como puedo oír y hablar, el caso es que aquí estoy y doy por hecho que tendré que contarte lo que me pasó desde que te marchaste. 

Me gustaría oírlo y conocer todos los detalles, significas mucho en mi vida.  

Bien, a partir del día en que nos "dejaste", seguimos nuestra ruta hacia otras tierras, como venía siendo habitual, recorriendo pueblos, comarcas, aldeas, siempre actuando y viviendo al día en los carromatos. En una jornada de esas, ya en invierno, en la que el temporal y la tormenta eran de los que hacen época, nos dirigíamos a un pueblo en busca de refugio, avanzábamos por una carretera de tercer orden, muy despacio, aquel camino estaba prácticamente intransitable, los caballos apenas tenían fuerza para arrastrar los carros por el fango, el suelo, a consecuencia del agua y de la nieve se encontraba en muy malas condiciones, muy resbaladizo y peligroso, a un lado la montaña, al otro un precipicio. El carromato en el que viajaba yo, era el del Jefe del Circo ¿te acuerdas de él? Pues iba ocupado por éste, dos personas más y yo misma, en esto, el carro quedó atascado en el barro, ellos se bajaron para empujar y tratar de sacarlo de allí, yo llevaba las riendas, sentada en el pescante, ¡arre caballo! Pero nada, ni un paso adelante, ni un paso atrás, de repente como desencadenante de tan horrible tormenta, un rayo y acto seguido el trueno, ¡qué estruendo! Los caballos se asustaron, fue tan grande y fuerte aquel estallido, que los animales tiraron con tal fuerza que sacaron al carro del atasco, si, pero desbocados y sin control, desgraciadamente fuimos de cara al precipicio, rodamos ladera abajo estrellándonos al fondo del abismo contra unas rocas. Nada sé movía a mí alrededor, ni tan siquiera los caballos, el silencio allí abajo era sepulcral, todo aquello era aterrador, yo, entre los hierros y maderas del carro, no me podía mover, al poco tiempo, unos minutos quizá, sentí que me elevaba suavemente envuelta en un círculo de luz, y me fui hacia el cielo dejando una estela blanca como la nieve, que marcaba el camino que mi alma había seguido en busca del paraíso, después de morir. 

Plinio, con lágrimas en los ojos y la boca abierta, miraba para Mimosa una vez y otra y no daba crédito a lo que veía y oía, pero lo estaba oyendo y viendo claramente, ¿era verdad todo aquello o padecía de alucinaciones? Pues no, él estaba allí y también Nicolasa, por cierto, recordó, ¿y Nicolasa?. Miró para ella y vio, o le pareció ver, que unas lágrimas resbalaban por su carita, los bigotes y por sus morritos, ¿pero los gatos lloran, tienen lágrimas? No lo sabía, ¡qué más daba! El caso es que ya no sabía que pensar ni que decir, si todo aquello era real o irreal, ¿o es que debido a su edad, a su poca edad, no lo podía entender? ¿Estaría soñando? 

                   Mimosa, con voz dulce y cantarina, en su boca se dibujaba una sonrisa angelical, dijo con ánimo tranquilizador, 

Plinio, no te preocupes, ni sufras por mí, soy muy feliz, desde mi nuevo hogar te veo todos los días, cierto que tu no me puedes ver, pero yo velo por ti y de ahora en adelante, también por Nicolasa, así que, amigos míos, no lloréis, pensad que me encuentro feliz y mucho más si vosotros lo sois y además, de ahora en adelante, compartiréis conmigo este secreto. 

Dicho esto y sin tiempo a nada más, volvió a aparecer aquella aureola de luz y color. Mimosa paso a paso y muy lentamente, fue subiendo por una especie de escalerilla a aquella nube de forma circular, la cual, una vez instalada tan delicada y dulce viajera, sé empezó a desplazar hacia otro cielo, dejando una estela blanca como la nieve, que señalaba un camino hacia el Más Allá. 

En el prado, entre la hierba, expectación, Capri, Cornio el Hechicero, Pis, Cis, Ge, Minis, Escor y Pío, sentados alrededor de Plinio y Nicolasa, contemplaban cariñosamente el profundo y pesado sueño que envolvían a estos dos personajes. Capri, que era la voz cantante del grupo de los amigos gnomos, comentó, 

Bueno, vámonos de aquí, dentro de un momento despertarán y nos pueden ver, están a punto de concluir los efectos de los polvos mágicos. 

Dicho esto, desaparecieron como por arte de magia. 

Plinio y Nicolasa, Nicolasa y Plinio, despertaron al mismo tiempo, Plinio bostezaba y Nicolasa se estiraba como lo suelen hacer los felinos. Plinio miró para su amiga la gata, como buscando algo y le preguntó. ¿Nicolasa, tu sabes hablar? A lo que ella contestó. ¡Miau! Claro, los gatos no hablan, eso sólo se da en las historias de hadas y en los cuentos, y sin más, tomó el camino de su casa, pensado en que a veces los sueños te juegan una mala pasada, pero estaba feliz, había dormido bien, aquella siesta le había sentado de maravilla aunque notaba cierta pesadez en la cabeza y en el estómago, algo así como un mareo, como si hubiese viajado por entre las nubes. Nicolasa le seguía muy estirada, orgullosa y presumida y cierto aire de pedantería estudiada. 

