Labañou: EN EL LEJANO OESTE O EN EL OESTE LEJANO
AL OESTE LEJANO
Sobre el Oeste se ha escrito miles, millones de palabras, ríos de tinta han corrido por el mundo inundando el inmaculado papel blanco, reflejando una estela de hechos, verdaderos o no, pero que con ello se fue forjando un sólido período histórico, para convertirse, con el paso del tiempo, en mito. No sé muy bien la razón de todo esto, bueno quizá sí, supongo que por ser el Oeste americano, aunque pienso que todos los países tienen su lado oeste, existe pues el oeste y en casi todos, se podrían denominar americanos, ellos, al parecer, ¿mandan no? Entonces no entiendo muy bien por qué se habla tanto, por ejemplo, de Oregón y no de Almería o de las Montañas Rocosas, como si las de aquí fueran de cartón, o del Gran "Coñón" del Colorado, que es uno solo y nosotros tenemos una lista interminable de "coñones", con más o menos gracia, pero muy abundantes, en fin, que es difícil de explicar este fenómeno , al menos para mí. En cualquier caso, nosotros nos fuimos al Oeste a probar. Todo empezó como suelen empezar estas cosas, la curiosidad te pica, la necesidad también, te puntas a una caravana de esas y venga al lejano oeste o al oeste lejano, que tanto monta. Cuando llegas allí, si es que llegas, evidentemente, nosotros tuvimos la suerte de llegar , es como todos los sitios, vulgar, sucio, pestilente, anecdótico y entre otras muchas anécdotas, esta es una de ellas que, dicho sea de paso, fue lo que nos pasó, visto con los ojos de la benevolencia.
EN EL LEJANO OESTE O EN EL OESTE LEJANO
(De alguna manera hay que empezar)
Dijo Aquel, te doy tres días, a contar desde la puesta de sol de hoy, para que me devuelvas el caballo que me cambiaste de sitio, no quiero emplear la palabra robar, cuando lo dejé atado a la puerta del salón. No quiero emplear la violencia y tomarme la justicia por mi mano, ni tampoco denunciarte ante el sheriff del pueblo, quiero darte la oportunidad de que te redimas y reparar tu falta y que vuelvas a ser una persona honrada, es mi manera benevolente de proceder. Ahora bien, te advierto, si agotado el plazo, no tengo entre mis piernas el jamelgo, te escondas donde te escondas, te buscaré por toda la pradera, pueblos, bosques y cañadas y allí en el lugar que te encuentre te quedará el corazón en pedacitos tan insignificantes que nadie, fíjate lo que te digo, nadie sabrá a ciencia cierta si era corazón o qué (así todo de un tirón, fueron dichas estas palabras amenazantes) Aquel, el que hablaba, portaba en sus manos dos enormes pistolones.
Tommy, que así se llamaba el personaje en cuestión al que iban dedicadas aquella retahíla de palabras, se quedó perplejo y mudo, una sombra de preocupación de gran preocupación, surcaba su rostro, no sabía que hacer, dudaba, si tratar de repeler semejantes amenazas con la fuerza de las armas o dar media vuelta y ponerse a buscar el caballo objeto de tanta diatriba. Optó por esto último (sabia decisión tratándose de que hablamos del oeste) y lo decidió presto, porque en el último suspiro recordó que había tenido una refriega de balas con una pandilla de delincuentes, asaltadores de caminos, y le quedaban poquísimos proyectiles, todo lo más, una o dos y todavía tenía pendiente una partida de "ruleta rusa" y naturalmente, para este menester, necesitaba una bala, por lo menos.
La opción de que no hablaran las pistolas, no era debido al miedo o al hecho en si, de que Tommy fuera catalogado de cobarde, de eso nada, él era una persona muy valiente y muy rápida disparando y aunque el contrario, el reclamante del caballo, estaba considerado como uno de los más veloces del lejano Oeste, él no le tenía miedo alguno ¡qué va! Y si no, para muestra, que pregunten por ahí, que pregunten quien había liquidado para siempre a Correcaminos.
Recapacitando y ensimismado en profundas reflexiones, se dirigió al store (almacén en castellano) quería comprar una silla de montar (a caballo) repujada con adornos de plata, un par de balas más, con lo que tendría 4, un bote de pintura verde, un pincel-brocha y un par de chupa-chups, porque oye, me puedo morir dentro de tres día y ¿por qué no me voy a endulzar el paladar?
Hizo su entrada en el almacén (store) y dirigiéndose al que se encontraba detrás del mostrador, que al mismo tiempo hacía las labores de dentista, médico, barbero, enterrador, de sastre, (trajes de madera a la medida) en fin, de oficios varios, aunque el que más dólares le daba, era el de sastre (vaya Vd. a saber e indagar los motivos).
El vaquero (Tommy).- ¡Buenas!