Fueron pasando los días, el verano continuaba su marcha hacia adelante y Plinio, al no tener colegio ni amigos, seguía encontrándose cada día mas sólo, por lo tanto, tenía mucho más tiempo para pensar y jugar, aunque jugar, jugaba poco, estaba desganado y casi sin humor, había algo que le privaba de pensar libremente, le rondaba en su cerebro y era relacionado con Mimosa, no sabía exactamente lo qué, era parecido, suponía, a un sueño, quería recordar y aunque vagamente, sólo se acordaba que tenía relación con su amiga del alma, si, pensaba, quizá un mal sueño, no se lo podía explicar, el caso es, que todos los días, como siempre, y en aquel verano más, iba al prado a dormir la siesta con su amiga Nicolasa, pero era incapaz de pegar ojo, no se quedaba dormido ni a la de tres ¿por qué? Sé preguntaba una y otra vez, en cambio Nicolasa sí dormía a pierna suelta ¡y de qué manera!, Incluso roncaba y eso le ponía muy nervioso, quizá por envidia y por momentos, trataba de hacerle la vida imposible, le tiraba de los pelos del bigote para despertarla, pero no había manera, dejaba de roncar unos instantes y luego, vuelta al concierto, no había quien la despertara, dormía como un tronco, ante esta situación, Plinio optaba por levantarse y dejarla allí a pierna estirada y que fuera feliz con sus ronquidos, él se iba a pasear, a dar una vuelta por el prado a escuchar el canto de las cigarras, de los grillos, de los pájaros, ¡de lo que fuese! Con tal de no oír a su amiga, lo que hiciera falta, reflexionando sobre la marcha, que la amistad a veces no es bien correspondida ¡ten amigas, para que se te queden dormidas cuando más las necesitas!. 

El verano siempre te trae algo nuevo, y en la mañana de aquel nuevo día, en las paredes de las casas de su pueblo, aparecieron pegados unos carteles en los que se anunciaba la actuación de unos titiriteros, una especie de circo ambulante, y por supuesto, a Plinio, ésta expectativa le interesaba muchisimo, pensaba en la inmensa suerte que tendría, si sé diese la casualidad, que fuesen los de la "otra vez", entonces vería a Mimosa, ¡qué felicidad!, Aquella noche durmió muy mal, nervioso e inquieto, le tardaba en llegar la hora de la función. Las horas le pesaban como una losa.  

Al día siguiente sé levantó muy temprano, realizó todos los recados que le encomendaron en su casa, con una celeridad fuera de lo común, en aquellas horas del día, se daba cuenta de lo acelerado que sé movía, y se calmaba, pero pronto lo olvidaba y volvía una y otra vez al mismo ritmo, no recordaba en su corta y pequeña existencia, haber mirado tantas veces en un solo día, el reloj del campanario de la Iglesia, y todavía eran las cinco de la tarde, la función estaba anunciada para las ocho. 

Sonaron las campanadas en aquel reloj anunciando las ocho de la tarde. En la plaza del pueblo se iba a desarrollar la función. Plinio en primera fila, nervioso esperaba expectante, como todos los demás, pero por diferentes motivos, a que se iniciara la actuación de los saltimbanquis, la impaciencia que sentía Plinio, como era de suponer, no sé debía a los actos que pudieran realizar los artistas, sino a si estos, eran los que él pensaba, si les conocía. Los primeros en actuar eran una pareja mixta, realizaban equilibrios y juegos con unos aros y platos, después el tragasables, los payasos, el del fuego por la boca, poco a poco, aquella expectativa que se había apoderado de él, fue bajando de tono convirtiéndose en decepción, no conocía a nadie de aquellos personajes, ¡qué desilusión! No era ninguno de los que esperaba encontrar, ni tan siquiera el locutor que anunciaba el espectáculo y participantes, se le hacía conocido, y así, después de un breve descanso, sólo faltaba el número final, Plinio tenía la intención de marchar, pero algo en su interior le indicaba que esperase, al fin y al cabo, se trataba de un número más ¿qué podía perder? Sólo el tiempo pensó, mucho que hacer no tenía, así que, se volvió sentar y esperó a que saliera aquel último participante y se oyó por la megafonía ¡El hombre más fuerte del mundo, el inigualable, el más capaz, el ya enfrentado con otros hombres y nunca vencido, el más vigoroso, con ustedes... Ta-ta-ta-chin! ¡El Forzudo Fortunato Tonelada!, Aplausos. 

Plinio quedó estupefacto, a aquel sí le conocía, allí estaba su amigo El Forzudo, y por supuestísimo, amigo de Mimosa. ¡Qué suerte haberme quedado! Pensaba Plinio, pues si, era él, vestido como de costumbre, con taparrabos estilo traje de baño, una piel de leopardo que le cruzaba la mitad del pecho, y aquellos botines negros, si, no había duda, con sus pesas hacía las delicias del público y que de vez en cuando saliese de sus gargantas un ¡Oh! De sorpresa y al mismo tiempo de terror, había cambiado un poco el número, con un brazo levantaba la barra provista de las dos bolas, y con el otro, subía una pesa de 100 Kg y la ponía en la cabeza. 

Aquel número era genial y espectacular, la gente aplaudía a rabiar, estaba encantada y sorprendida, por semejante exhibición de fuerza y equilibrio. 

Aquel espectáculo había llegado a su fin. Plinio esperó a que el público abandonase el lugar en que se había celebrado el espectáculo, y una vez que en la plaza ya no quedaba ni un alma, sé fue acercando sigilosamente al carromato del Forzudo, poco tenía que buscar, puesto que solamente eran cuatro los carros que allí había, y además, era fácil de identificarlos debido a los dibujos alegóricos que cada uno de ellos llevaban pintados en los laterales, sé acercó al de su amigo, llamó a la puerta con los nudillos de su mano derecha, y no esperó respuesta alguna, movió la manilla del picaporte de la puerta y la abrió, divisó un biombo y notó que detrás del mismo se encontraba una persona. 

¿Quién va?, dijo una voz, 

¡Forzudo, soy yo, Plinio!, 

Por encima del biombo asomó una cabezota grandota y barbuda que pertenecía al gran hombre, cuyos ojos reconocieron al instante la figura de Plinio,  

¡Plinio, qué alegría!, No esperaba encontrarte por aquí, aguarda un momento que ya salgo. 

En medio del carromato se encontraban Plinio y Fortunato, niño y hombre, este le tomó entre sus brazos y lo apretó contra su pecho, un abrazo fuerte, sincero y fraternal, como corresponde a dos amigos que se encuentran después de mucho tiempo. 

¡Plinio, corazón mío, cuanto tiempo sin verte! ¿Qué es de tu vida?, Ven, sentémonos aquí, cuéntame. 

                   Poco tengo que contarte, la vida en mi pueblo es bastante aburrida, me siento muy sólo, aunque ciertamente, no se consuela el que no quiere, y en mi caso tengo una gata que se llama Nicolasa y me hace compañía en mis juegos y en mi vida. ¡Cómo me alegro de verte Fortunato! 

                   Fortunato Tonelada sonreía, si, evidentemente le gustaba Plinio, era un buen chico. 

Pero ¿algo harás? Supongo que vas al colegio ¿no? 

                   Si, pero cuando acabe el verano. Hasta el otoño no comienza el curso, así que, como ves, tengo motivos para aburrirme. 

                   Bueno hombre bueno, alguna correría tendrás que contar, siempre hay algo en que matar el tiempo, no se puede ni se debe estar ocioso                  

Fortunato, perdona pero ¿te puedo hacer una pregunta?. 

Si hombre, como no, claro que si, ya sabes que somos amigos y los amigos están para las ocasiones, pregunta lo que quieras. 

                   Es que verás, quería preguntarte por aquella niña, sé llamaba Mimosa ¿te acuerdas de ella, por qué no está con vosotros?

                   Fortunato sé quedó mirando a Plinio, aunque esperaba aquella pregunta, al escucharla de labios de su pequeño amigo, le cogió un tanto de sorpresa, al tiempo que se le encogía el corazón. Aclaró la garganta, carraspeó un poco y se dispuso a hablar, 

Mira Plinio, hay cosas en esta vida que son imprevisibles, son injustas, pero suceden, ya sé que querías mucho a Mimosa, pero a veces ocurre lo inevitable y la vida tiene que seguir, y eso, por mucho que nos duela, es así, hay que mirar hacia adelante. 

No entiendo muy bien lo que me quieres decir, contestó Plinio. 

                   Supongo que no, pero si te digo todo esto es para que te des cuenta de que algo ha pasado y seguro que no te va a gustar.                  

Ya, dijo Plinio, pero yo té pregunté por Mimosa. 

Si claro, y yo trato de transmitirte algo para que entiendas el mensaje antes de que hable sobre lo que me preguntas, a veces suceden hechos que a nadie le agradan y que por su trascendencia, determinaran nuestra capacidad para sufrir o reír, hay que estar preparado para lo bueno y para lo malo, y la pregunta es, ¿tú lo estás? 

Si, creo que lo estoy, contestó Plinio. 

                   Bueno, empezó diciendo Fortunato, no hace mucho, aún seguíamos todos juntos, todos aquellos que tu conociste, estábamos por los pueblos del norte, prolongamos mucho nuestras actuaciones, quizá esperamos demasiado en aquellas latitudes, el caso es, que el invierno vino muy rápido y se nos echó encima, nos cogió de sorpresa, entonces quisimos recuperar el tiempo perdido a la mayor rapidez posible, y enfilamos el camino hacia al sur, buscando el calor y un tiempo más apacible para seguir trabajando, ya sabes que nosotros en los viajes nos movemos por carreteras secundarias, mejor dicho, de tercer o cuarto orden, bueno, en realidad más que carreteras eran caminos empedrados y de barro, y en esa tarea estábamos, conducíamos los carros con bastante dificultad por un angosto camino lleno de dificultades, pero mal que bien, avanzábamos en busca de nuestra ansiada meta, cuando de repente se desató una tormenta descomunal, lluvia, nieve, rayos y truenos, ¡era de verdadera impresión!. Uno de los carros quedó atrapado en el barro, no había forma de moverlo, los caballos eran incapaces de arrastrarlo, entonces nos bajamos todos para ayudar, venga a empujar y tratar de sacar el carro del atolladero en que estaba metido, la única persona que quedó en el carro era Mimosa, alguien tenía que llevar las riendas, además era la más pequeña, cuando ya parecía que el carro se movía, un rayo relampagueante, seguido de un trueno increíble, nos dejó prácticamente inertes a todos, los caballos se desbocaron, el carro salió de su atasco pero sin control alguno, con tanta mala suerte que salió disparado hacia adelante, un camino peligrosísimo y a un lado del mismo, un precipicio. Nada sé pudo hacer. Los caballos, el carro, con Mimosa en su interior, se precipitaron por el acantilado rodando ladera abajo. Hecho añicos reposaba en el fondo del barranco. A pesar del mal tiempo, y de todo aquel temporal, tratamos por todos los medios de rescatar a Mimosa, para ello echamos unas cuerdas para bajar al fondo del barranco, y así lo hicimos, pero al llegar abajo vimos que Mimosa yacía tendida entre un amasijo de tierra y madera, yo traté de reanimarla, la tomé entre mis brazos, aún respiraba, con mucha dificultad, pero respiraba, la abracé, limpié su carita, la tenía salpicada del barro, abrió los ojos, me miró, una sonrisa asomó a sus labios y con un profundo suspiro, dejó de existir, nos había dejado para siempre. 

Fortunato, el hombre más rudo y fuerte del mundo tenía los ojos llenos de lágrimas, un fuerte desasosiego sentía Plinio, que también lloraba conmocionado por el relato que acababa de escuchar, y al tiempo contemplaba consternado, como aquel hombretón grande y fuerte se encogía sobre sí mismo y sollozaba amargamente. Sentía una gran tristeza ante lo ingrato de semejante cuadro, era algo más de lo que un cuerpo puede aguantar. Plinio no pudo aguantar más, sé abrazó a Fortunato, y así, en aquel carromato, mudo y como testigo de excepción, estuvieron bastante tiempo sin decirse ni una palabra. 