El del "Store".- ¡Buenas y santas! ¿En que le puedo servir?
El vaquero.- Pues vera Vd. quería y deseaba, pero vaya apuntando.
El del "Store".- ¡Arriba las manos!
El Vaquero.- ¡No hombre, déjese de tonterías, no está el horno para bollos! Lo que quiero es que coja un lápiz y un papel y vaya apuntando lo que necesito.
El del "Store".- ¡Ah bueno! ¡y donde tengo yo el lápiz? Hay si, aquí, en la oreja, venga ¡dispare!
¡BANG! Y silencio total.
El vaquero.- Murmurando para sus adentros, te llamabas, al tiempo que soplaba el humo del cañón de la pistola, listo, ahora en serio, necesito una silla de montar con adornos de plata, un par de balas -2 - un bote de pintura verde, un pincel-brocha y un par de chupa-chups.
A todo esto, de broma nada, el otro, el del "Store" yacía en el suelo a rabo estirado, con un orificio de bala entre ceja y ceja, su sitio detrás del mostrador lo había ocupado un chino, ya se sabe, como te descuides estos aparecen por cualquier rincón, cuando menos lo pienses,
El chino.- Señol, a su disposición, pelo tengo que dale la mala noticia de que cieltos alticulos que me solicita, no quedan, tlatalé de selvile de lo que dispongo, a sabel, no habel silla de montal, las balas si, están un poco usadas, pelo tan solo de dos duelos, bote de pintula y pincel-blocha, si habel y los chupa-chups, tiene Vd. la suelte de los campeones, polque, habel habel chupa-hups.
Tommy, una vez hecho el acopio de artículos, pagó la cuenta y salió del "Store" pensando en que, en medio de todo, le acompañó la suerte, pues, por un lado, había practicado el tiro con el del almacén y pudo comprobar que, a pesar de todos los sobresaltos del día, no le temblaba el pulso y por otro, martirizaba a su cerebro, incidiendo en lo de la suerte y no por haber evitado el enfrentamiento con AQUEL, sino por haber encontrado casi todo el material que quería y necesitaba, la silla de montar era lo de menos, pero los chupas, si que le habían hecho ilusión. Se dirigió a la salida del pueblo, por la calle principal, larga y estrecha (era la única que había) al final de la misma, a la altura de la penúltima casa, al borde de la acera de madera, existía un árbol, cobijado a su sombra, sentado en el suelo, un indio dirigía sus lamentos y plegarias hacia el cielo, Tommy al cruzarse con él, le comentó,
¡Hola y adiós Sr. Indio, ¿Qué hace Vd. ahí, me quiere decir.
El Indio.- ¡Jau, rostro pálido! Tomando la sombra y haciendo el ídem, que para eso estamos los indios en el Oeste.
Tommy.- Bueno hombre, pues nada, ¡que se para bien, y que los dioses le sean propicios!
El Indio.- (En plan dubitativo) No sé, no sé, porque me han comentado que anda por ahí adelante el General Custer haciendo el indio y que quieres que te diga, habrá que esperar sentado para ver lo que se le ofrece, en fin, de todas maneras ¡adiós y buen viaje!
Tommy siguió su camino, ya había salido del pueblo y entraba en lo que en el Este, nosotros llamamos zona de la hora, había dejado su caballo estacionado, el pobre jamelgo era lo mismito que un tablón de anuncios, tan clavadito el pobre y lleno en toda la superficie de su lomo, de notas-boletines de multas, por haberse pasado el tiempo autorizado de aparcamiento y como estábamos en el Oeste y no se había inventado el papel adhesivo, los vigilantes de la hora, todas aquellas notas las ponían a base de plomo, pues eso, allí quedó el pobre caballo, hasta que los encargados de la grúa pasaran a retirarlo.
A todo esto, a Tommy se le iban agotando las horas, cada vez estaba más cerca el cumplimiento del plazo marcado por AQUEL, y no tenía ni idea del "otro" caballo, aunque seguía buscando, la cosa se ponía difícil , ¿dónde estará el caballo? Si fuera el carro, más o menos, sabría a quien preguntarle.
Y andó, andó, andó. De inmediato en su interior, un autoreflejo en forma de voz cultural se rebeló, repitiéndole una y otra vez, ¡anduvo atontao, anduvo! Bueno atontao si, se contestó para sus adentros, sobre todo al principio y más que nada por el sol. Cuando se dio cuenta de lo que "andó", se encontraba en medio de un bosque, consultó el calendario perpetuo que siempre llevaba en el bolsillo de su camisa (así estaba de guarra) y para su sorpresa, pudo comprobar que era diciembre, esto quiere decir que tengo menos tiempo y horas de luz, de lo que pensaba, ¡paciencia, que le vamos a hacer! Suspiró, seguiré andando y buscando, se repitió in mente, de pronto en la lejanía, como un milagro, por el horizonte, sus ojos divisaron algo que se asemejaba a un caballo, , se puso en marcha en aquella dirección, con toda la rapidez que le daban sus largas y arqueadas piernas y efectivamente, se trataba de un caballo y que caballo, ¡sin pilas! ¡sin cables! Un caballo de carne y hueso, eso sí, mas hueso y piel que carne, pero bueno, se dijo, no tendrá un buen "pedigree" pero era un caballo o al menos tenía las cuatro patas. Lleno de frenesí, pero con mucho cariño, lo acicaló, lo limpio, lo lavó metido dentro de una tinaja llena de agua y lejía, dado que estaba hecho una mierda (tenía más mierda que el rabo de una vaca) y recién planchado, vuelta al pueblo del lejano Oeste.