                   Plinio y Fortunato, con el paso de los minutos iban recobrando la tranquilidad. Después de tan real y triste episodio comentado, en el que habían pasado por diversos estados anímicos, tenían la vista puesta en la esperanza de la normalidad, sobre todo Fortunato, que sin proponérselo había revivido con inusitada ansiedad emocional el tramo final de tan fatal desenlace. Aquel compás de espera en el más absoluto de los silencios, fue beneficioso tanto para uno como para otro, El Forzudo recobraba su compostura habitual y el pequeño reflexionaba sobre el lado oscuro de la situación, en la que a pesar de su corta edad, había sufrido paso a paso e intensamente lo que su amigo le había contado, y tenía la mala impresión que casi todas las connotaciones del desgraciado capitulo no le eran desconocidas, sin saber muy bien por qué, ni cuando, ni como habían llegado a sus entrañas, las secuencias de todo lo que entrañaba semejante historia cargada de fatalidad, pero incidía mentalmente que el fondo de todo lo que rodeaba a tan turbulento suceso, no era nuevo para él, ya lo había "vivido" anteriormente, ¿pero donde? O ¿había sido un mal sueño fruto de su imaginación? La verdad, estaba hecho un lío y a pesar de que todo el tema tomaba cariz de lo inesperado, por lo verdadero, él no podía recordar con claridad todo el asunto, sin embargo, insistía, estaba totalmente seguro que no era la primera vez que tenía conocimiento de algo parecido.  

                   Fortunato recobró su compostura habitual, y preguntó ¿en qué piensas Plinio? 

Pues verás, estoy muy triste y noto en falta a Mimosa, tenía mucha ilusión en verla y tenerla entre nosotros ahora que vino el circo, también a ti y a los otros, claro, yo creo que estaba enamorado, la quería mucho y me lo había pasado muy bien con ella, nos divertíamos y jugábamos haciendo alguna gamberrada que otra, ¿recuerdas? 

                   Fortunato asentía a todo lo que Plinio le comentaba. El pequeño personaje siguió hablando de los muchos momentos felices que pasara con Mimosa, pero al mismo tiempo, pensando en que le faltaba por confesarle a su gran amigo Fortunato lo que le rondaba por su cerebro, aunque, ¿cómo empezar? No sabía siquiera si lo había vivido o soñado, el caso es que Fortunato aparte de amigo, era su real confidente, por lo tanto no debía de tener secretos con él, y decidió contárselo. 

Tomó la decisión de hablar de todo aquello, porque a medida que Fortunato le fue contando detalles de lo acaecido a Mimosa, a Plinio le venían a la memoria con mucha más claridad los hechos que, presuntamente, él creía haber soñado. 

                   Fortunato, ¿te puedo hablar de algo que creo me pasó hace unos días?

                   Claro que puedes, ¿somos amigos, no? 

Sí claro, pues verás, tu sabes porque así te lo conté. Que tengo una gata que se llama Nicolasa, ella y yo tenemos la costumbre de echar la siesta en el prado, en medio de la hierba, nos quedamos dormidos y..... 

Plinio le contó todo lo que en su cabeza rondaba, que no era mucho, puesto que, como había reconocido previamente, de pocos detalles se acordaba, aunque si de los más importantes, al menos, así lo creía y lo entendía él.  

Fortunato no salía de su asombro, porque si bien es verdad que Plinio no recordaba mucho de su sueño aventura, según lo relataba, sé iba acordando de más detalles del suceso, y la verdad, el fondo, tenía similitud con la realidad, quizá, pensaba Fortunato, el niño estaba influenciado por lo que él había contado. 

Plinio, tendrás que ser muy cuidadoso con lo que tú y yo estamos hablando, me refiero a que todo lo que comentemos entre nosotros sobre este tema, no sé lo deberás decir a nadie, tiene que quedar entre los dos, es nuestro gran secreto y lo digo, porque creo, estoy convencido de ello, que has vivido una aventura triste y a la vez alegre, eso sí, de lo más increíble que se pueda dar aunque no sepas como se produjo, yo me inclinaría por asegurar que no lo soñaste, entiendo que fuiste transportado a otra dimensión por una fuerza sobrenatural, no tiene explicación lógica, y menos que yo te la pueda dar, pero es como en los cuentos de hadas, y aunque hay muchísima gente que no cree en estas cosas, yo si creo, y tú también deberías de creer. 

Plinio miró para Fortunato, y le dijo muy convencido,

Fortunato, yo creo en las hadas y en los gnomos y además, es que me gusta creer, lo único que me pasa es que sufro por no tener a Mimosa a nuestro lado. 

Tienes que comprender Plinio, que así es, desgraciadamente ella ya no está, y por mucha tristeza que eso suponga, debes de estar alegre y contento, porque esa fuerza sobrenatural, esa aventura, por llamarla de alguna manera, aunque fuese como un sueño, te dio la oportunidad de hablar y ver a Mimosa, cosa por otro lado, imposible para cualquier mortal, has pasado por una situación que no le sucede a nadie más que a los elegidos, y tú, la has vivido encontrándote con tu amiga, por eso pienso y digo que tienes que creer, y al mismo tiempo, me doy cuenta de lo mucho que la querías, ese cariño, ese amor que sentías por ella, fue lo determinante para que llegaras a estar a su lado, en el Paraíso, esa fe, ese amor, ese cariño por nuestros semejantes, son los que llevan a uno a situaciones límite, como ésta que te acaeció a ti, aunque hay que contar con otros condicionantes que, supongo yo, actuaron en tu caso, y que yo no puedo, ni sé darte una explicación lógica sobre ello, porque se trata ni más ni menos que del enigma de lo inexplicable, pero si no tuvieras esos sentimientos hacia Mimosa, seguro, seguro, que no hubieras vivido o soñado semejante situación. 

Al día siguiente por la mañana, el reloj de la Iglesia marcaba las 10.00 horas, Plinio fue en busca de Fortunato, este estaba desayunando en su carromato. 

¡Buenos días Fortunato! 

¡Hola Plinio, buenos días! ¿Desayunaste? ¿Quieres tomar algo?

No, no quiero tomar nada, ya desayuné, dijo Plinio ¡muchas gracias!. 

¿Qué vas a hacer hoy? Preguntó Plinio. 

Pues, la verdad, todavía no lo sé, mis compañeros del circo se marchan hoy, pero yo estoy pensando, y así se lo dije a ellos, que me voy a dedicar a no hacer nada durante una temporada, me incorporaré al circo en invierno cuando vayamos al Sur, mientras tanto me quedaré unos días por aquí, en tu pueblo, luego veré y decidiré lo que hacer. 

¡Que bien Fortunato!, Exclamó Plinio, ¡cómo lo vamos a pasar!, A mí me gusta mucho estar contigo. 

Ahora y de inmediato, nos vamos a dar una vuelta por ahí y de paso avisas en tu casa que té quedas a comer conmigo, y después compraremos las viandas para preparar la comida ¡y no te olvides de traer a Nicolasa! 

Salieron del carromato, se fueron de compras, avisaron en casa de Plinio, metieron a Nicolasa en el carro, ésta se acomodó en el pescante, engancharon los caballos y se dispusieron a recorrer el camino en dirección al prado de Plinio, les gustaba más aquella zona para pasar unos días, que el centro del pueblo, y llegados a aquel lugar, quedaron instalados. 

Fortunato, que además de ser un Gran Forzudo era un estupendo cocinero, preparó una buena paella para Plinio y para él, y a Nicolasa una fritura de pescados variados. 

                   El día era sensacional, lucía un sol esplendoroso y hacía bastante calor, que invitaba, después de una buena comida, a una mejor siesta, los tres, Fortunato, Plinio y Nicolasa aprovechando la sombra que proyectaba el carromato, en el medio de la hierba verde y fresca, se tumbaron a dormitar y los tres, al cabo de pocos minutos, dormían como troncos. 

¡Silencio, no hagáis ruido! El que esto decía era el gnomo Jefe, conocido por Capri, el cual venía acompañado por Cornio El Hechicero, Pis, Cis, Ge, Minis, Escor y Pío, habían aparecido por allí como por arte de magia, aquellos seres pequeñajos, metomentodo, picarones pero simpáticos a más no poder, algo gamberrotes, pero buenos como el mismísimo pan, tenían pinta de querer hacer algo por aquellos tres que dormitaban profundamente al frescor de la verde hierba, y así fué.  Cornio El Hechicero, previa orden del gnomo Jefe Capri, revolvió la bolsa que llevaba atada a su cintura, metió la mano en su interior, sacando entre la palma y sus dedos de la mano derecha, un polvo mágico de estrellas, finísimo polvo de oro y con un gesto lo esparció en gran cantidad, sobre los cuerpos de Plinio, Fortunato y Nicolasa. 

                   Y digo yo Jefe, que habrá que reforzar la nube, era Cornio el que hablaba, porque cuidado que es grande y fuerte el tío éste. 

Si que lo es, pero no hay cuidado, el ungüento de hoy tiene algo especial y tú lo sabes ¿o no? 

Sí, lo sé. 

Entonces, adelante y sin demora. 

Un círculo de luz deslumbrante coqueteaba con las nubes, a lo más alto del cielo se dirigía, dejando tras de sí, una estela brillante que indicaba un camino seguido. Los habitantes del pueblo, algunos, no todos, que salían de sus casas, luego de la correspondiente y cotidiana siesta, contemplaban asombrados con cierto aire de estupor y preocupación en sus caras, aquel fenómeno de luz que no tenía forma ni color definido, pero para aquellos que lo veían, era motivo de nerviosismo, ¿qué sería aquel nada que surcaba por el cielo? Algunos pensaban para su interior que debía de ser un milagro, pero no decían ni pío, por miedo a que se rieran de ellos, porque en aquel miserable pueblo no se daban ni milagros y menos en verano. Fuera lo que fuese, aquello se estaba produciendo y no había vuelta de hoja, así que, lo mejor y más prudente, sería hacer la vista gorda, no fuera a ser que aquella visita celestial trascendiera y a alguien, al listillo de turno normalmente, se le ocurriera indagar y pedir explicaciones a los testigos de tan nada habitual fenómeno y con ello, se fueran complicando las cosas para los que supieran demasiado, mejor sería dar la espalda a los acontecimientos y con media vuelta, yo no he visto nada. 

Pero entre las nubes las cosas eran diferentes, dentro de aquella aureola-nube viajaban tres personajes, como es de suponer, debidamente camuflados para la vista de los humanos. El primero en despertar fue Plinio, y notó que se encontraba más ligero que de costumbre, la misma sensación que en la anterior ocasión. Nervioso y alborotado agarró a Fortunato por las solapas de la chaqueta tratando de despertarlo e incorporarlo, en su excitación, no caía en la cuenta de que Fortunato pesaba, aproximadamente, 100 Kg por lo que, el intento, sería vano tratar de incorporarlo, otra cosa podría ser que lo despertase, como así fué, 

¿Qué pasa, a que viene tanto alboroto y excitación? Preguntaba Fortunato aún medio adormilado, 

Pues pasa ni más ni menos que estamos viajando por el aire, entre las nubes, dijo Plinio entusiasmado, esto es lo que me pasó a mí y a Nicolasa en aquella ocasión que yo te conté, a todo esto ¿y Nicolasa? 