A la puesta del sol, hacía su entrada en el pueblo, se dirigió al salón, ató el caballo a la barra, a la barra de atar caballos, no a la del bar, la gente salía y entraba al salón, Tommy solo entró, y buscó con una mirada penetrante a AQUEL, le vio al final de la barra y gritó ¡AQUEL! Tienes tu caballo atado a la barra, en la puerta del salón.
AQUEL, dejó de lado el vaso güisqui que tenía en la mano, y salió disparado a contemplar su caballo, aun no había soltado las puertas de vaivén, cuando de pronto se dio media vuelta, indignado, volvió sobre sus pasos y mirando al interior del local, gritando desaforadamente dijo,
¡Tommy! ¿Quién me pintó el caballo de verde?
Tommy, que no se esperaba esa reacción, pero que cabía esa posibilidad, no había perdido la concentración en todo aquel asunto y con una tranquilidad pasmosa, a una velocidad de vértigo, había desenfundado sus revólveres, cogiditas fuertemente con sus manos y apuntando hacia la figura enigmática y cara desencajada de AQUEL, y marcando cada una de sus palabras, le espetó,
¡No pases conmigo tío, si no quieres que te deje tieso.
AQUEL, al ver el panorama que le esperaba, tartamudeando contestó,
No, si yo ya sé, perdona chico, tampoco hace falta que te pongas así, no es por nada malo, preguntaba quien había sido el que me pintó el caballo de verde, porque al verlo, no me pareció que quedase muy bien, de ahí la pregunta y decirle que le podía dar la segunda mano ¡quedaría más mono! ¿no crees?
¡Ah bueno! Si es por eso, vale.
Tommy abandonó el salón, montó en su caballo que no era verde, pero que lucía como si lo fuese (antes de abandonar aquel miserable pueblucho, había colaborado en dar la segunda mano de pintura al caballo de AQUEL) su pretensión era dirigirse al sur, pero se dio cuenta al instante de que le quedaba algo por hacer, tiró de las riendas de su caballo, este volvió sobre sus cuatro patas y puso rumbo al oeste, es decir hacia el árbol del Sr. Indio que, como queda dicho, era un árbol frondoso y de muchas ramas y hojas y daba mucha sombra, pero ete aquí que el piel roja no estaba tomando la ídem, entonces Tommy se quedó encima de su montura bastante descolocado, por la falta del Sr. Indio y no se le ocurrió otra cosa que gritar,
¡Sr. Indio, donde estás!
¡Aquí Sr. Rostro pálido, en la barriga del árbol!
¿Y qué hace Vd. ahí arriba si se puede saber?
Es que hay mucho incrédulo en este Oeste.
¿Y?
Y quiero demostrar, a la vista está, que soy un indio ¡como la copa de un pino!
¡Ah! Si es así, está claro, bueno yo solo quería despedirme de Vd. pues me voy del Oeste para el Sur, igual nos vemos cualquier día ¡Adiós!
¡Suerte amigo, hasta la próxima!
Ahora sí, definitivamente salió del pueblo sin rumbo fijo, hacía el Sur, por praderas, caminos, montes y cañadas, en pos del merecido descanso del guerrero y la conciencia tranquila, después del deber cumplido.
THE END
Autor: José Luis Patiñó
Dedicada a Isidoro y Paco ya que inspiradoa por un chiste que Pacucho no paraba de contar
Entra en un bar un vaquero del viejo oeste super furioso con las manos en ambas pistolas y con voz fuerte dice a todos los presentes:
-¿Quien fue el H... de P... que pintó mi caballo de verde?
Todos quedaron pasmados y se miraban uno a uno mientras reinaba un silencio aterrador, hasta que se para un super vaquero de 2 metros y 150 kilos y le responde:
-Yo fui el H... de P... que pintó tu caballo de verde ¡¡¡ Y??
El vaquero alza la cabeza lentamente y le responde:
-No, es que era para ver si me le daba la segunda manito...



pacoco dijo
Isidoro esta nos viene dedicada.
José Luis menuda imaginación, muy buenooooooooo
8 Febrero 2010 | 12:29 AM