Nicolasa estaba patas arriba relajada ella, relamiéndose y disfrutando por anticipado, pensando supuestamente, en que aquel viaje llevaba camino de pasar por una situación tan grata y distinguida como la otra vez, ¡se le ponían los pelos de punta! ¡Qué guay! Aunque aquello, lo de los pelos, no le convenía, tendría que peinarse y acicalarse, para no dar mala imagen a quien pudiera verla. 

Que duda cabe, Plinio sé sentía feliz, una, porque quizá, volvería a ver a Mimosa y otra por Fortunato, y aunque éste era mucho mayor que él, en esta ocasión él, Plinio, llevaría la voz cantante, para eso había pasado la experiencia del viaje anterior. 

Y no paraba de hablar, 

Lo ves Fortunato, ahora pasarán los pájaros ¿los ves, que te dije?, ¡Buenas tardes, señor pájaro! 

¡Hola Plinio, adiós!,  

Dentro de un momento veremos a la cigüeña-correo de bebés, 

¡Adiós Plinio y compañía, no me puedo parar, ya sabes que en verano tenemos mucho trabajo, parece como si todo el mundo se pusiera de acuerdo para hacer los encargos en esta época!, 

Bueno pues nada ¡adiós, ya nos veremos en otra ocasión, y que la suerte le acompañe!. 

Fortunato estaba anonadado, aunque había creído lo que Plinio le contara, la verdad cargada de sinceridad, no esperaba que le pasara a él, por mucho que hablara y creyera en estas situaciones. Sentía un malestar en el estómago, como un mareo, a pesar de su fuerte constitución física, no podía evitar sentir ¿miedo? No, era una sensación distinta, mareos y vértigo, si, de eso sé trataba y además. Respeto por la altitud, aquello de volar no se había hecho para él, pero pensaba y meditaba sobre todo lo que estaba aconteciendo en Plinio, en la ilusión que le embargaba ante la posibilidad de ver por segunda vez a Mimosa, le vino a la memoria una duda ¿qué edad tendría Mimosa? Que pregunta, que tontería, a estas alturas que más daba la edad que tuviera, no obstante, allí, en su cerebro, seguía la incógnita de la edad, pues vamos a ver, Plinio tiene ocho años, ella era un algo más joven, quizá si, quizá no, ¿seré capaz de pensar ordenadamente? Sí claro, iba camino de cumplir los ocho años si no los había cumplido ya, después de esta reflexión se quedó como más tranquilo, aunque sé sintió preso de los  nervios al volver a la realidad, al caer en la cuenta del medio de transporte en que eran trasladados y se puso peor, definitivamente las alturas no eran lo suyo. 

                   Con este pensamiento estaba cuando escuchó a Plinio que le decía, 

¡Despierta Fortunato!, Estamos bajando ¿lo ves?, 

Y tomaron tierra, nada más tomar contacto con la superficie, Fortunato ya era y se encontraba como siempre, volvía a ser Fortunato Tonelada El Gran Forzudo, aquí en tierra firme si, pero suspendido en el aire le podían cambiar el nombre y acertarían, pues se parecía más a Desgraciado Mermelada El Encogido, que a él mismo, pero bueno, ya había pasado lo otro, así que, como persona mayor del susodicho viaje debía de preocuparse por sus compañeros, primero reparó en Plinio, estaba perfectamente, y Nicolasa, un poco inquieta como buscando algo, en esto dijo Plinio, 

¿Sabes lo que le pasa a Nicolasa, Fortunato?, La verdad es que está buscando el río para beber, ya que de la otra vez, nada más probar el agua, pudo hablar. 

Pero por aquel lugar no pasaba ningún río, es más, no había ni rastro de agua, el paisaje era mas bien árido que verde, con bastantes dunas de arena formadas con toda seguridad, por los vientos alisios que debían de soplar por aquel lugar, así que tomaron la decisión de subir por aquellas dunas, ya que su altura no dejaba contemplar lo que podía haber al otro lado, comenzaron a subir, más que dunas eran pequeñas montañas de arena, pero ésta era tan fina, que los pies se les hundían, lo que les creaba ciertas dificultades al caminar, Fortunato se dio cuenta que la pobre Nicolasa no podía avanzar, al oír el primer maullido lastimero, se paró, volvió sobre sus pasos y la tomó en brazos, lo cual, con una mirada y un ronroneo quiso agradecerle lo que hacía por ella, ¡otra cosa sería si pudiera hablar! Pensaba Nicolasa. No sin cierto esfuerzo, al fin lograron rebasar los montículos de arena, debido a ello, respiraban entrecortadamente. Se tomaron un respiro. Todavía no se habían fijado en su entorno, cuando lo hicieron, divisaron a escasos metros una especie de plaza de forma circular, de suelo empedrado, rodeada de unas elevaciones de piedra, partiendo de estas paredes, una especie de escalones, que tenían la total similitud con los graderíos de un campo de fútbol, en esto Fortunato le dijo a Plinio, 

Lo que estás contemplando son vestigios de un circo romano, ¿sabes lo que es un circo romano Plinio? 

Este asintió, sí, lo sé, al menos es lo que dice mi libro de historia, el del cole. 

Caminaron en dirección al centro de la plaza. En lo que debía de haber sido el centro geométrico, había una piedra de granito de forma rectangular de unos dos metros de largo, metro y medio de ancho y un metro de altura, se pararon, la contemplaron, Nicolasa como buen felino que era, dio un salto y se subió a ella, mientras que Fortunato le decía a Plinio, 

Esta piedra, debió de ser un altar para realizar sacrificios, estas estrías, y señalaba la piedra, lo confirman, tú sabes que en otros tiempos y en otras religiones, los pueblos por medio de sus sacerdotes ofrecían sacrificios de animales a sus dioses, incluso en algunas civilizaciones, según cuentan los historiadores, hace bastantes siglos sacrificaban a seres humanos como castigo por haber hecho algo malo o prohibido. 

Dicho esto, Fortunato sé sentó en la piedra y Plinio se subió a ella y comenzó a dar saltos, quizá tratando de probar la dureza y fortaleza de tan antiguo granito. En esta tesitura se encontraban, Nicolasa acostada, Fortunato sentado y Plinio dando saltos en la superficie de la piedra-altar, y de repente, como por arte de magia, la piedra cedió, se abrió en dos partes dejando al descubierto la boca de un túnel de unos dos metros de ancho y caída prácticamente vertical, y por él, sin quererlo, se deslizaron Nicolasa, Fortunato y Plinio a una velocidad de vértigo, se veían transportados en contra de su voluntad, ellos trataban de cogerse entre si con las manos, Plinio gritaba, Fortunato rezaba en alto, Nicolasa patas arriba y maullando, pero lo único que se oía era ¡shisssss! Los cuerpos deslizándose ¡shisssssss! Era interminable, no tenía fin, de pronto, al fondo una luz ¿sería el final del trayecto y la luz de la supervivencia? Los tres personajes nada podían hacer para que aquello se terminase, sólo aquel ruido ¡shisssss! Al deslizarse por aquel agujero de paredes tan resbaladizas y de cuesta abajo. 

¡Choof! ¡Choof! ¡Choof!, Los tres cuerpos, uno tras otro, fueron cayendo al agua. El final de aquel túnel desembocada en un lago. Fortunato, recuperado del golpe al contactar con el agua, buscaba con la vista a Plinio, tenía que estar muy cerca de él, ya que prácticamente cayeron juntos pero no lo veía, 

¡Fortunato, aquí! 

Era Plinio el que llamaba, y que trataba de mantenerse a flote, braceando sin parar, con desesperación, ya que no sabía nadar, jadeaba con el esfuerzo. Tan rápido como pudo, Fortunato se acercaba nadando en busca de su pequeño amigo,  

¡Agárrate a mi brazo!, 

Pero no hacía falta que nada le dijera. Plinio en un esfuerzo sobrehumano se enganchó a la espalda de Fortunato, de tal manera, que hizo que éste quedase sumergido en el agua y por una fracción de segundo, pensó que en el resto de su vida, no bebería ni una gota mas de aquel líquido, había quedado saciado de por vida. Por fin su cabeza asomó en la superficie, la levantó, tratando de ver si había tierra por medio. Resoplaba y respiraba con dificultad. Plinio seguía encima de él, le agarraba por el cuello con sus manos con una fuerza descomunal para la edad que tenía el chiquillo, pero no veía nada, 

¡Por aquí Fortunato! ¡Nada hacia aquí! 

Era una voz que no conocía, aunque, evidentemente, el propietario o propietaria de aquellos sonidos, si le conocía a él, no había duda. Con determinación, nadó hacia el lado que intuía venia aquel sonido, brazo va, brazo viene, con  fuerza y decisión aunque, aquel pequeñajo que llevaba enganchado a su joroba, apretaba de lo lindo, y entre una cosa y otra, notaba que el cansancio iba haciendo mella en él, ¿faltaría mucho? ¿Iría en la dirección correcta?, 

¡Venga, un esfuerzo más!, 

Otra vez aquella voz, siguió nadando, y de repente arena, la notaba a sus pies, se irguió y el agua le daba por la cintura, 

 ¡Plinio, Plinio!, ya puedes bajarte, 

Pero Plinio no se daba cuenta de nada, había viajado en la espalda de su amigo todo aquel tiempo, y así seguía, bien agarrado y con los ojos fuertemente cerrados, Fortunato respiraba profundamente, tratando de normalizar su respiración, y siguió andando, adentrándose cada vez más en aquella playa o arenal, ¡quien sabía lo que era!

Ya fuera del agua, descabalgó al pequeñajo y pesado amigo, y se tumbaron exhaustos, en la arena fina y caliente, hacía una temperatura ideal, la playa, arenal o lo que fuese, era sumamente plana, ni un promontorio. Se sentaron en la arena, tratando de buscar con la mirada al dueño de la voz, pero no veían a nadie, entonces Fortunato preguntó a su pequeño amigo, 

¿Plinio, tú has oído una voz que nos llamaba cuando estábamos en el agua? 

A lo que Plinio moviendo la cabeza en sentido negativo respondió, 

Perdóname Fortunato, pero oír, lo que se dice oír, no podía, que quieres que te diga, sólo sentía un zumbido en mis oídos, supongo, que a consecuencia del impacto contra el agua. 

Bueno vale, pero te digo que cuando estábamos en el agua, una voz desconocida, que no sé de donde procedía, porque aquí no veo a nadie, me llamó por mi nombre para que me dirigiese a un punto determinado cuyo punto, y no de encuentro, era la orilla de este arenal. Aún no había terminado de hablar Fortunato cuando, alguien dijo,  

¡No sé de quien es! ¡No hay nadie! ¿Y yo qué? ¡Par de merluzos! 

¡Nicolasa! exclamaron al unísono Plinio y Fortunato, quedándose asombrados y con la boca abierta,  

¡Podéis cerrar la boca! Dijo Nicolasa, ¡gracias! Es que me molestan mucho los boquiabiertos, menos mal que no hay moscas, sino...  

El tono en que estas palabras fueron dichas no dejaba lugar a dudas que quien hablaba era un ser pedante, presumido, prepotente y presuntuoso, 

¡Horreur! ¡Por Dios! Mi fina y distinguida procedencia dinástica no me permite hablar con ciertos personajillos, pero bueno, con vosotros haré una excepción, aunque, de momento, daré prioridad a mi aseo personal, mi pelaje brillante y suave como el visón, y mis queridas afiladas y finas uñas, que casi se me estropean por vuestra culpa, así que, luego de acicalarme en debidas condiciones, os podré atender. 

                   Plinio miraba a Fortunato, Fortunato miraba a Plinio, sin dar crédito a lo que oían, ¡Nicolasa hablaba, y de que manera!. A Plinio le vino a la memoria con toda nitidez el pasaje anterior en el que la dichosa gata, había hablado, en este instante lo recordó perfectamente, pero a pesar de eso, estaba estupefacto, 

Lo ves Fortunato, esto ya pasó la otra vez, ¡se pone inaguantable! 

A Fortunato todo aquello le parecía real como la vida misma, pero pensaba que ciertas cosas no podían suceder, vamos que a él no le podían pasar, por mucha fe que tuviera, y por muy creyente que fuera, ¡ca! Era imposible, pensativo, dubitativo, tembloroso y más, era su estado anímico, por lo que ni cuenta se dio del comentario de Plinio con relación a Nicolasa, todo aquello, seguía dándole vueltas en su cabeza, volar, rodar, nadar, casi se ahogan, una gata que habla, pero, ¿donde estoy y con quien? Ya soy mayor para que esto me pase a mí, si es que está pasando, y su cerebro empezó a maquinar, no creía en nada de lo que estaba sucediendo, todo era un sueño, pero las dudas le invadían, entonces pensó que lo más real, dentro de lo irreal de la situación, era la gata, si le tiraba de la cola o se la pisaba diría miau, y si lo hacía con mucha fuerza el maullido sería más intenso y quizá les despertara de este penoso y extraño sueño. Tal como lo pensó, trataría de llevarlo a cabo, miró a un lado y a otro. Los ojos de Plinio le escrutaban como si de un mismísimo fantasma se tratase, no le hizo el menor caso, unos metros alejada de ellos, a una distancia prudencial, dejando bien claro que la separación era una cuestión de la clase social y categoría de cada uno, se encontraba Nicolasa acicalándose los bigotes y dándole lustre a las uñas. Sigilosamente Fortunato se fue acercando a ella, sé sentó a su lado, esperó a que ésta se confiara, Nicolasa le miró de reojo, 

¿Qué te trae a mi lado plebeyo? 

Dicho esto, sin esperar respuesta, dejó caer sus pestañas sobre sus ojazos y con gesto altivo alzó su linda cabeza, como diciendo ¡ahí té quedas tío! momento que aprovechó Fortunato para echarle mano a su cola, con toda su fuerza dio un tirón que levantó en el aire a la pobre Nicolasa, para de inmediato soltarla, yendo el pobre animal, a encararse de morritos contra la vil y dura arena, 

¡Gilipuertas de Forzudo! ¿Quién te crees que eres para meterte con mi colita? ¡Alguna vez sé habrá visto desfachatez más grande! Hacerme esto a mí, que soy descendiente directa del Zar-gato de todas las Rusias. 

Salió disparada del lado de Fortunato, alejándose de éste a una distancia prudencial, como territorio escogido, quedando bien claro donde estaban unos y otros, ella había definido muy bien cual era su espacio vital dada su procedencia social, aristócrata de sangre azul, es decir que su "pedigrí" no ofrecía lugar a dudas, y los otros, los plebeyos, a su libre albedrío, pero siempre a unos metros de distancia de ella, ¡que quede claro! 

Fortunato no salía de su asombro, babeaba, estaba perplejo ¡una gata que hablaba y de que manera! O sea, que debía de hacerse a la idea que no sé trataba de un sueño, pues vale, pero no lo podía entender a pesar de las muchas vueltas que le daba. 

                   Quien si lo entendía era Plinio, él ya lo había vivido, recordaba que, a su manera, sé lo había contado a Fortunato, pero ni con esas, estaba visto que los mayores por mucho que les digas no hay forma de que entiendan ciertas cosas, sobre todo si vienen de los más pequeños, te dan la razón como a los locos. 

Todo era cuestión de mentalización, entonces Plinio sé dirigió a Fortunato, 

¡Amigo no te preocupes! Es normal que te encuentres asombrado nervioso e incluso atormentado. Todo esto que estamos viviendo, yo ya lo pasé y mal que bien, salí de la situación bastante bien parado, así que, vamos a seguir adelante, y de paso decirte que, a mí lo de Nicolasa, en principio, también me chocó y asombró, pero ahora que volvió a suceder, se que todo lo anterior fue real y no un mal sueño, y como tu bien decías en cierta ocasión, es cuestión de fe, lo que si me preocupa, es lo que pueda venir de ahora en adelante, lo que nos deparará esta situación, ¿qué sorpresas nos aguardan? ¿Cuál será el resultado y nuestro futuro? 

Ir a: Parte II

servido por pacoco 5 comentarios compártelo

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

pacoco

pacoco dijo

De nuevo José Luis nos deleita con un cuento!!!

7 Febrero 2010 | 02:25 PM

ana

ana dijo

Precioso cuento.... para mí no tan cuento,¿a quien no le pasó algo que digas esto ya lo viví?....patiño el final ¿falta o cada uno pone el que quiera??un saludo y que sigan estes preciosos relatos

7 Febrero 2010 | 07:29 PM

pacoco

pacoco dijo

Ana y José Luis
Mil perdones pero no cupo el cuento en un solo apartado
asi que lo hice en dos partes

7 Febrero 2010 | 09:18 PM

José Luis Patiño

José Luis Patiño dijo

Gracias Pacoco, y Ana creo que faltaba el final, ahora ya está arreglado y es que, por falta de espacio en el blog, hubo que dividir el cuento en dos partes (Según el técnico Pacoco) y si entras en la Parte II, verás ese final, aunque si quieres puedes hacer uno por tu cuenta, aqui como decis vosotros cabe de todo, me alregro que lo que llevas leido te haya gustado. Si, es bien cierto que en muchos casos, personas, pueden decir, esto ya lo vivì. Ya me contarás. Saudiños

7 Febrero 2010 | 11:03 PM

ISI

ISI dijo

ya lo leeré mas tarde con tiempo
lo poco que leí me encanto

8 Febrero 2010 | 06:36 PM

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